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El bastardeo de la política

Me enoja este momento de la política. Me enojan las candidaturas, casi todas ellas porque muy pocas no son producto de “juntuchas” o de acercamientos de última hora, o tienen algún punto en común. Me enoja la desconsideración con la que se antepone el interés personal o de grupo, de ningún modo el de la sociedad.

Es la hora de los partidos haciendo aguas, navegando sin rumbo o inevitablemente naufragando; alguno, con dedazos y entre silletazos; otros, desorientados; la mayoría, inexistentes. No importa la historia: pudieron ser claves para el país en el pasado, hoy son fantasmas inscribiendo nombres con el decadente objetivo de no perder su sigla.

¿Qué partido u organización ofrece al electorado un proyecto serio, maduro, de largo plazo? ¿Qué alianza no es circunstancial, para la próxima elección (que está a la vuelta de la esquina), ni se ha formado contra el tiempo luego de conversaciones basadas en la urgencia de la coyuntura, despojándose de visiones egoístas o, incluso, caudillistas?

Es la hora de la improvisación, de las listas de candidatos con nombres “de relleno” o por el compromiso de la paridad y la alternancia (¡qué vergüenza ajena!); de la utilización de la política para salir de la crisis personal o del partido (que es mucho decir para algunos casos —patéticos— de rejunte de amigos).

Hablo de la política como “salvación” frente al desplome multisectorial de la economía, o como manotazo de ahogado ante el quiebre de la institucionalidad en distintos ámbitos. Entonces, por un lado, de potenciales desempleados arrimándose a la política para seguir sobreviviendo a la pandemia y, por el otro, de torpes desesperados o zombis reencarnados en malos saltimbanquis dentro de espacios mediáticos (discúlpenme los artistas) circenses. Hablo de este Carnaval en Año Nuevo.

Es la hora de los obsecuentes con la sociedad pragmática y descolorida de hoy en día. De la pobreza de ideas, del discurso vacuo, del retorno de la mentira propia de los demagogos, de los buenos aprendices de los experimentados politiqueros. No digo que no existan políticos bienintencionados, solo que estos terminan absorbidos por la decadencia de su entorno, eso que algunos llaman sistema.

No hay tanto por descubrir: están los mismos de siempre y unos pocos nuevos que, salvo raras excepciones, da pena decirlo pero no tienen otro destino que el de parecerse mucho a los mismos de siempre. Es la hora de la vuelta de dos inseparables: la ambición de poder y el oportunismo. Así estamos tras desearnos cándida, amorosamente, un feliz 2021.

Mirar el vaso medio lleno, y a principios de año, es un imperativo social. Algo habría que hacer con esos candidatos más o menos interesantes —digamos, potables— que aparecen como lunares, pero que están predeterminados por un sistema podrido. Resulta obvio que para ellos, y sus intenciones aisladas remando contra la corriente, urgen compañías (colegas) mejores, es decir, gente honesta, que trabaje no por el dinero que el Estado vaya a pagarles, sino que lo haga desprendidamente por los demás; así, el día de mañana, el ambiente del político sería uno menos agreste. Entretanto, urge aquello que hoy la política (el entorno, el sistema) no puede ofrecer por razones de descomposición moral.

¿Cómo no enojarse con este momento? ¿Hasta cuándo la política estará reducida al electoralismo? Alguien dirá: “¡pero no es nuevo!”. Cierto, entonces sigamos naturalizando este bastardeo, todo lo que impide a la política dar un salto cualitativo en aras de la construcción de una democracia virtuosa, en la que no se arman planchas de candidatos a última hora, en la que los partidos no se fundan sino en proyectos pensados para beneficiar —principalmente— a los que más lo necesitan.

Decepciona esta hora de la política que, sin distinción de oficialismos y de oposiciones, es la peor en décadas. Sí, esta clase política que, vista desde el enojo, da la sensación de ser insuperablemente mala y de no merecer el voto de nadie.

Oscar Díaz Arnau  es periodista y escritor.

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