Márcia Batista Ramos

Akiko Itō desde el diván, observó las hojas anaranjadas que se amontonaban en la puerta de vidrio que daba al jardín. Recordó que se aproximaba su cumpleaños y pensó: los cumpleaños, al igual que las hojas se amontonan en la puerta a cada otoño; de muchas maneras tenemos la posibilidad de no dejarlos pasar… pero ¿qué haríamos con esa vida tonta, si no se extinguiera? Por suerte, llegan los otoños y las hojas, otrora verdes, ahora vestidas con otra belleza, caen… a veces con la furia del viento, otras veces se desprenden lentamente y bailan suave hasta el piso. Así es la vida. Y así tiene que ser. Todos, iremos disipándonos en la luz que engulle el tiempo para después, no ser más nada, ni recuerdo arrugado, nada más que un desaparecido sin nombre…

 Akiko Itō se acurrucó, abrigándose con la matilla blanca y recordó la mantilla roja a cuadros. La mantilla con que se envolvía en la cama, la misma que llevaba en los viajes y que la lavaba por la mañana, para volver a utilizarla por la noche. Ahora, la mantilla roja a cuadros fue reemplazada por la mantilla blanca, porque las cosas son sustituibles al igual que los sentimientos; también los procesos de angustia y las nuevas preguntas existenciales producidas por un nuevo vacío secular, que aparecen reemplazando aquello que acostumbrábamos a cuestionar. Es la rueda del tiempo que las Moiras hacen girar, cambiando percepciones, concepciones, en fin, cambiando la manera de discernir la propia existencia, el entorno y las circunstancias. Solamente no cambian los egos que se inflaron desde la proclama de “la muerte de Dios” hecha por Nietzsche y, no se cansan de cacarear la misma cantaleta de explicaciones vacías de sentido, de sentimientos desprovistos de sinceridad y que, además, entre tantas actitudes nauseabundas: tocan un autobombo de elogios, tratando de engalanar sus pequeñas miserias… Proyectando una sombra pesada, plenamente visible a quien les observa de lejos.

En la nueva etapa del pensamiento, mientras los seres humanos esperan las nuevas respuestas vivencian, necesariamente, un proceso de angustia frente a las nuevas preguntas existenciales. Y todo, porque con “la muerte de Dios” a fines del siglo XIX, el humano se descubrió huérfano, sin el apoyo que le avalaba certidumbre, sin Dios, sin Ser, sin Alma, frente a la secularización del mundo.

Empero, como toda ruptura es traumática Akiko Itō pensó en: “cómo poder vivir sin sucumbir ante la angustia del vacío.” Y pudo observar como algunas hojas llegaban dañadas al piso: deslucidas, marchitadas, amputadas… Luego los vientos de otoño las barrían y las amontonaban junto a la puerta de vidrio que da al jardín. Moviendo a su manera el paisaje, haciendo su voluntad en el universo.

Ella estiró el brazo y agarró el cuadernito con delicadas hojas de papel de arroz y el bolígrafo que estaba sobre el cuadernito y escribió un haiku:

El otoño dorado.

Vuela en el viento

y se ve la hojarasca.

Akiko Itō, sintió algo de hambre, miró la hora, eran las 17h y recordó que su último bocado, fue a noche cuando tomó un tazón de ama-zake, después solo bebió agua. Se desprendió de su mantilla blanca, dejó sobre la mesita esquinera el bolígrafo y el cuadernito de hojas de papel de arroz. Y fue a la cocina a preparar algo, con algunos haikus revoloteando en su cabeza.

Rápidamente secó el atún con papel de cocina, sazonó con pimienta negra y ajo granulado y masajeó con zumo de limón y salsa de soja. Reservó, mientras preparó los fideos noodles al diente y escurriéndolos con agua fría para cortar la cocción los mezcló con un poco de aceite de oliva y reservó.

Calentó aceite en una olla y añadió jengibre picado y guindilla. Dejó que suelte el aroma y agregó la cebolleta picada. Colocó una pizca de sal e incorporó pimientos, regó con mirin y dejó que evapore el alcohol. Añadió la salsa de soja, miso y cubrió con agua.

Mientras cocinaba en fuego suave, fue anotar en su pequeño cuaderno otro haiku:

En el pasto

la hoja dorada cruje.

Tarde de viento.

Al final de la cocción, añadió espinacas ya con el fuego apagado y tapó. Cocinó a la plancha el atún marcándolo bien por ambos lados. Sirvió el fideo en un cuenco, cubrió con el caldo y añadió las espinacas y el atún salpicando de guindilla picada, cebollino y sésamo. Fue a degustar en la mesa del comedor, mirando las hojas rojizas, anaranjadas y amarillas arrastradas por el viento.

Akiko Itō, pensó que, en el mundo actual, el concepto de persona lleva en sí mismo, una serie de connotaciones que esclavizan. De muchas maneras, aceptamos el poder desde nuestro interior. Por eso no somos capaces de plantear en el sistema globalizado, una alternativa de futuro. Vivimos sin elección. Estamos inmovilizados para salir del sistema que nos ahoga y plantear alguna alternativa posible. Pensamos que nos pasa esto porque trabajamos en oficinas, pero la verdad, todos somos esclavos del hedonismo imperante en nuestra sociedad de consumo. Hasta ser distinto al resto, hace parte del consumismo desenfrenado, es otra idea que nos vendieron…La realidad es que no existe tal cosa.

La realidad es dolorosa. Siguió meditando sobre el sentido de la existencia sinsentido

Ya por la noche, volvió a su cuadernito y escribió:

El viento susurra

entre las hojas caídas,

palabras de otoño.

En las calles

pasos acelerados

vientos de otoño.

Recordó que estaba muy próximo su cumpleaños, y escribió:

Viento frío;

La piel arrugada,

el otoño en el alma.

Después le vino a la mente, como una ráfaga, la receta infalible de su familia: Sake con Cicuta.