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Microrrelatos – Colección de literatura breve CCXXIX

Andén Perdido

Jorge Larrea Mendieta – Bolivia

En el andén perdido, los viajeros esperaban un tren que nunca existió. Aun así, nadie se movía.

Insomnio

Rubén García García – México

 -A las dos de la mañana convoqué a las ovejas y solo llegó una.

—¿Dónde están las demás?

—Están recibiendo instrucciones del nuevo perro ovejero.

—¿Entonces, tú por qué estás aquí?

— Él, me dijo que yo tendría otras instrucciones, que me esperara.

El cuadro

Felicidad Batista – España

Los girasoles nunca miran al sol. Lo temen porque les causa ceguera. Fue ese pintor loco, Vincent Van Gogh, el que decidió mentir con sus pinceles. Los doblegó en los campos de su su imaginación o los condenó a morir en jarrones. Pero, por la noche, cuando las luces del museo se apagan, ellos se descuelgan. Sacuden sus semillas junto a las ventanas. El viento las esparce por los campos y el sereno las riega. Antes del amanecer, regresan a los lienzos. Y, mientras los visitantes del museo los contemplan, ellos saben que son libres.

Seducción

Rodolfo Lobo Molas – Argentina

Adán deambulaba solitario por el Paraíso. La víbora aprovechando la circunstancia desplegó sus encantos y lo sedujo. Cuando Dios advirtió esto, dijo: No, no; no es bueno que el hombre esté solo, y creó a la mujer. Adán, entusiasmado, empezó un romance con Eva. La serpiente, despechada, urdió el plan de la manzana

En otra época

Delfina Acosta – Paraguay

Las mujeres decentemente vestidas, que son muchas, usan polleras de algodón o de franela con rayas negras y blancas; la luz de día no llega, desde luego, a su fortaleza femenina. De día, largos vestidos de color azul oscuro; de noche, camisa con botones hasta el cuello y cinturón de cuero con hebilla. Sin excepción, los zapatos con cordones y sin tacones. Ningún broche cerca del escote, ningún leve jazmín que se escurra de sus dedos. No usan blusas de gasa ni de seda; no llevan pañuelos ni saludos en la mano.

Las mal vestidas, sin duda, no llevan ropas. Mucho menos, sombreros. Se acuestan totalmente desnudas en cualquier terreno donde crecen las hierbas, para que la luz de la luna marque un círculo en su vientre. Transpiran, las gotas de sudor caen como aroma de tierra o de viento de sus senos. Los cuerpos de los hombres tumbados sobre ellas, las visten como al descuido; incluso las asean y arreglan. Ni la pana ni la organza ni el poliéster; la piel blanca de sus piernas y de su pecho es su mejor atuendo.

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