Cuando los hechos no son los hechos

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Negar los hechos, ocultarlos o manipularlos es la característica principal de las mentiras. Cuando uno miente, busca tergiversar la realidad y, en ese momento, da la impresión de que los hechos no son los hechos. Esto sucede de manera más clara y cínica en la política. Cuando se realiza el análisis ético y epistemológico de la mentira en política, un primer rasgo destacable es lo que se denomina “el carácter contingente de los hechos”.

En la realidad objetiva, todos estamos rodeados por circunstancias azarosas y contingentes que suceden de un momento a otro, sin que medie la voluntad humana porque la llegada de la muerte o un accidente puede ocurrir de improviso. No existe un orden preestablecido de manera racional que gobierne el desenvolvimiento de los hechos. De esta manera, los hechos no son ni positivos ni negativos en sí mismos, tampoco son verdaderos ni falsos porque aquello que llamamos “real” podría suceder independientemente de nuestros esfuerzos por comprender y estar lejos de un control humano absoluto sobre un mundo que se encuentra sometido a constantes cambios.

En la historia política y social, los hechos están fuertemente vinculados a la interpretación de los historiadores. Aunque se requiera la comprobación de una serie de afirmaciones mediante documentos y “testigos” de los hechos, las interpretaciones pueden ser variadas de un historiador a otro y, por supuesto, de un político a otro. Es aquí donde los políticos mentirosos hacen su ingreso oportunista porque se aprovechan de la contingencia mundana para contar una versión fácilmente manipulada y manipulable de la verdad con el objetivo puesto en falsear diferentes hechos.

La política se transforma en una actividad mentirosa que realiza una correlación de fenómenos y circunstancias, las cuales pueden ser utilizadas con fines de poder y para beneficio inmediato de una élite dominante. Es por esta razón que la contingencia de los hechos en manos de algunos líderes políticos se transforma en una ocasión para apelar a la emotividad e inhabilitar nuestras facultades racionales. La contingencia promueve la duda y la incertidumbre de no saber cómo actuar cuando nos sorprende un accidente o un hecho fortuito.

Los políticos, maliciosamente, hacen el esfuerzo de mostrar que los hechos no son los hechos con el propósito de inventar acusaciones o mostrarse como héroes sobre la base de mentiras. En este caso, las ideologías, entendidas como un conjunto de justificaciones de las decisiones y acciones políticas, contribuyen a la difusión de las mentiras, en la medida en que trata de explicar una decisión política y así movilizar a las masas, hilvanando una historia conforme a los objetivos del poder, previamente calculados y diseñados por aquellos que quieren ejercer la dominación, distorsionar la realidad y generar una falsa conciencia. La finalidad última es dañar a los más débiles o someter a la mayoría de los ciudadanos desde las esferas de un gobierno autoritario, totalitario o antidemocrático.

Si cualquier realidad está plagada de hechos contingentes, entonces, dicha realidad está apta para ser tergiversada de varias formas. Esto significa que, si un hecho no es ni falso ni verdadero en su esencia (o inmanencia) es porque ocurre de forma casual y fortuita. Sin embargo, la política y los mentirosos tratarán de controlar el azar según los proyectos y las visiones hegemónicas que surgen en la lucha por la dominación. Por estos motivos, la mentira en la política es una especie de patología inveterada y asumida de manera voluntaria. La voluntad de mentir es la voluntad de poder.

La contingencia de la realidad también hace que se requiera de individuos confiables que den su testimonio de los hechos y cuenten realmente lo que sucedió en diferentes fases o procesos de la historia. Pero es la mentira en política que se impone gracias a las influencias del poder para engañar a los seguidores o a los enemigos, debido a que no se necesita la confianza en los hechos, sino solamente el discurso dominante de los políticos que se manifiesta como una comunicación sistemáticamente distorsionada.

La política siempre hará uso de la mentira para comunicar falsas seguridades, para vender humo e intimidar, hasta lograr transformarse en una élite que aparenta ser la única fuerza capaz de guiar la realidad. Los políticos mentirosos y sus asesores de baja calaña conquistan con propuestas de hábiles embaucadores. Así, solamente quieren distorsionar y ocultar lo verdadero, destruyendo los hechos en la realidad contingente. Lo único fundamental para los mentirosos es prevalecer con sus falsedades y negar la distorsión hasta la muerte. Como la realidad siempre será azarosa, entonces también será fácilmente moldeable según las previsiones de los expertos en el engaño: los politiqueros sin convicción, sin ética y sin identidad personal.

Franco Gamboa Rocabado es sociólogo