Márcia Batista Ramos

Perdura la sensación de que la humanidad no aprende de sus propias tragedias y de que todo se repite una y otra vez; se suma un malestar al percibir que el siglo XXI es un número que trae consigo avance tecnológico, conocimiento científico y las mismas miserias que la humanidad ya sufrió tiempos atrás. Eso me hace pensar que la idea del eterno retorno, como visión circular del tiempo, donde los acontecimientos siguen reglas de causalidad, es correcta para definir el existir humano en nuestro planeta.

El eterno retorno es la referencia a un concepto circular de la historia. Porque la historia no sería lineal, sino cíclica. Una vez cumplido un ciclo de hechos, estos vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero siendo, básicamente, semejantes. Como ejemplo la Primera Guerra Mundial, La Segunda Guerra Mundial y ahora La tercera Guerra Mundial (que aún no le ponen un nombre y se expande lentamente, como una serpiente que se arrastra con lentitud, después de devorar a su presa).

El estoicismo planteaba una repetición del mundo, el eterno retorno, donde el mundo se extinguía para volver a crearse una y otra vez. Bajo este concepto, el mundo, después de arder en el fuego volvía a resurgir. Para eso sería necesario una conflagración que lograría destruir todo, quemar todo, para que desde las cenizas vuelva a reconstruir los mismos actos y vuelva a quemarse y así, vuelva a resurgir eternamente. Con el tiempo, la filosofía occidental, replanteó el eterno retorno al asociarlo a la idea de perfeccionamiento; a la perfección del universo, pues en cada reinicio se pulirá cada hecho hasta llegar a la perfección. Eso porque en el pensamiento occidental existe la idea de que el progreso es constante y siempre hacia adelante, sin embargo, en algunos autores como Polibio, Giambattista Vico o Maquiavelo, se encuentra la idea de ciclos que se van perfeccionando paulatinamente, retornando eternamente hasta alcanzar la forma perfecta tras muchas fases erróneas. Particularmente, pienso que es una forma muy lenta de perfeccionarse, repitiendo errores y destruyéndose para reconstruirse enseguida (algo mejorado).

Hermes Trismegisto fundamenta esta teoría en su obra Kybalión, considerando el ritmo en todo lo existente. Para Hermes Trismegisto existe un principio del tiempo y un fin, que vuelve a generar por sí mismo, un principio que a su vez tiene su fin e indefinidamente se repite porque genera un principio con un fin, eternamente. Además, los mismos acontecimientos se repiten en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación. Asumiendo que todo lo ocurrido y lo que ocurre en el universo, ocurrió antes y volverá a ocurrir de forma idéntica, además que será así por todos los tiempos o hasta el fin de los tiempos.

El historiador y novelista rumano Mircea Eliade escribió el mito del eterno retorno, aplicando el concepto a lo que ve como una creencia religiosa universal en la capacidad de volver a la edad mítica a través del mito y el rito. Afirma que depende del comportamiento humano y que no coincide con la teoría del eterno retorno concebido como un proceso matemáticamente inevitable. En “El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición” (Le mythe de l’éternel retour. Archétypes et répétition) la principal obra de Mircea Eliade, escrita en 1949; el autor reflexiona sobre el concepto de realidad de las sociedades arcaicas a partir de lo sagrado. Solo aquello que es sagrado es real.  También, se cuestiona sobre ciertos elementos que constituyen las concepciones del ser y de la realidad, basándose en el comportamiento de las sociedades premodernas, como los mitos, rituales, lo sagrado y lo profano y, especialmente, la diferencia entre el hombre moderno y el hombre primitivo. Explica que la esencia de lo sagrado solo se basa en su primera aparición; por consiguiente, la imitación de un evento mítico es en efecto el propio evento mítico que está ocurriendo nuevamente. Además, el mito y el ritual son vehículos de un eterno retorno. La vida del hombre tradicional está cargada de mitos y rituales que constantemente lo unen con el tiempo sagrado, lo que le da valor a su existencia.

Schopenhauer, en su obra “El mundo como voluntad y representación”, analizó el eterno retorno como una visión circular del tiempo, donde los acontecimientos siguen reglas de causalidad.

Su seguidor F. Nietzsche, en “Así habló Zaratustra” analiza, a través del protagonista, la visión circular del tiempo que conlleva al eterno retorno del mismo. Además, de considerar el eterno retorno, desde el punto de vista cronológico, en el sentido de repetición de lo sucedido, también considera importante: obrar de modo que un horizonte de infinitos retornos no intimide elegir de forma que, si uno tuviera que volver a vivir toda su vida de nuevo, pudiera hacerlo sin temor. Nietzsche, en su teoría del eterno retorno, enseña que: el ser humano logrará transformarse en el Superhombre cuando logre vivir sin miedo, y, por consiguiente, amar la vida, para así desear el eterno retorno. Además, plantea que los acontecimientos se repiten, asimismo los pensamientos, sentimientos e ideas, en una repetición infinita e incansable.

En la literatura se encuentran ejemplos notables de la idea del eterno retorno, como: “Madame Bovary” de Gustave Flaubert; “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez; “Siddhartha” de Hermann Hesse; “Ordesa” de Manuel Vilas; “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera; entre tantos otros como Jorge Luis Borges que usó la idea del eterno retorno como tema para algunos de sus cuentos, donde en su óptica, el instante es el que vuelve eternamente.

Tal vez, imbuida por el pesimismo que me inunda, asumo el eterno retorno como la capacidad del ser humano de repetir una y otra vez, los mismos errores y miserias que le causan dolor y muerte, solamente porque tiene la certeza de que la humanidad siempre sobrevivirá.