“Escepticismo democrático y medios en disputa en tiempos de la posverdad”

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De: Raúl Trejo Delarbre / Inmediaciones

Cuando  los  chinos dicen  “ojalá  vivas  tiempos  interesantes”  no  expresan  una  bienaventuranza  sino  una  maldición.  En  vez  de  la  estabilidad  y  el apoltronamiento que suscitan las circunstancias previsibles, las épocas equívocas exigen de un esfuerzo adicional para comprenderlas, suponen  el desgaste que siempre acompaña a la incertidumbre, obligan a pensar en vez de contemplar.

Los  tiempos  que  vivimos  son  distintos  a  otras  épocas.  Una  oleada  de  intolerancia,  que  se  hubiera  supuesto  impensable  a  estas  alturas  de  la mundialización  y  sus  procesos  civilizatorios,  está  propiciando  retrocesos  graves  en  distintas  latitudes.  Los  discursos  de  exclusión,  racismo  y fundamentalismo  alcanzan  éxitos  que  no  habían  conocido  desde  hace  casi  ocho  décadas.  La  ocupación  de  la  Casa  Blanca  por  un  gobierno

exaltado y torpe representa un grave peligro para el mundo. El auge de movimientos de derechas en Europa ha desplazado, al menos el parte, el desarrollo  cultural  y  las  convicciones  democráticas  que  parecían  sólidamente  implantadas  en  ese  Continente.  A  pesar  de  que  el  planeta  se encuentra cada vez más y mejor comunicado, la globalización es menoscabada por crecientes escisiones nacionales y regionales.

El desarrollo que han alcanzado las telecomunicaciones no significa necesariamente más diálogo y conocimiento mutuos sino la exhibición de posturas de odio y segregación. La desigualdad sigue escindiendo a nuestras sociedades.

  1. La política, alterada en los medios

Los medios de comunicación le dieron notoriedad e incluso verosimilitud a Donald Trump al esparcir su imagen con escaso o nulo contexto crítico.

El  ahora  presidente  se  construyó  como  personaje  atractivo  para  los  medios,  supo  forjarse  una  apariencia  de  habilidad  y  versatilidad  y  encajó

exitosamente  en  el  vacío  creado  por  el  rechazo  que  en  Estados  Unidos,  como  en  todo  el  mundo,  se  ha  generalizado  respecto  de  la  política convencional.

Los políticos y los partidos tienen mala fama porque no han podido resolver muchas de las carencias sociales más urgentes pero, además, porque en  demasiados  casos  sus  líderes  y  candidatos  han  estado  enredados  en  episodios  de  corrupción.  Las  trampas  y  la  inmoralidad  de ninguna manera son nuevas en el quehacer político. Ahora, sin embargo, alguna s de ellas son develadas por medios de comunicación que de esa manera cumplen con el papel que tienen para vigilar y en su caso señalar abusos en el ejercicio del poder político.

Antes los ciudadanos suponían que había hechos de corrupción y sólo excepcionalmente se enteraban con detalle de ellos. Hoy en día, gracias a la apertura en los medios y también gracias a la liberalización aunque sea parcial de las instituciones políticas, nos entera mos de nombres, cifras y hechos documentados de abusos en el eje rcicio del gobierno. Así ocurre en España, Francia y Estados Unidos, lo mismo que en India y Japón, o en Brasil y México. El descrédito que padecen el quehacer político y sus protagonistas se ha multiplicado y de esa manera crecen la desazón y la desconfianza de los ciudadanos respecto de los asuntos públicos.

En ese contexto de molestia y suspicacia, ganan visibilidad personajes aparentemente distantes y distintos de la política tradicional. Por lo general se trata de figuras que no son ajenas a los partidos o al ejercicio del poder pero que se alejaron de la política institucional y que obtienen amplia cobertura en los medios de comunicación. El escepticismo así fraguado entre los ciudadanos se traduce en actitudes antipolíticas. Pero la vía más accesible al ejercicio del poder son las elecciones (el otro camino es el de la violencia que, por experiencia propia, las sociedades rechazan cada vez de manera más amplia) y de esa palmaria realidad se derivan dos insoslayables paradojas.

Por una parte, por mucho que nos disgusten, tenemos que reconocer que el recurso más eficaz para influir en los asuntos públicos radica en tener partidos  políticos,  y  políticos  profesionales,  capaces  de  representarnos.  Al  mismo  tiempo,  incluso  los  personajes  de  fachada antipolítica,  que logran  notoriedad  hablando  mal  (y  a  menudo  con  amplios  motivos)  de  los  políticos,  tienen  que  hacer  política  ellos  mismos  y  buscan  posiciones electorales; es decir, se involucran en la política institucional aunque con un discurso aparentemente heterodoxo.

La  política,  como  han  aleccionado  los  clásicos,  es  la  disciplina  que  estudia  los  asuntos  públicos  o,  desde  otro  punto  de  vista,  es  el  oficio  de gobernar. A la política Bismarck la caracterizó como el arte de lo posible. Tiempo después John Kenneth Galbraith puntualizó que no es el arte de lo posible sino la elección entre lo desastroso y lo desagradable. La política en todo caso implica decisiones acerca de los asuntos públicos y, en las sociedades contemporáneas, supone la existencia de mecanismos de representación.

Junto  a  esas  definiciones  clásicas  aunque  cáusticas,  o  viceversa,  me  quedo  con  la  idea  de  política  que  recientemente  escribió David  Brooks, (2016) perspicaz columnista en The New York Times: “La política es una actividad en la cual usted reconoce la existencia simultánea de diferentes grupos, intereses y opiniones. Usted trata de encontrar alguna manera para balancear o reconciliar o crear compromisos entre esos intereses, o al menos en la mayoría de ellos. Usted sigue una serie de reglas, consagradas en una constitución o en la costumbre, que le ayudan a alcanzar esos compromisos  de  una  manera  que  todo  el  mundo  considere  legítima”.  Como  se  trata  de  conciliar,  los  intereses  armonizados  gracias  a  la  política nunca  quedan  satisfechos  del  todo.  Cuando  la  política  funciona,  desplaza  a  las  decisiones  autoritarias  y  excluyentes  y,  entonces,  nadie  gana  el cien por ciento de lo que pretende.

Los medios de comunicación, indispensables en la creación de consensos y por lo tanto necesarios para que los políticos tengan las adhesiones que requieren al tomar decisiones y legitimarlas, alcanzan efectos simplificadores sobre el quehacer político mismo y sobre las imágenes sociales de esa actividad. La reconstrucción que habitualmente ofrecen de los hechos políticos está limitada al menos por cinco restricciones.

  1. Los medios muestran el ejercicio de la política, igual que casi cualquier acontecimiento, con enfoques maniqueos. La confrontación es más vistosa que la construcción de acuerdos. Al describir acciones y decisiones en blanco y negro, los medios prescinden de los matices que siempre definen la riqueza o la habilidad del quehacer político.
  2. La política es  presentada  como  espectáculo.  Así  ocurre  cuando  queda  ceñida  al  lenguaje  y  al  formato  por  lo  general  sucintos  y apremiantes de los medios de comunicación y cuando las agendas mediáticas privilegian los temas estrepitosos por encima de la poco  noticiosa cotidianeidad de los quehaceres institucionales.
  3. Los medios tienden  a  personalizar  los  asuntos  públicos  y  los  procesos  sociales.  Los  dirigentes  y  líderes  son  indispensables  pero  la cobertura mediática casi siempre se enfoca exclusivamente en ellos. Como resultado de ese comportamiento se diluyen el esfuerzo y la presencia de la gente que promueve o a la que afecta cualquier decisión política.
  4. El discurso político,  igual  que  cualquier  otro,  tiene  tonalidades  y  complejidades  que  no  suelen  ser  rescatados  por  los  medios de comunicación. Ese estrechamiento es inherente a la traslación, al escenario mediático, de los asuntos públicos.
  5. Al concentrarse en los aspectos negativos del quehacer político los medios contribuyen a develarlos y eventualmente a que puedan ser corregidos. Pero una consecuencia de ese énfasis en las perversiones y distorsiones de la política es el reforzamiento de la mala fama que tiene esa actividad.

La investigación acerca del quehacer político y la comunicación de masas ha identificado y documentado con amplitud esas consecuencias en el tratamiento mediático de los asuntos públicos. Televisión, radio y prensa, con diferentes modalidades, suelen mostrar tales características. Pero ahora,  como  todos  sabemos,  los  medios  convencionales  forman  parte  de  un  ecosistema  comunicacional  en  donde  hay  una  fuerte  influencia  de Internet y especialmente de las redes sociodigitales. En ese ambiente comunicacional, la centralidad que mantienen los medios tradicionales es aderezada, y con frecuencia matizada, por redes como Twitter, Facebook, Youtube, Instagram, Linkedin, Snapchat, Tumblr, entre otras varias.

  1. Difuminación mediática de la política

Instalada en las redes sociodigitales, la política y en general los asuntos públicos se difunden de manera reticular y ya no solamente vertical como en los grandes me dios. Pero esa reproducción adicional no significa necesariamente una mayor apropiación de los hechos, ni mucho menos de las decisiones políticas, por parte de los ciudadanos. Hay una mayor cercanía de la gente con los asuntos públicos y un talante más suspicaz, y a veces  crítico,  respecto  de  ellos.  Pero  a  la  política  se  le  sigue  mirando,  quizá  más  ahora  que  antaño,  en  sus  grandes  rasgos.

A  la  vida  pública, tamizada por las redes sociodigitales, se la contempla como a un mural del cual casi todos atienden a los grandes brochazos sin poner atención en  los  pormenores  delineados  por  los  trazos  finos.  Difuminar,  dice  el  Diccionario  de  la  RAE  es,    “en  un  dibujo  o pintura, extender el color o  las líneas para que pierdan intensidad o para sombrear” y, también, “hacer que algo pierda intensidad o claridad”. Estamos ante un tránsito paulatino, pero ya perceptible, de la mediatización, a la difuminación de la política.

Los medios tradicionales han sido una suerte de megáfono para divulgar los asuntos públicos. Todos nos enteramos de la misma manera, con las mismas oportunidades, del griterío que se extiende mediante ese instrumento. En las redes sociodigitales, en cambio, tales as untos son percibidos como  si  cada  uno  de  nosotros  los  conociera  a  través  de  sus  propios  audífonos.  La  intensidad  del  volumen  es  la  que  hemos  determinado  de antemano y podemos recibir contenidos casi en cualquier sitio y circunstancia. Además a diferencia de la contemplación que hacemos o hacíamos de los medios convencionales, a menudo en compañía de otras personas, a las redes sociodigitales nos asomamos de manera individual.

La difuminación de la política ocurre en un proceso de ajustes de forma y fondo, apropiaciones parciales y reconfiguración de las informaciones y contextos que se han difundido, especialmente, en los medios de comunicación tradicionales. Los usuarios de redes sociodigitales se nutren en tales medios para seleccionar algunos contenidos, fundamentalmente de carácter noticioso. Esos internautas recuperan y en algunas ocasiones remodelan  tales  contenidos  aunque  resulta  difícil  considerar  que  se  apropian  cabalmente  de  ellos  porque  las  agendas  de  los  asuntos preponderantes y los enfoques para abordarlos por lo general siguen siendo definidos desde las cúpulas mediáticas.

El proceso de reconfiguración de los asuntos públicos, y de manera más amplia de los  contenidos mediáticos cuando son trasladados a las redes digitales,  implica  por  lo  menos  cinco  pasos:  simplificación,  estandarización,  segmentación,  propagación  y  trivialización.  En  cada  una  de  esas etapas los mensajes experimentan ajustes independientemente de que comuniquen temas de carácter político o de cualquier otra índole.

2.1. Simplificación

Cada  noticia  o  comentario  que  aparece  en  las  versiones  digitales  de  los  diarios,  o  cada  pieza  de  las  que  integran  los  noticieros  en  televisión  y radio, es ajustada a los estilos concisos, tajantes y llamativos de las redes sociodigitales. Los hasta ahora infranqueables 140 caracteres reducen cualquier  acontecimiento  a  una  advertencia,  o  a  una  alerta  como  a  los  medios  les  gusta  subrayar,  para  sobresalir  en  el  océano de  frases perentorias e interjecciones chillonas que es cualquier timeline de Twitter.

La comunicación es instantánea no sólo porque se nos ofrecen las noticias en tiempo real, habitualmente sin contexto ni reflexiones capaces de explicárnoslas.  Además  la  información  en  estas  redes  es  instantánea  porque  apenas  le  concedemos  un  parpadeo  para

identificarla.  En  el momento  que  le  dedicamos  a  un  tuit,  a  una  entrada  de  Facebook,  a  una  imagen  en  Instagram  o  a  una  liga  que  conducirá  a  YouTube antes  de decidir si nos quedamos unos segundos más frente a ese contenido, debemos resolver si el asunto nos interesa, si vale la pena invertir en él más de un santiamén, si habremos de incorporarlo a nuestra conversación en línea compartiéndolo o incluso comentándolo con los interlocutores que tenemos en nuestras redes digitales. De la indiferencia al like y de allí a subrayar, matizar o descalificar ese contenido, hay un instantáneo proceso de evaluaciones y decisiones. Todo ello en un parpadeo.

Con frecuencia los diseñadores de contenidos para tales espacios tratan de influir en esas decisiones ajustándolos al lenguaje presto y fugaz de las redes digitales. Sin embargo los internautas se interesan más en el fondo que en la forma de los contenidos que desfilan por la pantalla de la computadora  o  el  dispositivo  digital.  Los  usuarios  de  esas  redes  reafirman,  así, su  condición  de  audiencias  capaces  de  reaccionar  de  manera reflexiva (aunque, como veremos, los contenidos que más interesan suelen estar muy distantes de cualquier reflexión).

2.2. Estandarización

Ajustados a la brevedad y la contundencia que imponen las redes sociodigitales los contenidos mediáticos pierden, si es que la tenían, cualquier complejidad.  El  escenario  comunicacional  queda  repleto  de  textos,    imágenes,  videos  y  audios  que  ofrecen  relatos  elementales, casi  siempre carentes  de  cualquier  sofisticación  en  el  discurso.  El  abatimiento  de  la  complejidad  constituye  un  primer  plano  en  la  estandarización  de  tales contenidos. Una vez que circulan, después de poco tiempo todas las noticias se parecen.

Abreviados  y  adocenados,  los  acontecimientos  que  se  muestran  en  esos  espacios  en  línea  terminan  por  mimetizarse  unos  con  otros.  Los protagonistas  de  los  asuntos  públicos  (políticos  y  gobernantes  en  primer  lugar,  pero  también  artistas,  deportistas  e  intelectuales  que  quieren sobresalir en el disputado escenario de las redes sociodigitales) acomodan sus gestos y frases al estilo que ha demostrado ser exitoso en tales ámbitos.

Esa  tendencia  a  la  homologación  de  personajes  y  actitudes  ya  la  había  propiciado  la  televisión  y  tuvo  como  resultado  la  creación  de  patrones  aparentemente ineludibles para lograr reconocimiento en la sociedad del espectáculo. Algunos especialistas vendieron fórmulas de mercadotecnia al  establecer  el  corte  de  cabello,  el  diseño  de  las  corbatas  y  el  color  de  las  camisas  que  debían  portar  quienes  aspirasen  a  la  adhesión  de  los ciudadanos. En las redes sociodigitales, además, ajustarse a los estándares predominantes se ha vuelto una manera de demostrar pertenencia a la comunidad.

Los acontecimientos mediáticos, protagonizados por personajes públicos que se disciplinan a los parámetros de moda, parecen trazados con los mismos  patrones  independientemente  de  que  se  trate  de  asuntos  distintos.  Los  contenidos  que  alcanzan  más  notoriedad y  que  resultan  más reenviados no son por lo general los más originales o creativos sino aquellos que se ajustan mejor a las preferencias, o a las expectativas, de sus potenciales destinatarios. Los paradigmas estéticos más conocidos, los sentimientos mejor sintonizados con el estado de ánimo de los internautas, las opiniones que más se acoplen a sus maneras de ver o aprehender la realidad y de tal forma las imágenes que mejor conmueven y las frases más predecibles son las mejor apreciadas en el entorno sociodigital. En esas redes se premia más a la uniformidad que a la novedad. El resultado es la estandarización no solamente en la forma sino, además, en el sentido de los contenidos así homogeneizados.

Los  memes  que  pululan  en  las  redes  digitales  son  modalidades  de  esa  estandarización.  Los  internautas  que  recrean  escenas  o  modifican imágenes  acostumbran  reproducir  inclinaciones  preponderantes  en  la  Red.  Los  memes  aprovechan,  replicándolos,  estados  de  ánimo ya existentes. Esas reelaboraciones detonan el sarcasmo, la compasión, el disgusto o la adhesión, según sea el caso, entre internautas que ya tienen una actitud definida ante personajes o situaciones satirizados o evidenciados de esa manera. Los memes, por lo general, no subvierten la realidad.

Simplemente convalidan  apreciaciones  predominantes,  entre  los  usuarios  de  las  multicitadas  redes,  acerca  de  ella.  El  meme,  que  ha  sido  un recurso para desplegar creatividad e imaginación, se ha estancado y estandarizado en un humor trilllado y bobo.

Existen dos tipos de excepciones a esa igualación de la forma y el fondo de los contenidos más notorios en línea. Por una parte hay mensajes que difunden contenidos de una originalidad tan intensa y llamativa que contribuyen a establecer tendencias e incluso modas y maneras de apreciar la realidad.  Se  trata  de  expresiones  poco  frecuentes  y  fuera  de  serie  que,  precisamente  por  heterodoxas,  enganchan  a  los  internautas.  Gestos, frases, íconos, tonadas, bailes o causas sociales y políticas llegan a ser populares por innovadores. Se trata, insistimos, de una notoriedad poco frecuente.

Otra excepción son los contenidos falsos, diseñados para encontrar empatía entre los usuarios de las redes especialmente en temas políticos. Se trata  de  mensajes  que  explotan  prejuicios,  temores  y/o  suspicacias  de  los  internautas  al  ofrecerles  hechos  ficticios  que  confirman  sus apreciaciones.  Aunque  suelen  plantear  acontecimientos  notoriamente  distorsionados,  esos  mensajes  encuentran  credibilidad  especialmente  cuando son recibidos por usuarios de redes sociodigitales a través de personas o sitios en línea en los cuales confían porque coinciden con sus puntos  de  vista.  Una  encuesta  levantada  en  diciembre  de  2016  encontró  que  el  72%  de  los  usuarios  de  Facebook  en  Estados  Unidos  confían “algo” o “mucho” en las noticias que sus amigos y familiares comparten en esa red (YouGov 2016). Sólo el 19% dijo que no confía en las noticias que recibe de esa fuente. De la utilización de los prejuicios surge la posverdad, de la que nos ocupamos más adelante.

2.3. Segmentación

La realidad siempre se nos muestra fragmentada en los medios de comunicación. Los acontecimientos tienen tantas aristas y son tan complejos que  nunca  son  recuperados  en  toda  sus  dimensiones  en  la  información  ni  en  la  creación  mediáticas.  A  esas  condiciones  de  los  medios tradicionales, se añaden varias formas adicionales de segmentación en las redes sociodigitales.

La más elemental de ellas se deriva del ya señalado estilo que abrevia y esquematiza los hechos que pasan por el cernidor de esas redes. Una segunda  causa  de  segmentación  es  la  multiplicación  de  criterios  para  jerarquizar  los  contenidos.  Los  medios  de  comunicación  siempre seleccionan los sucesos, o los ángulos de ellos, que habrán de presentar a sus audiencias. La línea editorial de un periódico, o de un telediario, determina  los  criterios  para  el  tratamiento  de  una  información,  así  como  para  resaltarla  o  soslayarla.  Un  periódico  y  en  general  cada  espacio dedicado a ofrecer noticias constituyen, por ello, una propuesta específica de jerarquización de los acontecimientos y de toda clase de contenidos.

De acuerdo con esos criterios las audiencias prefieren, rechazan o ignoran a los medios de comunicación.

En  las  redes  sociodigitales,  la  selección  que  han  realizado  los  medios experimenta  una  diferenciación  adicional.  Los  usuarios  de redes  como Facebook o Twitter eligen, de entre los contenidos que publican los medios, algunos que quieren resaltar y replicar en sus muros o

timelines. No se  escogen  notas  periodísticas  o  de  los telediarios  de  manera  íntegra  sino,  sobre  todo,  fragmentos  de  ellas.  Una  declaración  sugestiva,  una imagen emblemática o el segmento de un video, son colocados si coinciden con el recuerdo, la exhortación o la causa que cada usuario quiere destacar. De esa manera los contenidos mediáticos,  que ya exhibían solamente un segmento de realidades u obras más amplias, pasan por la selección adicional que realizan los usuarios de las redes.

Con frecuencia ocurre que los contenidos, así sustraídos del contexto en el que fueron publicados, sólo adquieren sentido a partir del discurso del usuario  que  los  ha  colocado  en  una  de  sus  redes  o  de    las  réplicas  de  sus  interlocutores.  Un  artículo  de  opinión  muy  posiblemente  será reproducido aislado de la noticia a la que se refiere. De ese artículo algún usuario quizá tome un párrafo, o solamente una frase, que le habrán parecido atractivos para difundirlos en sus redes. Esa segmentación de los contenidos mediáticos forma parte de la tendencia a la fragmentación del pensamiento, así como de las obras plásticas, audiovisuales, literarias o de cualquier índole. En vez del disco integrado por doce melodías que ha grabado un cantante, no pocos de sus aficionados quizá solamente quieran conocer una o dos canciones. Para no recorrer todas las páginas de una novela, habrá lectores que se conformen únicamente con un capítulo. En vez del reportaje periodístico completo, los lectores apresurados buscarán sólo la síntesis que ofrezca un medio digital.

Tan  apurados  como  vivimos,  en  nuestros  días  es  muy  apreciada  la  segmentación  de  las  obras  creativas  y,  así,  de  la  reflexión.  Sujetos  a  un mercado que recompensa la brevedad los editores son reacios a publicar libros extensos; las conferencias TED ofrecen pizcas de conocimiento, experiencia motivacional y moraleja en no más de 18 minutos; en las redes sociodigitales abundan resúmenes y fragmentos. Conocer, consumir incluso la totalidad de un libro, un disco o de la reflexión de una persona, ese está convirtiendo en una extravagancia que pocos practican.

La  segmentación  de  contenidos  también  obedece  a  la  existencia  de  parcelas  específicas  de  usuarios  o  audiencias,  definidas  por preferencias culturales, regionales, generacionales e ideológicas, entre otros factores. La diversificación de opciones y espacios mediáticos, multiplicada por los ecos  interminables  que  los  contenidos  de  los  medios  encuentran  en  las  redes  digitales,  permite  que  haya  programas,  noticias, videos  y  hasta tonos  de  teléfono  entre  tantas  otras  formas  de  consumo  mediático,  de  acuerdo  con  preferencias  y  simpatías  deportivas,  estéticas,  religiosas, gremiales,  políticas,  etcétera.  Las  redes  sociodigitales  son  eficientes  cauces  para    difundir  esas  opciones  de  consumo  cultural  que,  a  la  vez,  se vuelven referencias para la creación de identidades. Según sus predilecciones cada grupo social accede a las noticias, el entretenimiento y a las visiones del mundo que más les gusten. Tales contenidos, dirigidos de acuerdo con las inclinaciones de cada quien, ofrecen visiones por definición parciales —y de esa manera incompletas e incluso sectarias— de la realidad que siempre es más compleja que sus retratos e interpretaciones.

2.4. Propagación

Las redes sociodigitales se han convertido en la principal fuente de visitas a los sitios web de la prensa en línea. Los reenvíos y recomendaciones que hacen los usuarios de tales redes conducen más tráfico a los medios que las consultas en buscadores.  De acuerdo con un análisis del tráfico dirigido a 700 sitios de noticias,  tan sólo de Facebook surge el 43% de todas las visitas que llegan a tales páginas en Estados Unidos. El 33% de esas visitas proviene de Google y el 2.7 de Twitter (Parsely, 2017).

Durante mucho tiempo el estudio de la prensa y sus prácticas analizó los procesos para tomar decisiones en las redacciones. Toda información transita por varias etapas, primero para que una empresa de medios la considere merecedora de interés y luego para que se le asigne un sitio en la  agenda  y  por  lo  tanto  en  el  formato  del  periódico  o  el  telediario.  Tales  etapas  incluyen  la  evaluación  de  su  relevancia  periodística,  la  manera como  coincide  o  no  con  las  previsiones  y  los  intereses  del  medio  de  comunicación,  el  efecto  que  pueda  tener  y  desde  luego  la novedad  y  la originalidad —y por tanto la utilidad mediática— de esa información.

Esos son los criterios que influyen en la decisión del gatekeeper, o el guardián que cuida la puerta, como se denomina al o a los directivos que consagran a un acontecimiento como noticia publicable. En los viejos tiempos la circulación de las noticias dependía de la audiencia que tuviese el medio  de  comunicación  en  donde  aparecía.  En  esta  nueva  época  el  tiraje  o  el rating son  apenas  una  condición  inicial  para  que  un  contenido periodístico se difunda.

Hoy en día la decisión de esos funcionarios editoriales está sujeta a una condición adicional en el entorno constituido por las redes sociodigitales.

El  sitio  en  línea  es  la  nueva  ventana  que  cada  medio  tiene  para  propagar  sus  contenidos.  Y  cada  vez  más,  el  acceso  a  esas  informaciones  y materiales  periodísticos  depende  de  la  evaluación  que  hagan,  así  como  de  la  decisión  que  tomen,  los  usuarios  de  redes  sociodigitales.  Si  una información o un comentario de la prensa en línea les parece atrayente, habrán de compartirlo con sus “amigos” o seguidores en el espacio digital.

A ese contenido mediático podrán reconocerlo con un like o un retuit, o lo dejarán pasar. Si les interesa sobremanera, podrán aderezarlo con un comentario y etiquetar de  forma específica a algunos de sus interlocutores en línea para llamar la atención sobre ese texto o imagen. El tráfico así propiciado desde las redes sociodiogitales permitirá que un contenido mediático sea exitoso, o no.

Los  usuarios  de  Facebook  se  están  convirtiendo  en  los nuevos gatekeepers.  Con  sus  asentimientos  y  reenvíos,  subrayan  la  relevancia  que encuentran en los contenidos de los sitios de información en línea. Aparentemente se trata de una intervención que pone las agendas noticiosas en manos de sus lectores y consumidores. Pero ese desplazamiento de la redacción, a los teclados del celular o la computadora de los usuarios, no es necesariamente una expresión de empoderamiento en beneficio de las audiencias.

Los usuarios, convertidos así en promotores, pueden elegir noticias en el universo de contenidos que les ofrecen los medios en línea. La agenda que contribuyan a determinar tiene esa restricción originaria. Luego, los criterios de selección de esos usuarios de Facebook y otras redes pueden ser veleidosos y banales. Cuando las noticias que habrán de destacar en los periódicos y noticieros son evaluadas en una redacción, entran en juego intereses y prejuicios de los editores pero también sus criterios profesionales. Se trata de especialistas en el manejo de información que no solamente se ufanan de saber qué quieren conocer las audiencias sino que tienen elementos para resolver qué deben saber esos ciudadanos. La conformación de la opinión pública ha sido modulada, al menos en parte, por esas decisiones. El interés público, cualquiera que sea la definición que  adjudiquemos  a  esa  idea  que  está  relacionada  con  el  bien  común  y  la  voluntad  general  de  la  sociedad,  presumiblemente  también  entra  en juego en la jerarquización, el tratamiento y desde luego la publicación de una noticia o de cualquier contenido de índole periodística.

Esos  criterios  profesionales  están  supeditados  a  la  aptitud  de  los  funcionarios  editoriales,  a  los  ya  mencionados  intereses  del  medio  de comunicación, a la manera como busquen atraer a sus públicos e incluso a circunstancias adicionales como las presiones de anunciantes y del gobierno.  Pero  una  vez  que  la  información  circula  en  los  medios  queda  al  garete  del  tornadizo  estado  de  ánimo  que  determina  a las  redes sociodigitales.

Todos sabemos cuáles son las noticias o los contenidos periodísticos más exitosos en tales redes. La trivia y el escándalo, aunque también temas relacionados con la salud, la alimentación y la naturaleza, suelen convencer o conmover a los internautas de tal suerte que quieran redistribuir una información.  Según  el  sitio Social  Media  Today (2016)  a  partir  de  datos  procesados  por  el  servicio  de  análisis  en  línea BuzzSumo,  los  cinco artículos más compartidos en Facebook durante 2016 fueron (en todos los casos se trata de textos en inglés): 1. “Nuevo tratamiento de Alzheimer restaura  completamente  la  memoria”,  compartido  5  millones  de  veces.  2.  “¿Qué  tan  sensible  es  su  radar  OCD”  (3.4  millones  de  veces).  3.  “La ciencia  dice  que  el  primer  hijo  es  el  más  inteligente”  (compartido  2.8  millones  de  veces).  4.  “Carta  abierta  a  mis  amigos  que  apoyan  a  Donald Trump” (2.2 millones) y 5. “Los calvos son más sexis y más masculinos dice un estudio científico” (2.1 millones). De esos cinco textos solamente uno apareció en un sitio profesional de noticias. Se trata de la carta que alerta a los adherentes de ese personaje sobre  el  racismo  y  el  autoritarismo  de  Donald  Trump,  publicada  por  el  periodista  Jeremy  Nix  en The  Huffington  Post.  Los  otros  cuatro  artículos provienen de sitios seudocientíficos y están repletos de engaños. El texto sobre el Alzheimer se refiere a una investigación en ratones que no es necesariamente  replicable  en  humanos.  La  supuesta  prueba  sobre  el  síndrome  de  desorden  obsesivo  compulsivo  no  sirve  para  medir  ese problema  de  conducta.  Los  primogénitos  reciben  más  atención  que  los  siguientes  hijos  pero  eso  no  garantiza  que  sean  invariablemente  más perspicaces. El artículo sobre los calvos no tiene fuente alguna que acredite su llamativo título.

Esos ejemplos permiten constatar que las notas preferidas por los usuarios de Facebook no se refieren, salvo excepciones, a temas de actualidad política o social. Los artículos que atraen mayoritariamente a los usuarios de esa red son aquellos que refuerzan puntos de vista que ya tienen, o en los que creen que pueden hallar alguna ayuda para resolver problemas personales. Los usuarios de tales espacios eligen y propalan asuntos de  acuerdo  con  su  propio  interés  y  según  la  impresión  que  quieran  ofrecer  a  sus  amigos  y  seguidores.  Ese  interés  individual  no  suele  estar articulado con el ya mencionado interés público.

2.5. Trivialización

Los medios de

 información nos muestran un panorama de la actualidad de acuerdo con la jerarquización que han definido sus editores. La primera plana  de  un  diario  es  una  selección  de  acontecimientos  organizada  por  relevancia  periodística  y  por  temas.  Los  titulares  principales  (las  ocho columnas, como se les sigue diciendo en recuerdo a la estructura que antes tenía la mayor parte de los diarios) resaltan lo que todos debemos saber. En cada sección hay una organización similar, encabezada por los asuntos que se consideran más destacados.

Nada de eso hay en las noticias propagadas en las redes sociodigitales. El único indicador de la posible relevancia de un artículo es la cantidad de likes o retuits que ha recibido. En ese entorno a las noticias se les justiprecia de acuerdo con su popularidad, que no necesariamente coincide con criterios  periodísticos  o  con  su  trascendencia  pública.  La  disposición  por  temas  que  hay  en  las  planas  del  diario  y  en  los  noticieros  de  radio  y televisión desaparece en los muros de Facebook y los timelines de Twitter. Allí, sin más énfasis que las aclamaciones o recriminaciones con que

las  aderecen  algunos  usuarios,  aparecen  mezcladas  noticias  de  asuntos  económicos  y  políticos  con  notas  de  deportes,  espectáculos, recomendaciones médicas y seudociencia, todo ello en medio de una vistosa profusión de memes y otras gracejadas.

Los contenidos mediáticos, que independientemente de su calidad y originalidad tienen un perfil temático bien definido, cuando son trasladados a las redes sociodigitales forman parte de un revoltijo que cada usuario desentraña de acuerdo con sus preferencias y circunstancias, si es que logra hacerlo. Los códigos que en la prensa escrita y en los noticieros permiten distinguir lo esencial de lo complementario (siempre, claro, de acuerdo con las prioridades editoriales de los periodistas y sus empresas) en las redes sociodigitales simplemente no existen. Extraviadas en el rebumbio que imponen las fotos de la reciente fiesta familiar, los mensajes motivacionales que reenvió alguna amiga, los videos que de tan divertidos nadie se resiste a colocar en sus muros entre tantos otros contenidos, las notas periodísticas, tomadas de medios profesionales, se trivializan. Lo mismo sucede con los contenidos de carácter político.

Por  supuesto  hay  noticias  y  medios  de  comunicación,  así  como  mensajes  y  figuras  de  la  elite  política,  que  alcanzan  notoriedad.  Declaraciones altisonantes  de  personajes  públicos,  atisbos  a  su  vida  privada,  denuncias  y  reclamos  ante  equivocaciones  y  abusos del  poder  político  y,  en circunstancias de censura o autocensura de la prensa, contenidos que propalen con libertad lo que no se difunde en los medios convencionales, son parte de las notas que destacan en medio del amplio repertorio de asuntos que colman muros y espacios en línea.

  1. En la era de la posverdad

Simplificación, estandarización, segmentación, propagación y trivialización, crean contextos propicios a la confusión. Los valores profesionales que en los medios coadyuvan para acreditar las noticias y que además permiten ordenar la discusión pública, se diluyen dentro del desconcierto que predomina en las redes sociodigitales. En esos microclimas se ha extendido la posverdad.

Con  ese  término  se  ha  designado  a  la  circulación  de  versiones  falsas,  presentadas  como  auténticas,  que  ha  influido  en  algunos de los  virajes políticos más drásticos en los años recientes. En 2016 los Diccionarios Oxford lo consagraron como la palabra del año: “denota circunstancias en las  cuales  los  hechos  objetivos  tienen  menos  influencia  en  la  conformación  de  la  opinión  pública  que  los  llamados  a  la  emoción  y  las  creencias personales” (Flood, 2016).

El término posverdad fue empleado casi un cuarto de siglo antes por el dramaturgo Steve Tesich en un artículo en la revista The Nation (Kreitner, 2016).  Luego  fue  desarrollado  en  el  libro The  Post-Truth  Era por  el  escritor  Ralph  Keyes  (2004).  Allí  se  dice  que  “aunque  siempre  ha  habido mentirosos,  las  mentiras  habitualmente  se  decían  con  vacilación,  con  un  dejo  de  ansiedad,  algo  de  culpa,  un  poco  de  vergüenza,  al  menos  un poco  de  timidez.  Ahora,  gente  lista  que  somos,  hemos  llegado  a  crear  razones  para  manipular  con  la  verdad  para  que  podamos  estar  libres  de culpa.  A  eso  le  llamo  posverdad.  Vivimos  en  una  era  posverdad”  (Keyes,  2004:  12).   En  2005  el  comediante  Stephen  Colbert  acuñó  el  término truthiness que más tarde fue definida como es “la cualidad de preferir conceptos o hechos que uno quisiera que fueran ciertos, mas que conceptos o hechos que se sabe son ciertos” (American Dialect Society, 2006).

No  deja  de  ser  sintomático  que  esos  vocablos  hayan  sido  inicialmente  empleados  por  escritores  de  teatro  y  televisión.  La  posverdad  y  sus derivados aparecen en un espacio público dominado por el mundo del espectáculo y en el que se difuminan las fronteras entre la información y el entretenimiento.  La  ficción  tiene  el  mérito  impar  de  construir  realidades  artificiosas  en  las  que  nos  dejamos  envolver.  Pero por  lo  general distinguimos entre los mundos impostados que son resultado de la fantasía y la creatividad y, por otra parte, la realidad que se nutre de hechos tangibles y ciertos. Los medios de comunicación habitualmente han aclarado las diferencias entre falsedad y realidad, o al menos eso esperan de ellos sus audiencias.

Lo que ha ocurrido recientemente es que en distintos procesos políticos la irrealidad se ha fundido, en la apreciación de grandes segmentos de la sociedad,  con  la  verdad.  O,  dicho  de  otra  manera,  mucha  gente  ha  comenzado  a  creer  y  compartir  de  manera  ostensible  muchas  mentiras  y  a tomar  decisiones  a  partir  de  ellas.  Eso  sucedió  en  el  Reino  Unido  en  junio  de  2016  cuando  millones  de  personas  votaron  por  salir  de  la Unión Europea  debido  a  las  falsedades  sobre  el  comercio  y  la  migración  que  propalaron  los  promotores  de  esa  nueva  autarquía  británica.  Y  en Colombia, en octubre del mismo año, cuando el plebiscito fue ganado por grupos que difundieron mentiras acerca de los acuerdos de paz. El auge de la posverdad en la elección presidencial en Estados Unidos fue señalado dos meses antes de las votaciones por The Economist (2016) que, para referirse a Donald Trump, deploró ”El arte de mentir ”. La “política posverdad es la confianza en afirmaciones que ‘se sienten verdaderas’ pero que realmente no tienen bases”, se decía allí.

En las redes sociodigitales los contenidos que vemos son los que colocan las personas o instituciones con las que hemos manifestado afinidad. Nuestros amigos o seguidores, o aquellos a quienes hemos resuelto seguir, habitualmente tienen puntos de vista similares a los nuestros. Así que, envueltos en esas redes, nos encapsulamos en micro ambientes nutridos por información, y por apreciaciones, con las que estamos de acuerdo. Nuestros puntos de vista, y con ellos los prejuicios, las simpatías y antipatías que ya tenemos, se reproducen y refuerzan en esos micro climas. Quienes  quisieron  creer  que  Hillary  Clinton  era  socia  de  un  grupo  terrorista,  por  absurda  que  fuese  tal  versión,  encontraron  divertido  e  incluso consideraron relevante propagarla y, así, nutrieron de nuevos prejuicios y falsedades a otros con prejuicios parecidos.

4 Más allá de los cauces digitales

Más allá de los cauces digitales Las redes sociodigitales alteran las formas tradicionales de la política y el periodismo. Sin embargo no propician necesariamente una mejor política ni un mejor periodismo. Twitter o Facebook, YouTube Instagram o entre otras redes, permiten que los profesionales de la política estén más cerca de la gente pero esa aproximación por lo general es superficial y la relación así creada es de una sola vía. Por muchos tuits que leamos de un personaje público lo que sabremos de él por esa vía será poco y parcial. Y a ese personaje, a su ve z, difícilmente le interesará lo que le decimos en  esa  red.  Twitter  puede  ser  una  herramienta  para  intercambiar  puntos  de  vista  pero  por  lo  general  el  emisor  de  mensajes  atiende  poco,  o  de plano  no  atiende,  a  los  receptores  que  le  responden.  En  estos  espacios  abiertos  (hipotéticamente)  a  la  retroalimentación,  se  produce  una paradoja: mientras más respuestas y seguidores obtiene el emisor de un mensaje, resulta menor su capacidad para responderles.

La capacidad de interlocución bloquea la comunicación. En Twitter los mensajes no interesan tanto por lo que dicen sino por los reenvíos que alcancen y que sean capaces de crear trending topics.

En esa y otras redes, además, se pueden propagar contenidos periodísticos pero difícilmente sirven para hacer periodismo. Si el periodismo consiste no sólo en develar una noticia sino en además jerarquizarla, ponerla en contexto e interpretarla, entonces sólo el primero de esos pasos se cumple cabalmente en redes de comunicación instantánea pero fugaz como las que hemos mencionado.

Las redes sociodigitales modifican la relación de las personas con los asuntos públicos. La declaración de un gobernante, la noticia de que se ha propuesto  un  proyecto  de  ley  o  una  decisión  de  los  jueces,  puede  resultarle  cercana  a  los  usuarios de  estas  redes  que,  al  encontrar  varias menciones  a  esos  temas,  los  encuentran  familiares.  Pero  no  basta  con  leer  algunos  tuits  para  entender  asuntos  como  esos,  que por  lo  general tienen  una  complejidad  que  está  reñida  con  la  celeridad  y  la  frivolidad  de  las  redes  sociodigitales.

Estas  redes  pueden  ser  útiles  para    esparcir posiciones y acciones de todas las tonalidades ideológicas pero son escasamente propicias para suscitar la deliberación pública. Lo que abunda en ellas son la emotividad catártica, la descalificación simplista y las supercherías de toda índole.

Las redes sociodigitales son formidables instrumentos para enlazar intereses, propalar noticias, replicar emociones o acuñar estereotipos pero no disponen del espacio ni de la cadencia que requiere la discusión de ideas. No les pidamos a las redes sociodigitales lo que no pueden darnos. No pretendamos  que  son  capaces  de  sustituir  las  rutinas  tradicionales  del  quehacer  político  porque  el  debate,  la  negociación  y  la  gestión  de  los asuntos públicos no pueden resolverse solo en intercambios de tuits o en muros de Facebook.

Reemplazar la construcción de acuerdos y la búsqueda de interlocutores con la simple articulación de cadenas de tuits o con videos en línea no conduce a fortalecer la política sinoa favorecer la antipolítica. Suponer que la complejidad del quehacer político se puede desahogar solamente con hashtags y trending topics puede acentuar el desencanto respecto de la vida pública. Pretender que se gobierna a través de tuits o, peor aún, tratar  de  ahogar  el  debate  público  con  descalificaciones  y  amenazas  en  140  caracteres  como  estila  el  presidente  Trump,  es  expresión  de incompetencia e intolerancia políticas.

Las redes sociodigitales acercan a las personas a los asuntos públicos; permiten señalar, develar y denunciar; pueden ser cauces a otros espacios en  el  mundo  digital.  Pero  las  carencias  y  exigencias  que  los  propios  asuntos  públicos  plantean  no  se  dirimen  únicamente  en  tales  ámbitos.  La militancia política en línea es muy entretenida y sobre todo cómoda pero no reemplaza a la tarea de persuadir, representar, proponer y gestionar que  siempre  hay  en  el  ejercicio  de  la  política.  Limitarse  a  tuits  y  posts,  o  a  videos  y  memes,  puede  alimentar  la  sensación  de  que  con  tales recursos se resuelven los problemas sociales o políticos cuando, simplemente, se les dejan las acciones y decisiones a otros.

Siempre es necesario no confundir el fondo con sus formas. Ante el auge de las entretenidas, omnipresentes y para algunos de nosotros adictivas redes sociodigitales es preciso evitar la ilusión de que las tortuosidades, los atropellos y las ineficacias que tanto deploramos en las instituciones políticas se pueden reparar desde nuestras cuentas de Twitter o Facebook. Las redes sociodigitales tienen enormes posibilidades para enlazar y propagar pero no resuelven los fundamentalismos ni el simplismo que suelen definir al quehacer político contemporáneo.


Referencias bibliográficas
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