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El palacio de Evo

Recuerdo que hace mucho, mucho tiempo atrás, cuando Evo Morales acababa de asumir la presidencia, declaró a los medios que se mudaría de su modesto departamento en la zona de Miraflores y ocuparía la residencia presidencial de San Jorge.

Morales hizo aquel anuncio como una especie de concesión a la formalidad y a la investidura presidencial, no sin antes señalar que no lo haría sólo, sino con el vicepresidente, el presidente del senado y el presidente de la cámara de diputados, todos con sus respectivas familias. Argumentaba en aquel entonces que la casa presidencial era demasiado grande para él solo y que allí caberían de sobra los cuatro primeros mandatarios con sus proles.

La casa presidencial no es solo para Evo Morales “y si quieren que yo viva, vivamos los cuatro”, decía el flamante presidente, aclarando que no se trataba de ningún chiste.

Recuerdo también cuál fue mi reacción ante aquel inusual anuncio; me pareció una decisión ridícula que, incluso entendida como un gesto político, me causaba algo de vergüenza ajena.

Unas pocas semanas después de aquel episodio, pasaba junto a la residencia presidencial junto a una persona que acababa de migrar del campo; me preguntó si aquel edificio era parte del cuartel de la Policía Militar, y cuando le respondí que se trataba de la residencia presidencial, me preguntó con mucha naturalidad, cuántas familias vivían allí.

Esa pregunta me confirmó que el anuncio de Morales de mudarse en tropa no era evidentemente ningún chiste ni menos aún una ridiculez. Era un gesto que retrataba a un presidente absolutamente conectado con la gente; era la prueba de un mandatario que no solamente comprendía profundamente lo popular, sino que también estaba dispuesto a vivir y a ejercer el poder sencillamente, de acuerdo a las expectativas de la gente que lo había elegido.

El idiota era sin duda yo, que como reacción inmediata me sentí perturbado por una decisión disruptiva en términos formales y protocolares, pero que respondía plenamente a lo que ocurría en el país.

Doce años después, y como ha ocurrido en muchas otras cosas, Evo Morales no cumplió con la promesa de mudarse con otros tres ilustres inquilinos. Lejos de eso, no solamente vive solo en pernocta alternativamente en un departamento en la avenida 20 de octubre y en su casa de Cochabamba. No contento con eso, en pocos días estrenará un departamento de más de mil metros cuadrados en un nuevo palacio que se ha mandado a construir a un costo de 250 millones de bolivianos.

Durante todos estos años, la ciudadanía estuvo dispuesta a olvidar la promesa incumplida e incluso a pasar por alto y justificar los crecientes lujos del presidente, entre los que destacan un avión ejecutivo de película y una flota de autos multimillonaria. Pero el Palacio de Evo ha sido el cherry en la torta que ha puesto definitivamente en evidencia la transfiguración de Morales, de la sencilla humildad, a la grosera ostentación.

¿Qué le pudo pasar por la cabeza para mandarse a construir un palacio lleno de lujos asiáticos? ¿Cree el presidente que ya no es un mortal como nosotros y que merece esos y otros privilegios? ¿O está convencido de que durante su gestión todos los bolivianos se han vuelto ricos y entonces es natural que él viva como millonario? ¿O simplemente ha perdido todo vínculo y sentido de la realidad? Realmente no lo entiendo.

En todo caso lo único bueno que puede quedar del tal palacio es que pensemos en la necesidad de una norma que establezca la prohibición a los mandatarios de utilizar y beneficiarse de obras realizadas durante su gestión. Hacer obras está bien, pero para evitar sospechas y malos entendidos, solamente deberían poder ser utilizadas por el sucesor.


Ilya Fortún es comunicador social.
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