Sanos Domínguez Ramos

 Junto con las campañas publicitarias y las iluminaciones festivas, una de las señales invariables que avisaban por estas fechas de la proximidad de la Navidad era recibir en el correo un estupendo cuento navideño de Pablo Andrés Escapa. 

Ese privilegio que disfrutábamos desde hace años un grupo de amigos lo hace ahora extensivo Páginas de Espuma al común de los lectores al publicarlos en un magnífico libro, Herencias del invierno. Cuentos de Navidad, lujosamente editado con ilustraciones de Lucie Duboeuf y encuadernado en el oro de sus palabras, en el azul nocturno y en el blanco de la estrella y la nieve de sus cuentos, las tonalidades que predominan en la portada, en las guardas, en las cuatro postales que acompañan la edición y en imágenes interiores como esta:

Diez cuentos navideños de uno de nuestros mejores narradores actuales, dueño de una prosa de altísima calidad, que mantiene así una costumbre personal, heredada de su padre, del impulso fabulador del noroeste y de las tradiciones orales de los filandones con las que Escapa está tan vinculado.

Así comienza el primero de los relatos, titulado Ceniza:

–¡Santas noches!

Hay saludos que comprometen, quién lo duda. Y este era de los que abren las puertas a la buena fe. Pero eso lo ve uno ahora, pasado el tiempo. Cuando lo oímos, estábamos Celino y yo como para devolver gentilezas. Lo único que nos preocupaba era que alguien nos descubriese a aquellas horas y de semejante facha: Celino con la cara tiznada de negro, que se empeñó en las seguridades que le daba ese disfraz; yo, sin hollines, pero tan sombrío de ánimo que había de parecer más oscuro que él. Y de pronto aquella voz recibiéndonos a ras de suelo. Ahora es fácil decir que no hubo azar en el encuentro, que los milagros lo son por necesidad.

Debíamos componer una estampa más que dudosa, Celino y yo. Imagínense: dos cabezas asomadas a la boca de una alcantarilla con los ojos levantados hacia las estrellas. Y allí, vibrante en el aire helado, el susto de aquella cortesía inesperada.

“Escribir cuentos, como escribir poemas, es un trabajo delicado que no debe proceder nunca con prisas ni incurrir en traiciones a ese mundo que previamente se ha forjado el escritor.” Esa reflexión de Pablo Andrés Escapa, que formaba parte de su poética, recogida en el colectivo El arquero inmóvil, publicado también por Páginas de Espuma, resume las claves de su literatura. Porque la palabra de Escapa tiene la delicadeza, la consistencia, la pausa y el peso específico de la palabra poética. 

Y esas virtudes, que suelen ocasionar un indeseable efecto antinarrativo, son en sus relatos elementos fundamentales que hacen del cómo (el tono, el enfoque, el ritmo de la frase, la voz narrativa) la materia esencial de estos cuentos en los que vibra la memoria infantil de los belenes de cartón y corcho, y arde también el hondo temblor de la emoción y el tiempo al evocar “semillas de discordia en días de misterio”:

Todos los arquitectos de Belén, los sembradores infantiles de veredas y estrellas, los repartidores de ángeles, los hacedores humildes de ríos de plata y prósperos arados sobre el suelo de serrín, corrieron a la ventana. Y allí, pegadas al cristal todas las caras como una sola alma, dejaron volar su asombro hasta mezclarse con las semillas blancas que la nieve iba poniendo en las miradas para hacer la realidad más pura. 

Coleridge definía la poesía como el resultado de las mejores palabras en el mejor orden. A ese planteamiento parece responder siempre la prosa de Pablo Andrés Escapa, su buen oído y el ritmo armonioso de una frase limpia y natural de tan trabajada, sus metáforas que crean un mundo animado por la mirada emocionada que inserta lo mágico en lo cercano, el prodigio en el entorno cotidiano, la ensoñación en la realidad.  

Entre el encuentro prodigioso de dos pobres ladrones en huida en Nochebuena y la noche luminosa y sostenida del cometa desde Nochebuena a Reyes en el milagro final de unas navidades sin nieve, la escarcha y las ausencias, el fuego y los sueños, los surcos de fulgores abiertos en el cielo por un buey herido y los caminos imprevistos de las estrellas errantes, diez magníficos cuentos navideños reunidos en un volumen que sin duda está entre los libros mejor editados de 2022 y que, en lugar de la fecha de impresión, lleva como colofón un magnífico texto que termina con estas líneas:

Por eso lees, lector crédulo, que no hay tiempo cabal para estas fábulas, ni día seguro de su fin, que juntas salieron de la imprenta un atardecer, a hora en la que a los pasmos de este mundo se les vino a unir el de un lucero que brillaba por negar el calendario y enseñarles a los hombres que no hay alba fija ni ocaso prescrito para soñar.