Li Po nació en el año 701, en la China. Su vida, atractiva como toda vida bien vivida, no la anotaré aquí: no hace falta. Su vida, su intensa vida, están reflejadas en estos dos poemas que transcribo. Son extraordinarios. Demuestran una cosa: sólo la poesía, sólo el poema, pueden condensar en palabras, en pocas palabras, el mundo y todos los mundos que están en este nuestro mundo, el único que conocemos. Es gracias a la poesía, y a la virtud del poeta, obviamente, que esos mundos aparecen, se expresan, advienen. El poeta los ve, los siente y allí arrecia el advenimiento, la epifanía, la develación, el sentido y la forma de esos mundos que son El Mundo. Sentir que los poemas de Li Po atesoran 1300 años de existencia y de vigencia no son sólo una prueba de que la poesía vence al tiempo, sino que la poesía es la más accesible manera de abolirlo, de desterrar a ese tiempo que, hoy, por veloz, acosa, amputa, duele. Sentir que esas palabras vueltas poema llegan también desde las antípodas del lugar desde donde las evoco, rompe también las fronteras, las distancias, pero no al modo narcótico de las redes virtuales que hoy dominan el planeta, sino recreando ese espacio/tiempo etéreo y eterno donde sólo hay belleza y verdad, y si se conjugan, son poema. Como estos dos, tan magníficos, tan inspiradores.
Bebiendo solo bajo la luna (1)
Rodeado de flores, libo solo,
ante una jarra de vino.
Alzando la copa, convido a la luna.
Con mi sombra, somos tres.
Aunque la luna no puede beber,
y mi sombra en vano me sigue,
las tomo por compañeras transitorias.
¡Divirtámonos antes de que pase la primavera!
Canto, mientras la luna pasea.
Bailo, mientras mi sombra vacila.
Antes de mi embriaguez nos solazamos juntos.
Cuando estoy ebrio, se deshace nuestra compañía.
¡Oh luna! ¡Oh sombra! Seréis mis inmortales amigas.
Ya nos reuniremos algún día
en el cristalino mundo de las estrellas.
Bebiendo solo bajo la luna (2)
Si al cielo no le gustara el vino,
no nos estaría alumbrando
desde allí la Estrella del Vino.
Si a la tierra no le gustara el vino,
no tendríamos en el mundo viñedos,
surtidores del embriagador jugo.
Si al cielo y a la tierra le gusta,
no debe avergonzarnos amarlo.
Dicen que. el vino claro es para el santo
y que el turbio es para el sabio.
Ya que los santos y los sabios beben,
¿para qué buscar la inmortalidad?
Con tres copas nos es abierto
el camino a la gran Verdad.
Con tres jarras ya retornamos
a la amable naturaleza.
Los encantos los conocemos los ebrios,
y es inútil decirlo al infeliz sobrio.
Nota bene: Robert Graves anotaba en su La Diosa Blanca, que la relación del poeta con la musa, con la inspiración, salvaje y tierna, feroz e iluminadora, es personal. Se busca esa situación, tremenda, fértil. Puede arrasarte o ampararte. La Diosa, como la naturaleza, no perdona nunca. De ahí, la belleza como faro y la verdad, la honestidad, guiando al poeta porque si no hay verdad, no hay belleza que la Diosa acepte. Es despiadada por esa necesidad que anotábamos antes: sólo se vence al tiempo y se aúna el espacio si y sólo sí ese impulso estético -que, por lo dicho, deviene ético y, sin dudas, épico-, es sincero, es real, es comprobable. Lo aterrizo y lo vuelvo propio, cercano, lo que estoy escribiendo: pienso en Manuel Castilla para dejar en claro lo que siento, pienso en él, lo siento, en su inmensa obra poética -amable, asible, acariciable, de principio a fin-, igual que ese poeta chino que nació en el 701, igual que el inmortal Li Po. Debo decirlo y por lo mismo: Manuel Castilla se merece esa inmortalidad. Ojalá que en 1300 años más, hacia el 3300 DC, alguien, otro yo, se acuerde, con la misma devoción, de él.