Jaime Gonzales Humpire

La gente fue llegando y acomodándose en algún lugar de ese ancho patio ocupado por viejos algarrobales y en cuyo fondo albergaba una vieja casona que había sido remodelada para las atenciones sanitarias. A un costado se ubicaba un salón con un letrero de madera que decía “Morgue” donde los lugareños se amontonaban para llevarse al muerto.

A simple vista, los había de toda edad y clase social compartiendo la misma pesadumbre; pero que, a diferencia de otras ocasiones, ahora no se escuchaban los acostumbrados lamentos y llantos de los dolientes, porque aquí nadie se quejaba, ni lloraba.

El dolor de la partida había sido desplazado por un sentimiento más profundo que fue alimentándose de aquellos recuerdos que tantas veces había sido contado de padres a hijos generando esa reverencia que se siente cuando se admira en silencio a esas rarísimas personas que prefieren olvidarse de sí mismos para servir a los demás.

La lluvia ligera de la noche hizo que la memoria colectiva de los dolientes evocase alguno que otro suceso de aquel de quien se decía aprovechaba las lluvias nocturnas para infiltrarse en tierra de nadie y rescatar algún compañero herido. Al principio estos relatos no eran creíbles hasta que un sobreviviente contrario dijo haberlo reconocido en una noche lluviosa y perdonado su vida para que siga jalando el cuerpo de su amigo.

Muy lejos de las insondables encrucijadas donde estos enjambres humanos se fagocitaban entre sí por sobrevivir, los políticos terminaron pactando como siempre y se reacomodaron a punta de balazos, billetes y muertos.

Volviendo a este rincón del mundo, todos sabían que un puñado de hombres habían regresado vivos, pero desalmados. Aunque él se expuso a la muerte en tantas ocasiones, ésta prefirió ignorarlo. Fue entonces que decidió continuar como enfermero, envejecer austeramente, ocuparse de los desvariados y despedir a cada uno de estos zombis de guerra sin soltar una sola lágrima, sin quebrarse, como si hubiera querido rendirles honores por sus vidas sacrificadas, con la gravedad de esos hombres que han sido tallados por el filo de sus convicciones.

Hace unas horas fue encontrado apaciblemente recostado en la cama de su pequeño cuarto y con unas viejas botas puestas. Ahora correspondía despedirlo de la manera como él les había enseñado, desde siempre.

En esa noche lluviosa de otoño se instaló en los presentes una profunda tristeza por el ausente, pero nadie lloró y nadie se quejó. Estaban rindiendo honores al último excombatiente del pueblo.