Esperando el fallo de La Haya

0
473

El fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) está a punto de salir. De hecho se prevé conocer el resultado el primero de octubre de 2018. La incertidumbre junto a la discreta esperanza por lograr un fallo positivo a favor de Bolivia está invadiendo todo ámbito público y privado. La demanda presentada ante la CIJ fue una decisión estratégica que sorprendió a Chile y a los mismos bolivianos porque puso de manifiesto que era posible llevar el conflicto histórico a un ámbito internacional donde Bolivia se arriesgaba, primero a tensionar las relaciones con Chile, sabiendo que los acercamientos podrían complicarse, y segundo, Bolivia pensó en obtener un fuerte apoyo internacional, ganando un espacio que ningún otro gobierno previo se atrevió a lograr.

Sin embargo, desde un primer momento, la opinión pública y la sociedad boliviana tenían dudas sobre la efectividad real después de la presentación de la demanda. En el momento en que la demanda fue aceptada por la CIJ, colocándose por delante de Chile que impugnó la competencia de la CIJ para aceptar dicho proceso, entonces la confianza de la población boliviana aumentó hasta ser muy bien utilizada por Evo Morales y el Movimiento Al Socialismo (MAS), con la finalidad de fortalecer el liderazgo presidencial y otras previsiones electorales en el corto plazo.

Al mismo tiempo, la sociedad civil siempre se preguntó ¿por qué el gobierno de Evo Morales presentó la demanda y no otros? ¿Cuáles son las razones por las que otros presidentes y gobiernos no tomaron similar iniciativa? Al responder esta pregunta hay un sinfín de argumentos que, precisamente por esto, agrandaron la imagen de Evo Morales, aunque existen dudas sobre si la idea de presentar una demanda nació del presidente o solamente fue un momento de envalentonamiento que terminó en un éxito relativo cuando la demanda fue aceptada por la CIJ.

Después de cinco años (2013-2018) se puede evaluar cuidadosamente todo el proceso. Desde la aceptación de la demanda, no hubo un mejoramiento en el diálogo y acercamiento con Chile, aspecto que es negativo, en la medida en que cualquiera sea la decisión tomada por la CIJ, tanto Bolivia como Chile deben, necesariamente, negociar en igualdad de condiciones, buena fe y voluntad para encontrar un conjunto de soluciones duraderas.

Tanto Bolivia como Chile llevaron adelante el proceso en medio de una serie de cálculos políticos que no necesariamente beneficiaban a la posibilidad de un acuerdo negociado. Ambos países exaltaron el nacionalismo y un exitismo exagerado, sobre todo cuando pusieron de por medio el concepto y la eficacia política de la “soberanía”. Este aspecto es central: llámese acceso al mar para Bolivia con soberanía, o defensa del territorio chileno con plena soberanía sin ceder ni un solo milímetro.

En consecuencia, ni Bolivia ni Chile utilizaron el proceso ante la CIJ para reconducir sus relaciones hacia un rumbo más cooperativo y auspicioso. Actualmente, es posible que haya mayor desconfianza entre uno y otro país, junto con el reforzamiento de la intolerancia. El proceso ante la CIJ abrió una nueva era para las relaciones entre Bolivia y Chile, algo que estos países ya no podrán cambiar y, por lo tanto, deberán estar listos para demostrar a la comunidad internacional que es posible una salida pacífica, madura e históricamente emblemática para terminar un conflicto secular que en el siglo XXI inevitablemente deberá resolverse.

Como ciudadanos bolivianos esperamos que Bolivia se beneficie y la CIJ emita una sentencia clara que facilite la negociación para un acceso al océano Pacífico sin limitaciones. El problema de la soberanía no será resuelto, ni ahora ni con la sentencia de la CIJ. Al mismo tiempo, probablemente el fallo también será, en cierta manera, ambiguo, para evitar que la demanda presentada por Bolivia sea utilizada como un caso de jurisprudencia donde es posible modificar tratados y conflictos limítrofes, por medio de procesos donde la publicidad y la discusión internacional se conviertan en una alta voz muy influyente.

Lo único que se puede hacer es esperar con paciencia el resultado y prepararse para que éste no sea manipulado con una excesiva politización; es decir, para cuidar que no se lleve la sentencia a un terreno cortoplacista, sino que más bien se vea el largo plazo y las responsabilidades históricas para las nuevas generaciones, en función de hacer justicia y ejercer la práctica de la equidad entre dos democracias que pacíficamente negociarán soluciones. Entre éstas aún está vivo el probable canje territorial y la mutua interdependencia para que Bolivia y Chile puedan complementarse y colaborarse.

Un aspecto sí es definitivo. La CIJ no podrá nunca decir que Chile devuelva lo que fue el Litoral boliviano y, por lo mismo, seguimos atados a un país mucho más poderoso. Depende de Bolivia vencer a Goliat sin la CIJ, de manera que la demanda, en resumen, no tiene la trascendencia que habíamos pensado porque es Bolivia y su propia fuerza estatal quienes tendrán que jugar un papel fundamental en las negociaciones con Chile después de la Haya.