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Hans-Georg Gadamer: Europa y la guerra de Ucrania

Frente al autoritarismo de Rusia y la liquidez de Estados Unidos, el filósofo reclamaría que la razón, 
la ciencia y el arte impusieran un nuevo rumbo, 
fomentando la tolerancia y el diálogo

Rafael Narbona

¿Qué habría escrito Hans-Georg Gadamer sobre la guerra de Ucrania? Gadamer no se limitó a urbanizar el pensamiento de Heidegger. Además, reflexionó sobre el porvenir de Europa, destacando sus logros y su fecunda diversidad. Conglomerado de pueblos e idiomas, el continente ha aportado al mundo la mirada filosófica, la exigencia artística y el rigor científico. No hay que menospreciar a otras civilizaciones, pero sería insensato no reconocer su gigantesca contribución al progreso y a una convivencia cada vez más racional. La democracia surgió en Atenas. Evidentemente, con las limitaciones de la época, pero por primera vez se habló de ciudadanos y no de súbditos, como en las satrapías orientales. El concepto de ciudadanía se consolidó en París, con la Declaración de 1789.

Por desgracia, Europa también es la cuna de los totalitarismos. Fascismo, nazismo y bolchevismo brotaron como una impugnación de las sociedades liberales, incapaces de garantizar la paz y el bienestar material en momentos de crisis. El fascismo y el nazismo fueron derrotados en 1945, pero el comunismo dominó el Este de Europa hasta 1989. Cuando al fin se derrumbó, los países que se movieron en su órbita se convirtieron en democracias, pero su pasado autoritario propició que prosperaran la corrupción y las medidas represivas. Hungría y Polonia son un triste ejemplo de esa deriva. En Rusia, esas tendencias se exacerbaron hasta transformarse en la dictadura personal de Vladímir Putin, un exagente de la KGB.

Europa alumbró el logos, pero su propósito de clarificación nunca logró neutralizar los impulsos irracionales. Los totalitarismos se alzaron contra la razón, pero su éxito fue efímero. En 1989 se proclamó el fin de la historia como sucesión de eventos traumáticos. Todo sugería que comenzaba una nueva era, un período donde la razón imperaría sin rivales, pero no ha sido así. El comunismo se extinguió o sobrevivió como fuerza marginal, pero el nacionalismo resurgió con renovada beligerancia. Según Gadamer, el genio de Europa ha residido en aprovechar la diversidad.

La filosofía es conversación y por eso es una excelente herramienta contra la incomprensión y la barbarie

La Alemania nazi intentó crear una sociedad homogénea racial y culturalmente, pero su proyecto se reveló inviable. Su hundimiento provocó que se restaurara el aprecio por la diferencia y el respeto a los derechos de las minorías. La Hermenéutica de Gadamer impulsó la apertura de la inteligencia a la alteridad. La Hermenéutica no es una simple doctrina filosófica, sino una interpretación del logos como un interminable diálogo con el otro y con uno mismo. En Verdad y método, Gadamer propugna la «fusión de horizontes» para interpretar la realidad. La verdad siempre es fruto del encuentro. En la medida en que un punto de vista reconoce sus límites, el horizonte de la comprensión se ensancha. Hay que garantizar la continuidad del diálogo, excluyendo la violencia. El ruido y la furia son incompatibles con el pensar.

La filosofía siempre es una pregunta que se enriquece con el tiempo. «¿Qué es el hombre?», se pregunta Kant. Esa pregunta siempre permanecerá viva y abierta, pero en el momento actual tal vez sea necesario formular un nuevo interrogante: «¿Qué quiere el hombre en realidad?». Al evocar una discusión con varios colegas, Gadamer nos proporciona una respuesta que desborda el ámbito del saber académico: «… lo que al parecer pretendíamos es que el otro nos comprendiese, y quizás algo más. Queríamos reunirnos con el otro, obtener su aprobación o, por lo menos, que se retomara lo dicho, aun cuando fuese a modo de réplica u oposición. En una palabra: queremos encontrar un lenguaje común. A esto se llama conversación«.

La filosofía es conversación y por eso es una excelente herramienta contra la incomprensión y la barbarie. No podemos desperdiciar su potencial esclarecedor, su capacidad de humanizar los problemas y abordarlos desde la raíz, eludiendo tópicos y simplificaciones. Escribe Gadamer: «No deberíamos hablar de un fin de la filosofía hasta que no se produzca un fin del preguntar. Aunque es cierto que si un día se acaba el preguntar, se habrá acabado también el pensamiento». Y si se acaba el pensamiento, la humanidad, lejos de dialogar, perderá la esperanza de vivir en paz.

Hoy nadie se plantea entender al otro. Solo se busca la hegemonía

Las fronteras y los ejércitos no acabarán con los conflictos. Solo la ética, una de las ramas de la filosofía, puede fundamentar una convivencia más humana. «La ética –afirma el filósofo judío Emmanuel Lévinas– no es un momento del ser, sino que es algo más y mejor que ser». La ética es el momento en que me hago responsable del otro y acepto su derecho a la diferencia, a la alteridad. Aunque parezca una paradoja, solo es posible echar raíces en el otro, que no es mi antagonista, sino el Tú que me interpela desde su desamparo. Cuando escucho su voz y atiendo a su llamada, surge la fraternidad, el encuentro ético que implica la superación definitiva del odio, la ira y la confusión.

En La herencia de Europa, Gadamer apunta que «tal vez sobrevivamos como humanidad si conseguimos aprender que no solo debemos aprovechar nuestros recursos y posibilidades de acción, sino aprender a detenernos ante el Otro y su diferencia, así como ante la naturaleza y las culturas orgánicas de pueblos y Estados, y a conocer a lo Otro y los Otros como a los Otros de Nosotros mismos, a fin de lograr una participación recíproca». La guerra de Ucrania le habría parecido a Gadamer un ejemplo de incomprensión entre dos bloques con una interpretación diferente del mundo. El conflicto que se libra no es entre Rusia y Ucrania, sino entre Rusia y el Occidente liberal. Rusia ya no es comunista, pero sí fuertemente nacionalista y sus valores son la tradición, el orden, la fe, la familia, el apego a la tierra y la seguridad. Desde su punto de vista, Occidente solo es una constelación de países decadentes, donde se abren paso la anarquía, la degeneración de las costumbres y el individualismo.

Eso explica los vínculos de Putin con la ultraderecha, pues al igual que ella está en guerra contra la modernidad. Su éxito como líder –disfruta de un amplio apoyo popular- nace de su capacidad de ofrecer una identidad sólida a sus compatriotas, humillados por la extinción de la URSS y el expansionismo militar y cultural de Occidente. Es innegable que en Occidente se respira desarraigo, inconsistencia, liquidez. Los ciudadanos se sienten abandonados: la precariedad laboral se ha institucionalizado, los salarios se han desplomado, la vivienda se ha convertido en un bien casi inasequible y las prestaciones sociales no cesan de menguar. Un nuevo concepto de cultura, que ha situado en el centro del debate social y político perspectivas minoritarias y hasta hace poco malditas, ha despojado a la mayoría de esos valores que proporcionaron estabilidad y arraigo a las generaciones anteriores. Líderes como Trump y Boris Johnson triunfaron porque prometieron restaurar la vieja identidad perdida.

La Hermenéutica no es una simple doctrina filosófica, sino una interpretación del logos como un interminable diálogo con el otro y con uno mismo

La guerra de valores entre Occidente y Rusia augura un futuro problemático. El fin de la historia solo fue un espejismo. Hoy nadie se plantea entender al otro. Solo se busca la hegemonía. El equilibrio entre tradición y modernidad parece una quimera irrealizable. Pienso que Gadamer reivindicaría un mayor protagonismo de Europa en el tablero de la historia. Frente al autoritarismo de Rusia y la liquidez de Estados Unidos, reclamaría que la razón, la ciencia y el arte impusieran un nuevo rumbo, fomentando la tolerancia y el diálogo. «Tolerar al otro –escribe Gadamer- no significa en absoluto perder la plena conciencia de la irreductible esencia propia. Es más bien la propia fuerza, ante todo la fuerza de la propia certeza de existir, lo que da capacidad para la tolerancia».

Occidente, especialmente el mundo anglosajón, siempre ha buscado la asimilación de Rusia. Acabar con su peculiaridad, colonizar su cultura y rebajar su papel internacional al de mera proveedora de materias primas. Rusia nunca ha renunciado a sus planteamientos imperialistas y no disimula su desprecio por la libertad de expresión y los derechos humanos. La Europa que nació en Atenas, maduró en las universidades medievales y revisó críticamente su pasado con la Ilustración debería constituirse en alternativa, mostrando que es posible coexistir con el otro y renunciar a su aniquilación. Desgraciadamente, el mundo se mueve en otra dirección. Espero que el final aterrador de la primera entrega de El planeta de los simios, con la estatua de la libertad hundida en la arena de una playa desierta, no se convierta algún día en un hecho irreversible.

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