“Imagine there's no countries It isn't hard to do Nothing to kill or die for And no religion, too” John Winston Lennon
Márcia Batista Ramos
Cuando imaginamos el futuro, cada quien abre una puerta distinta. Para algunos es un destello luminoso; para otros, una sombra que se alarga; para la mayoría, un territorio incierto donde conviven esperanza y desconfianza. Porque nadie es adivino y pensar en lo que vendrá es, en cierto modo, pensar en lo que somos y en lo que estamos haciendo ahora. Ya que nuestras decisiones, nuestros miedos, nuestras renuncias y nuestros silencios cuentan, pues forman parte de la siembra de hoy que, cosecharemos mañana.
A veces, imaginamos el futuro como una extensión —mejorada o deteriorada— del presente.
Algunos, lo sueñan tecnológicamente deslumbrante con ciudades inteligentes, diagnósticos médicos instantáneos, máquinas que alivien la carga humana.
Otros, en cambio, lo perciben como un espacio frágil, marcado por crisis políticas, guerras recurrentes o climas que ya serán insoportables para los seres vivos; piensan en el futuro como un caos climático, político y religioso.
Entre ambos extremos aparece un matiz inevitable: el futuro no será un espectáculo ajeno, sino la consecuencia directa de nuestras decisiones o inacciones actuales.
Cuando pensamos en el futuro, vemos cosas distintas, quizás porque somos diferentes los unos de los otros y reconocemos como prioritario cosas disímiles. Pero creo que cuando pensamos en la juventud, vemos un escenario donde la educación debería ser un puente, no un privilegio. Otro lugar común es el planeta con sed, incendios, glaciares que se desvanecen y una advertencia persistente de que no podemos seguir viviendo como si tuviéramos repuestos. También nos preocupa la convivencia humana, pues vemos tensiones en contraposición a la extraordinaria capacidad de cooperar que tenemos cuando realmente nos reconocemos en el otro.
Desafortunadamente, el futuro que imaginamos no se parece al futuro que estamos preparando. Porque el que deseamos suele estar lleno de armonía, salud, estabilidad y oportunidades. El futuro que estamos preparando, hoy, en cambio, se presenta como un territorio más crudo, moldeado por estructuras políticas, económicas y culturales que parecen difícilmente modificables. Sin embargo, la distancia entre ambos futuros no debería ser un abismo inevitable, por el contrario, es un llamado de atención.
Nos preguntamos: ¿qué debería cambiar para que el futuro posible se acerque al futuro deseado? La respuesta es dura pues exige cambios: deberíamos cambiar nuestras prioridades, nuestras formas de consumo, de gobernanza y de diálogo. Deberíamos abandonar la indiferencia que normaliza la violencia y la pobreza. Y, sobre todo, deberíamos cambiar nuestra relación con la verdad y con la memoria, pues, un pueblo que olvida, tropieza siempre en la misma piedra.
El mañana que imaginamos y lo que será el futuro, al final, no es un cuento escrito por otros. Es un manuscrito colectivo que se escribe en tiempo real, ya que el destino no está prefijado, sino que es una prolongación ética y emocional del presente. No podemos controlar todas sus páginas, pero sí el pulso con el que escribimos desde ahora. Basta imaginar, como decía Lennon: Imagine all the people Sharing all the world You…