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El purgatorio de la libertad, la libertad del purgatorio

El Purgatorio es un filtro. Entre Paraíso e Infierno hay un reino en el cual mi abuela se consolaba, ella que tanto sufrió lo enfrentó siempre de frente. Creyente como fue, no creía en el Infierno y en el Paraíso, en lo que un cura prometía, y en lo que otros se apegaban, por cobardía o por infausta soberbia. Me decía siempre que todo era un purgatorio, la libertad, el sufrimiento, el miedo, el dolor. Decía que solo el amor podía salvarnos.

Se acerca el 25 de abril, fecha que para nuestra generación mezclaba el civismo con el folclor, en una extraña fusión “a la italiana”. Fruto ya del llamado reflujo, de una memoria siempre más frágil, de una mutación antropológica, nos advirtió un Poeta. Las banderas se mezclaban con el color de los campos inundados de primavera, una maestra que nos recitaba poesías de Giosué Carducci y un futuro político que sacaba algún recuerdo partisano. Juventud desprendida del recuerdo. Otra libertad fue la que lucharon por obtenerla la generación que nos está dejando.

Entramos en el Purgatorio de Dante Alighieri, el güelfo. La libertad es la que va buscando el vate: “Por correr mejor mar, alza a vela/la navecilla de mi ingenio errante/que deja tras de sí tan cruel procela.” “Canto el segundo reino, en que anhelante/se purifica el alma humana, en vía/de alzarse digna al cielo bienandante.” Serán otros poetas en trazar el camino, Catón y Virgilio, con pruebas de limpieza del color infernal en el Purgatorio. Siempre la Poesía haciendo el trabajo más sucio.

La libertad es la del libertario, en el “canto libre” de Bernardo Melacci, poeta y ácrata toscano que sigue escribiendo desde las muchas celdas, desde el confino fascista hasta terminar por escribir desde un manicomio “criminal”: “Yo me quedo en la tierra/del libre pensamiento, /con sentimiento austero/contra los que hacen la guerra”. Libertad que define el poder de turno: “Pero esa ley que gobierna el mundo, / Dictada por el terrible amo, / Las fuerzas hace subir desde el fondo/ Que incontenibles van en explosión”, donde es solamente la naturaleza la que manda.

Una temporada en el infierno, y Rimbaud hace poesía, ahí en los confines del signo y de todo lo que el signo nombra, la poesía nace de la nostalgia de todo cuanto el signo destruye haciéndolo aparecer; es donde se logra transformar la necesidad en libertad. El voyant rechaza la miserable libertad de su época y desnuda la palabra para que seamos mas libres. Un ave fénix de la libertad, nos dice Yves Bonnefoy, “que de las esperanzas quemadas hace su propio cuerpo, viene a batir el aire con las nuevas alas”.

Purgatorio, dantesco, tragicómico, la vida que no se detiene ni un instante, contemplamos la poesía del vate, y en un viaje que reintentó recorrer Milton, seguimos contemplado en vocales coloreadas la voluntad de llegar a lo imposible y a la libertad del voyant.

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