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Están vivos

Carlos Battaglini

Ahora ya sé que un libro no muere cuando se lee su última palabra. Al contrario, un libro es una materia orgánica que se reproduce en tu cerebro y de vez en cuando te habla, te recuerda, te escucha. Un libro cambia, es una planta, que puede ir floreciendo con el paso del tiempo, o marchitar despiadadamente.

Se produce entre nosotros y el libro, por tanto, una relación marcada por las experiencias, la madurez, nuevos libros y más vida. Un libro es también una chica, una mujer de la que nos enamoramos con 14 años y que luego, al cabo de un tiempo nos volvemos a encontrar y a veces, oh, a veces, nos decepciona, ya no es lo mismo, o de nuevo, una corriente nos sacude el pecho, nos pellizca el hígado. Y es cuando falta el aire.

A medida que uno va madurando (o continuando su proceso de idiotización) y con suerte, convirtiéndose en alguien mejor, te vas fijando en mejores mujeres. En la adolescencia, es posible que hayas ido detrás de alguna niñata, de la guapita de cara, de la estrella del equipo de voleibol. Con los años, si la cosa va bien, verás otras cosas. Descubrirás que hay belleza donde antes sólo había algo oscuro, algo oscuro para ti porque llevabas unas gafas desde las que no veías nada. Absolutamente nada.

Y con los libros, ¡ay con los libros!, pasa lo mismo. Lo que nos impresionó con 14, 15 o 19 años, es posible que nos decepcione con 30. Lo que devoramos con 31, es probable que lo vomitásemos con 16. Y así.

Porque es así, son los libros, entes vivos, orgánicos, ciempiés, virus; eso son los libros. Porque los libros, ay los libros, están para quedarse siempre.

Y me ha pasado, y me pasa, que mientras leo un libro no lo disfruto, y al cabo de unos años, al recordarlo, lo disfruto post mortemRecuerdo así a Beckett y su Fin de Partida. Puede que fuese la traducción (tantas veces destructiva) o no, pero era un texto que no me entraba, pasaba sus páginas como si fuesen hojas de piedra, leía forzado, porque lo había abierto ya, porque hay que leer a Beckett. Y ahora, con el tiempo, he recordado muchas veces a Hamm, a Clov, y los he entendido, he comprendido su desesperación existencial y finalmente, he disfrutado esta aportación literaria.

Puede ocurrir lo contrario. Ese libro que nos atrapó en la adolescencia, y que ahora, tal vez, resulte uno más. Me pregunto por ejemplo que efecto causaría en mí las aventuras de El pequeño vampiro de Ángela Sommer-Bodenburg. Libro que conseguía sumirme en un pozo de sosiego, tranquilidad, armonía y felicidad indescriptible cuando tenía unos 10 años.

Libro que me transportaba a un mundo de paz, de posibilidades y que me empezaba a desvelar el gran secreto que descubrí años más tarde: que no estaba solo. Eso fue lo que en su momento me desveló la literatura, que no estaba solo.

Porque los libros son plantas, como nosotros. Una planta que bebe de un agua a una cierta edad, y que con el paso del tiempo pide otra agua, nuevos campos, pierde la ingenuidad y ya no la engañan tan fácilmente. También todo esto es un poco triste, supongo.

No puedo imaginar, por tanto, lo que hubiese pasado si me plantan un libro de Proust con 10 años. Y eso que se sigue cometiendo el terrible error de apartar a los niños de la literatura, introduciéndolos en este mundo por medio del Quijote. Losa, mucha losa cuando uno es niño.

Pero ellos, los libros, están vivos, creo haber dicho ya. Por eso, cuando uno está caminando por la playa y se acuerda de repente de una reflexión de Horacio Oliveira, o se emociona con el Che Guevara disparando en Santa Clara vive algo, que quizás ya no vuelva a vivir la próxima vez que pase por esa playa. Porque los libros también son fotografías que no pueden sacarse dos veces. Se retratan momentos únicos, irrepetibles.

Me río, y me avergüenzo de varias mujeres que castigaron mi corazón hace años. Ahora las veo como novelas baratas, chick-lits, canciones que se repiten, que dan vueltas en un círculo reacio a la evolución. Y pienso también en aquel día que atrapé después de muchos años una novela de mi amiga Agatha ChristieMujer que en su momento me obligó a pegarme de la cama, a fijar los ojos en aquellos personajes capaces de todo. Y recuerdo ese día que me hice con La venganza de Nofret tras unos años, y sonreí ante varios pasajes. Sonreí como si tu abuelo creyéndote que todavía tienes seis años, te pellizcase la nariz y luego te mostrase su dedo gordo atrapado por el índice y te dijese, “aquí está tu nariz”. Algo así me pasó con Agatha al cabo de unos años.

Es por todo esto y muchas más cosas que no entiendo nada, que cada día sé menos y me doy cuenta que somos seres tan limitados que aún nos queda tanto por descubrir. Tanto que cuando quiero asomarme tal vez, a eso que llaman más allá, me asusto. Hablo de escalar el sol, más ancho que el mar, más fuerte que el viento. Un mundo sin luz, donde no fuese necesario el aire. Entonces, algo negro, se extiende sobre mi cerebro, una jaqueca cancerbera me repele y me produce dolor y me dice, “cuidado”. Y pienso, tal vez, que hay ahí un libro escondido. Vivo.

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