Día del maestro

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La palabra maestro proviene de magister, que hace referencia a la competencia más alta de un carnal en cualquier oficio. Por eso hay maestro albañil, maestro pintor, maestro carpintero, maestro orfebre. También hay maestro escultor y maestro muralista. ¿Qué cosas no? Eran tiempos en que los oficios manuales eran artes y las artes eran oficios. Decirle a alguien maestro, no sólo era designarlo por su actividad sino que constituía una forma venerable de mostrarle respeto. El Quijote popularizó un derivado: Maese. ¿Que tal lindo? Y los ilustrados que fundaron logias se denominaron a sí mismos masones, porque eso eran, maestros. Cabe decir que el magister supera en rango al minister, de donde proviene la palabra ministro. Así, uno puede darse cuenta del grado de estupidización que tiene una sociedad en la que un ministro gana el triple de un maestro. Si seremos cretinos. Maestro, empero, designa también a quien enseña su oficio u otras cosas inútiles como filosofía, ética, historia o teorías de la comunicación, digamos. Pero…

No todo profesor es maestro. Hay quienes no enseñan sino cobran sueldos, hay quienes en vez de enseñar hacen viajes de campo, hay quienes confunden la enseñanza con la divagación, están los que mezclan la docencia con la política, abundan los que creen que la docencia es hacer exponer al alumno y sobran casos de docentes que sólo repiten lo que les permite su atrofiada memoria. Curiosamente, esos son los que más celebran el día del maestro. Deberían ser ministros, en vez, lo harían muy bien. No debería haber día del maestro porque la cháchara simplona de los discursos de circunstancia de los seis de junios, apela a cosas que son puro mito: Sacrificio, entrega, convicción, guía y ejemplo… ¡Cuánta put4 paja! El mejor maestro que tuve en mi vida, Estanislao Just, me enseñó historia como si fuera un dios germano, a punta de ironías y maltrato. El hombre no se sacrificaba, no tenía ninguna esperanza en los jóvenes del mañana, no era una guía moral ni espiritual (y eso que era cura) y le emputab4n los días del maestro. Decía: «A ver gilipollas, con mil cojones, no vais a decirme doctor, ni magister ni licenciado ¿oisteis? A mi se me llama señor, pues doctores hay miles pero señores somos pocos». Debieran aprender la lección esos mediocres simplones que obligan a sus alumnos que les digan «dostor» «maistro pieichidi» «machister»… Bola de pendej0s inseguros. El maestro, maestro, no necesita que lo nombren como tal… Ni que se lo felicite por cumplir su oficio. Para eso estamos, cabron3s. Así que a la verg4, hoy día, me voy a tomar cafecito con mis maestros de toda la vida. Se llaman libros.