José Luis Mollinedo De la Quintana
La fuerza del indio
Uno de los recursos que más utiliza el presidente Rodrigo Paz es recordar que viene de una familia de la «aristocracia» política del país: que su abuelo paterno fue un militar de honor, que su tío abuelo fue presidente, que su padre también ocupó la primera magistratura del país y que su tío Néstor fue un guerrillero heroico.
Sin embargo, esos antecedentes no son ninguna garantía que sirva para avalar su actual gestión presidencial. Las características entre los citados personajes y Rodrigo son abismalmente diferentes.
Víctor Paz en todo momento mantuvo un respeto por los trabajadores y por el campesino. En la primera etapa de su vida política dio tierra a los campesinos. En su tercera presidencia cuidó que el decreto 21060 protegiera la producción y el mercado de los pequeños campesinos, así como la propiedad de sus tierras. Nunca se refirió a ellos en términos despectivos.
Hernán Siles construyó la UDP, que fue el instrumento político que derrotó al ciclo militar e instauró en el país la democracia, apoyado, como él mismo sostenía, en la fuerza del campesinado.
Por su parte, Jaime Paz siempre buscó el contacto directo con los hombres del campo y puso en el tapete el concepto de hacer un reencuentro y una integración con los pueblos (aymaras, quechuas y guaraníes) a los que denominaba la «Bolivia Profunda».
Néstor Paz se hizo miembro del ELN para construir un ejército campesino que hiciera la Revolución Socialista.
El propio neoliberal Gonzalo Sánchez de Lozada se mantuvo en esa lógica y promulgó la Ley de Participación Popular que, con sus luces y sombras, permitió el acceso del campesinado al poder municipal de sus pueblos y comunidades.
Incluso René Barrientos, en su afán de hacer un proyecto político que reemplazara al MNR, buscó la adhesión de sectores campesinos que lo llamaban el «Tata Barrientos».
Pero el tema no acaba ahí. Hoy, aymaras, quechuas y guaraníes tienen la mayoría del control territorial del país. Como ejemplo basta citar las ciudades de El Alto, Quillacollo y Montero, sin olvidar las ciudades intermedias de todo el territorio nacional. A ello hay que sumar su presencia en los barrios populares de las principales capitales de nuestra república.
Si bien es evidente que hay un proceso de mestizaje, eso no quita que los pueblos originarios mantengan sus costumbres y tradiciones. Por el contrario, las conservan y las transmiten de generación en generación.
Pueden haber cambiado sus paradigmas y sus aspiraciones de vida. Hoy los jóvenes aymaras, quechuas y guaraníes tienen acceso y utilizan las herramientas de lo que muchos llaman la «modernidad». Pero jamás perderán su esencia ni su raíz cultural.
El indio siempre estará orgulloso de ser indio. No dejará de ser jamás un productor nato y un comerciante neto. Puede comer de todo, pero en su mesa no faltará el chuño, la tunta, la papa, el charque. En el oriente, el somó, la yuca y el majadito son parte básica de su alimentación. Puede bailar cumbia o salsa, pero no dejará de bailar la kullawada, el tinku, la cueca, la chovena. El indio utiliza internet, pero mantiene su tradición oral. Además, ha creado su propia burguesía, que avanza a pasos gigantescos. El indio ama al Estado para que lo proteja, pero en economía le gusta el libre mercado.
Por ello, resulta una estupidez pretender construir un país al margen de ellos. Peor aún, realizar desde el Estado una política que los margina y los llama «vándalos» y destructores.
Algún politólogo de poca monta y de clichés políticos sostiene que la actual protesta campesina no tiene demandas ni rumbo, porque no tiene un pliego de peticiones. Eso es ver el árbol y no el bosque. La petición es muy simple: «Rodrigo, no hay Bolivia ni democracia sin nosotros; quien nos ignora no entiende el país. Queremos ser tomados en cuenta». Otros hablan de que se atenta contra el «ciudadano», como si los indios fueran extraterrestres.
Los métodos de lucha son los que siempre han utilizado los movimientos populares para conseguir sus objetivos. ¿Acaso no fue con movilizaciones, bloqueos y marchas que se reconquistó la democracia? Se dirá que este es un gobierno democrático y que hay que usar el diálogo. Pero es un gobierno que, para llegar al poder, prometió gobernar para los pobres y los movimientos sociales; ya en el poder, eligió otro camino (con todo su derecho). Entonces, es coherente que los aymaras, quechuas y guaraníes le pidan cuentas.
Se condena la violencia como si la sociedad boliviana fuera una sociedad estructurada en los cánones de la «modernidad» liberal. La violencia es parte inevitable de la política en cualquier país del mundo, llámese China o Estados Unidos.
La violencia y la informalidad
Bolivia es una sociedad con una actividad económica informal por encima del 80%. Por lo tanto, como la superestructura política, jurídica y cultural es el reflejo de la estructura económica, tenemos, desde un sistema político hasta un sistema jurídico, más debilidades que fortalezas. Por ello, acciones como el transfuguismo político, la corrupción en el aparato del Estado, la coima y la prebenda dentro del poder judicial ocasionan la precariedad de una sociedad donde, ante la falta de institucionalidad, la violencia cobra carta de ciudadanía y se vuelve el mejor modo de presión para conseguir objetivos particulares y sectoriales.
Esta es una violencia preventiva, que se usa como preámbulo para sentarse en una mesa de negociación y que sirve para demostrar fuerza antes de dialogar y llegar a acuerdos. Esa violencia la practican los sectores sociales cuando, por ejemplo, bloquean caminos, pero también la practica el Estado cuando reprime manifestaciones.
Pero hay una violencia más peligrosa: aquella que, por la debilidad del Estado y por la informalidad de nuestra sociedad, se convierte en la única forma de resolver los problemas. Cuando ese tipo de violencia se impone como mecanismo de resolución de conflictos, es porque las contradicciones internas de una sociedad se han agudizado, generando un escenario donde la solución a los conflictos encuentra derroteros imprevisibles.
Cuando crees que todo lo puedes
En política, cuando no eres hegemónico tienes que entender que, para viabilizar un proyecto, necesitas políticas de alianzas que den sostenibilidad, gobernabilidad y certidumbre. Así lo entendieron en el pasado Víctor Paz, Hugo Banzer y Jaime Paz.
Empero, Rodrigo no comprende tal fenómeno. Considera que la votación que logró en la segunda vuelta es de su propiedad, cuando hasta un adolescente de 13 años sabe que Rodrigo venció a Tuto en primera instancia con los votos de Lara y, en segundo término, con los votos que le dio el evismo. Si en los últimos tiempos algún presidente llegó al poder con votos prestados, es Rodrigo Paz.
Por ello, resulta irónico que el presidente no haya generado una alianza política consistente, cosa que en algún momento pudo armar con suficiencia y que hoy le es esquiva, porque su gestión estatal tiene, a los siete meses, un desgaste impresionante.
Se sostiene que el presidente Paz Pereira no quiere un acuerdo de fondo con Tuto y Samuel porque sus encuestas señalan que la población no quiere un gobierno de mega coaliciones. Este es un hecho muy discutible. Consideramos que la razón de fondo es la influencia de Cedimedo, que abiertamente quiere repetir en Bolivia el esquema argentino por el cual Milei dejó fuera de un acuerdo político a Macri. Pero la realidad del país es distinta a la de Argentina. A veces, seguir consejos de supuestos «gurús» de la política te saca del contexto real.
Se dirá también que Rodrigo no se alió con Samuel y Tuto por tener llegada a los movimientos populares, cosa que hasta la fecha no se ha dado, teniendo un gobierno que vive presionado.
Hace días, Carlos Valverde denunció que Agustín Zambrana, vicepresidente del comité cívico cruceño, había hecho llegar al presidente un pliego de exigencias regionales: «Tú quieres que el occidente, y sobre todo los paceños, marchen sobre Santa Cruz. Los paceños son bravos y no tendrán reparo en venir a Santa Cruz. Ahí quiero verte, si no te metes debajo de tu cama. Yo, por mi parte, defenderé a mi región. Por ello, antes de hablar y proponer cosas que nos lleven a la confrontación, lo mejor es pensar». Ese fue el mensaje de Valverde al vicepresidente del comité cívico cruceño, que sigue la lógica de presionar sobre un gobierno central al que consideran débil.

Aguante Rodrigo, o aguantar a Rodrigo
Muchos politólogos y analistas le piden al presidente Paz Pereira que aguante la presión que sobre su gobierno ejercen los denominados grupos «corporativos».
En una falsa dicotomía y una lectura inadecuada de la política, se pretende dividir la realidad nacional entre «buenos» y «malos»: los «buenos» son los que se adscriben a la democracia formal de «valores» liberales, y los «malos» son los que plantean una democracia distinta, con tintes hegemónicos. Una de las características de la izquierda nacional es tener cabeza propia para pensar, realizando el análisis político con autonomía y en base al conocimiento de nuestra historia.
Quienes hoy le piden al presidente Paz Pereira que aguante, que desprecie y enfrente a los movimientos sociales bajo el argumento de que son evistas, «vandálicos», fieles al hegemonismo político y financiados por el narcotráfico, lo único que hacen es ampliar la gran división que ya se ha generado en el país, fruto, básicamente, de las desatinadas actuaciones del gobierno.
No es necesario repetir ni recordar los errores que uno tras otro viene cometiendo el gobierno de Paz Pereira, errores que han desgastado la imagen presidencial incluso en quienes lo votaron en la última elección. Que sobre ese escenario, desde distintas tiendas y sectores políticos, se desaten estrategias para deslegitimar y acortar el periodo presidencial es normal, ya que la política es la lucha por el poder.
Por ello, en vez de pedirle a Rodrigo Paz que aguante, hay que pedirle que defina una ruta crítica y una visión de Estado. En la medida en que el actual gobierno no enfrente los problemas centrales en el campo de la economía y del pacto social, su gestión será la de un gobierno intrascendente, que no marcará el principio de un nuevo ciclo y que, a lo sumo, será un gobierno puente hacia el retorno del populismo o hacia una salida inédita.

La democracia y los «vándalos»
Uno de los requerimientos básicos para desarrollar estrategias y políticas adecuadas es comprender la realidad en que se vive, tener una acertada caracterización de la formación económico-social en la que uno se desenvuelve, para convertir las debilidades en fortalezas.
Sin embargo, si bien el ser humano ve el mundo desde el lugar que ocupa en la sociedad donde habita, es requisito del dirigente o analista político tener la suficiente objetividad al diagnosticar y formular políticas. En otras palabras, hacer que la visión que se sustenta entienda a la sociedad, y no pretender que la sociedad se acomode a ella. Y esto sucede cuando tocamos el tema de la democracia y pretendemos que todos tengan una visión de la democracia dentro de los parámetros liberales. En nuestra realidad boliviana, eso no sucede.
Los movimientos sociales y corporativos de base sindical, que son la principal fuerza del país por su expansión geográfica, su incidencia económica y su contenido nacional-popular e indígena, se identifican con una democracia hegemónica, sin pesos ni contrapesos. Ese fenómeno es coherente con el desarrollo histórico: solo con la fuerza de la hegemonía, lo nacional-popular e indígena logra imponer sus aspiraciones.
Los dos procesos de más profundas transformaciones en el país, la Revolución Nacional de 1952 y el llamado Proceso de Cambio, solo lograron cumplir sus objetivos, aun cuando fuera parcialmente, con hegemonía política muy cercana al unipartidismo. Es imposible pensar en los logros del 9 de abril si el MNR hubiera tenido que consensuar medidas como la reforma agraria con los terratenientes. Como es difícil imaginar que el masismo hubiera vuelto a una política estatista sin la hegemonía que tuvo Evo Morales.
Por eso, no hay que rasgarse las vestiduras contra las formas políticas que practican los «movimientos corporativos», porque es el camino que transitaron para ganar y tomar Palacio. Es su modo de entender la democracia, se esté o no de acuerdo. Se puede enfrentarla, buscar derrotarla, pero no subestimarla: será una realidad con la que hay que convivir, encontrando puntos de convergencia, haciendo una democracia a la boliviana donde ambas visiones encuentren un solo derrotero, cosa muy difícil.
Por ello, es una estupidez no reconocer la fuerza de lo corporativo como parte central de la sociedad boliviana, recurriendo al absurdo concepto de llamarlos «vándalos». Esta visión, cargada de racismo, lo único que hace es generar un racismo de retorno que ahonda la división del país, ampliando la perspectiva del camino de la violencia como único medio para resolver nuestras contradicciones internas como sociedad. Y el primer requisito para evitarlo es admitir que no hay país sin la presencia protagónica de los «indios». Por ello, hablar de los «ciudadanos» como fórmula mágica es solo elucubración sociológica que no tiene nada que ver con la política real.
Del Estado de excepción a quedarse en el estado
Muchos han criticado, a su juicio, una reacción tardía del presidente Paz al dictar, después de 50 días de bloqueos y conflictos, el decreto de Estado de Excepción. Consideramos que ello se debió a fallas de origen y de gestión del actual presidente.
A) Falla de origen
La falla de origen está en su falta de visión y de valoración del tema nacional-popular e indígena, que le hace pensar que el occidente es complementario, por no decir contrario, a su concepción de «modernidad», basada en una política económica que, en estos meses de gestión, ha beneficiado abiertamente a sectores empresariales cruceños, condenando a La Paz a un aislamiento dramático.
Dirá el gobierno que eso es culpa de los bloqueadores y «evistas», pero esa es solo una parte de la verdad. La otra es la inoperancia de un gobierno que parece moverse en la lógica de Siles Zuazo en la época de la UDP, que sostenía que los problemas se resuelven en gran porcentaje por su propia dinámica, mientras que la otra mitad siempre está latente.
Lo evidente es que la conducta gubernamental, en estos días de bloqueos y paros, le ha hecho perder gran parte de su apoyo en el departamento de La Paz, porque se ha destrozado su economía, se han cerrado fuentes de trabajo y se ha encarecido el costo de vida, al extremo de que, si hoy hubiera un revocatorio a su mandato, lo perdería, teniendo incluso el rechazo de sectores medios que votaron por su candidatura. Si a ello se suma la ruptura que tiene Rodrigo con los sectores populares, se muestra el rostro de un gobierno en permanente fragilidad, víctima de presiones y desaciertos.
El ejemplo más claro es su acuerdo con los cooperativistas mineros. Si Paz Pereira fuera coherente, no debería firmar un acuerdo con el más «vandálico» de los sectores, uno que no solo explota el oro de manera irracional y lo saca del país de contrabando, sino que depreda y destruye la naturaleza y el medioambiente. Rodrigo lo hace porque sabe que una movilización de los mineros cooperativistas haría tambalear a su gobierno a puro dinamitazo.
B) Falla de gestión
Pero lo más dramático del actual gobierno son sus fallas de gestión gubernamental. Se dirá que es muy poco tiempo para evaluarla, pero los síntomas son alarmantes. En los siete meses que lleva en el poder, los problemas centrales del país no muestran signos de mejorar. Citemos algunos:
1. Tema corrupción
La corrupción sigue campeando. Los efectos dejados por la gasolina basura han tenido un impacto muy fuerte en la población que, con gran sacrificio, tiene, después de años de trabajo, su movilidad, y vio los daños que sufrió. En este caso no importan las explicaciones que dio el gobierno, que fueron muy incoherentes, porque en el imaginario colectivo ya se instaló que la causa de tal situación es la corrupción de los organismos estatales encargados de proveer al país de combustible.
2. El tema narcotráfico
La política antinarcotráfico, que parecía tener un efecto positivo con la captura de Marset, resultó ser un bumerán, donde la corrupción volvió a aparecer. Los esfuerzos explicativos del ministro Oviedo cayeron en saco roto, cuando la percepción ciudadana ve que el narcotráfico, en vez de disminuir, se incrementa cada día más.
3. El tema del círculo de poder
Para nadie es secreto que Rodrigo no tiene estructura partidaria, que no puede ni quiere crearla. Prefiere gobernar con personas de su entera confianza antes que ponderar la meritocracia y la eficacia. El ejemplo más nítido es el del ministro de Obras Públicas, Mauricio Zamora, que al solo oírlo hablar no deja la mínima duda de que el hombre está en el lugar equivocado. No es malo gobernar con parientes, amigos o viejas lealtades; lo malo es que cumplan roles para los cuales no están calificados.
4. El tema de la credibilidad
La credibilidad del discurso presidencial se está poniendo en duda respecto a las promesas y acciones de Paz Pereira. La sociedad le dio un gesto de confianza al permitirle el incremento en el precio de los hidrocarburos, pero, pese a ello, la escasez de gasolina y diésel persiste. Entonces, el argumento de que es obra de los «vándalos», que en su momento tuvo su efecto y razón de ser, se desmorona ante la creciente percepción de que el gobierno tiene la obligación de resolver tal situación y dejar de lado los lamentos. La política del retrovisor, de echar la culpa de todo al pasado, está llegando a su fin. Ya se esperan resultados, por mínimos que sean, sobre todo en el tema económico.

Pie de foto: Se subió el precio de los hidrocarburos, pero igual siguen las colas.
El «fantasma» de Evo
Con frecuencia se oye decir a actores políticos, analistas y politólogos que Evo no existe, que está derrotado, que ya su convocatoria es mínima. Si estas hipótesis fueran verdad, ¿por qué entonces la política boliviana sigue girando en torno al caudillo indígena? Rodrigo lo tiene como su adversario principal, mientras que su ministro de Gobierno anuncia que en cualquier momento se ingresará al Chapare a capturarlo. Tuto sostiene que si él fuera presidente, Evo ya estaría preso. Hasta Dunn se dio el lujo de decir que, si era electo, agarraba a Evo en menos de lo que canta un gallo.
Doria, componente del actual esquema de gobierno, culpa al ministro Oviedo de no tener el valor de entrar al Chapare tras Evo. Evidentemente, no hay que ser muy inteligente para notar que lo que quiere Doria es sacar del Ministerio de Gobierno a Oviedo, para lograr que ascienda a tal función Hernán Paredes, hombre de su confianza, y así ampliar su influencia dentro del actual gobierno. Además, lo que ha hecho Doria es devolverle gentilezas a Oviedo, que lo acusó de ser un aliado que incomoda en vez de ayudar.
Toda esta furia antievista no hace más que confirmar la vigencia política de Morales, pese a su confinamiento en Lauca Ñ. Sin lugar a dudas, si Evo participa de una elección, puede demostrar que tiene más votación que muchos de sus contrincantes. Por eso, la parafernalia antievista.
El Chapare, el narcotráfico y Evo Morales
Todos acusan a Evo de estar vinculado al narcotráfico y al terrorismo, pero lo hacen, por el momento, sin pruebas contundentes. Parece ser, más bien, una fuerte deducción política y una suposición policial fruto de la realidad chapareña. Que en el Chapare se produce droga y hay presencia de carteles del narcotráfico no hay duda, pero de ahí a decir que Evo y todos los habitantes del Chapare son narcos es algo que hasta la fecha no se ha comprobado fehacientemente.
No hay sobre Evo ninguna orden de extradición. Ni los norteamericanos lo han puesto en la lista de extraditables. Tampoco han puesto precio a su cabeza, como lo hicieron con Maduro o con el Chapo Guzmán. Que la DEA está acumulando pruebas puede ser, pero es un discurso que venimos oyendo hace muchos años, y al final no pasa nada. Unos aseguran que es porque Evo cuidó mucho de que no se vinculara su nombre al negocio del tráfico ilícito de drogas; mientras tanto, no faltan quienes aseguran que los americanos ven en el jefe chapareño a su mejor aliado para el control y regulación de dicha actividad ilícita. Sea por lo que fuere, lo evidente es que al gobierno de Estados Unidos y a la DEA no les interesa la vinculación del «jefazo» a la producción y comercio de la cocaína. Cuando se les pregunta, dan la respuesta clásica: «Evo es boliviano, entonces es problema de los bolivianos». Mientras tanto, el Chapare se volvió un fortín de los cocaleros, con sus propias reglas.
Hay quienes, con poca formación política e histórica, creen que basta con aplicar un decreto o una ley e ingresar militarmente a dicha región cochabambina, sin prever las consecuencias que se pueden producir. Veamos algunas:
A. Un ingreso tendrá un inevitable derramamiento de sangre. Y por más que se haga en nombre de la Constitución y se tenga un costo mínimo de víctimas, las autoridades que lo hagan tendrán que encarar juicios y podrán acabar en la cárcel o huir del país, tal cual ocurrió con Jeanine Áñez y Gonzalo Sánchez de Lozada, simplemente porque dentro del Estado Plurinacional se puede matar «k’aras», pero no «indios».
B. Sin lugar a dudas, una intervención militar en el Chapare producirá una reacción indígena en todo el país que nos puede poner en un cuadro de guerra civil de baja intensidad, debido a que se entenderá simbólicamente como una agresión al campesinado.
C. El efecto económico que ocasionaría tal medida sería mayor al producido por el bloqueo, debido a dos factores: 1. La fuga de capitales que realizan sectores empresariales, sobre todo los vinculados a la agroindustria y a la construcción. 2. El dinero que va directamente del Chapare a la actividad informal, básicamente al contrabando, actividad que genera un fuerte comercio y empleos eventuales.
D. Otro elemento es la posibilidad de que Evo use tal recurso como estrategia de victimización, sobre todo en el extranjero, donde todavía mantiene la figura de haber sido el primer indígena presidente, lo que puede ocasionar una cadena de solidaridad con su figura.
Implantar autoridad y despejar dudas
Sin embargo, pese a este panorama adverso, Paz Pereira tiene la urgencia política de actuar sobre el Chapare por las siguientes causas:
A) Tiene que demostrar que es un presidente con control geográfico del país, e implantar la presencia del Estado a lo largo y ancho, extirpando bolsones y territorios donde no solo su autoridad es cuestionada, sino que la propia presencia del Estado está en entredicho.
B) Tiene que despejar definitivamente la imagen de que su gobierno está manchado con el virus de la protección al narcotráfico. Es la única manera de acabar con el impacto del tema de las «maletas» y los «relojes» de Marset, pero sobre todo con el incremento de la producción de cocaína que sale del país, en partidas de 100 toneladas, a vista y paciencia de las autoridades nacionales encargadas de reprimirla y capturarla.
Obviamente no es tarea fácil; para muchos es imposible de realizar, porque el país, en su base estructural, ya es un narcoestado. Pero el presidente está en la obligación de realizar tal tarea, asumiendo los riesgos. Que para ello necesite la participación de una fuerza militar extranjera es un tema a discutir. Lo evidente es que, si Rodrigo no cumple ese cometido, su discurso de iniciar un nuevo ciclo político es solo papel.
Si se quiere «matar» políticamente a Evo y al evismo, hay dos caminos: vencerlo y derrotarlo definitiva y contundentemente en las urnas, o hacerlo con una acción militar de proporciones. Lo primero no se ha dado hasta ahora, y lo segundo es impracticable sin graves consecuencias.

De enemigos internos
Quienes afirman que Evo ya no gravita en política viven una ilusión óptica y una ceguera mental. Un solo hecho desbarata tal argumento: si Evo no tuviera importancia en política, no habría sido el actor que definió la presidencia en la última elección presidencial, al ordenar a su voto duro elegir a Rodrigo Paz para cerrarle el paso a Tuto Quiroga. Sin los votos del evismo, era muy difícil que el hijo de Jaime Paz llegara al poder.
Evo no está muerto, está en el Chapare
Pero Rodrigo Paz no solo tiene al frente al evismo y a los movimientos sociales; también tiene como rivales a los políticos adscritos al neoliberalismo.
1. Tuto Quiroga: la espada de Damocles
El expresidente Quiroga es un abierto rival y opositor al actual régimen. Su lectura es que este es un gobierno sin estrategia ni ruta crítica. Ha salido del tutismo la línea que expresa que el actual gobierno es de transición, que no acabará su periodo, y que, por ello, la necesidad de revocar su mandato es la única manera de salvar y reencauzar la economía y el sistema democrático. Por ello, se activa la urgencia y la necesidad de impulsar la revocatoria al mandato presidencial dentro de los marcos de las reglas institucionales.
La propuesta de Tuto tuvo más efecto del que se imaginaba, logrando que importantes sectores de las clases medias urbanas se identifiquen con tal demanda. Se logró así el parcial posicionamiento de que este es un gobierno de transición, que no puede resolver los temas nodales de nuestra sociedad. Tal visión puede ir creciendo.
En segundo término, Quiroga quiere tener una contienda electoral con Evo o con el evismo, no solo porque cree que es el camino para definir el futuro del país, sino porque considera, con gran sentido de oportunidad, que este es su momento para vencer al populismo en las urnas y volverse un actor fundacional de la política boliviana. Por otro lado, sabe que en 2030 ya habrá pasado los 70 años y que su relación con los nuevos votantes será escasa, ya que no ven en él un nuevo paradigma político. Sabe, también, que si Rodrigo llega al final de su mandato, nada le impedirá buscar su reelección (cosa totalmente legítima), y que tal fenómeno puede mermar sus aspiraciones presidenciales. Entonces, cuanto antes haya un adelanto de elecciones, mucho mejor.
Por ello, Quiroga es la espada de Damocles sobre la cabeza de Rodrigo. Dudamos mucho que le interese entrar al actual esquema de poder.

Samuel Doria Medina: camino a la ruptura
Todos saben que Doria es parte del gobierno, e incluso tiene presencia en el gabinete. Pero la idea central del jefe de Unidad Nacional era realizar una coalición sólida, donde ingresaran otras agrupaciones de perfil neoliberal, y hacer un gobierno tipo Acuerdo Patriótico. Se dio cuenta de que eso no está en los planes del actual presidente, que prefiere acuerdos coyunturales y por temas.
En ese escenario, Doria considera que está asumiendo un riesgo muy grande, ya que estaría ligando su futuro político al destino que tenga el gobierno de Paz Pereira. Considera, al igual que Tuto, que este es un gobierno de transición, y por ello decide tomar distancia.
Samuel ha anunciado alejarse del gobierno porque, en su análisis, la corrupción tiene carta de ciudadanía en la gestión gubernamental. Otro tema que causa molestia en Doria son los anuncios del ministro de Gobierno de que va a ingresar al Chapare, capturar a Evo y acabar con el narcotráfico; los considera solo discursivos y distractivos, carentes de una adecuada estrategia en la lucha contra el narcotráfico. Samuel ha insistido en la necesidad de un reajuste ministerial, pedido que no es escuchado ni atendido por Rodrigo. Por todo ello, decide dar un paso al costado.
Tácticamente, viaja a Estados Unidos, esperando una reacción del presidente. Pero lo más seguro es que, a su retorno, confirme su alejamiento del gobierno, lo que podría ser el comienzo de un eje opositor compuesto por Quiroga y Doria Medina.
Manfred: el duro soy yo
Aun cuando la influencia de Manfred en la política es menor que antes, quiere mostrarse, por su pasado militar, como el único capaz de entrar al Chapare, ejercer violencia y atrapar a Evo. Lo hace para marcar distancia de Rodrigo y para ocupar un espacio nítido en la derecha antievista. Veremos si le rinde políticamente.
Los cruceños: en busca de un liderazgo político propio
Es innegable que, por su expansión demográfica, Santa Cruz tiene una creciente importancia electoral. Por ello, muchos líderes políticos apuntan a buscar el respaldo electoral de la capital cruceña.
Sin embargo, dentro de la misma región hay una interesante pugna. Se ha convertido en una demanda de los cruceños proyectar un candidato a la presidencia oriundo del lugar que, aun cuando no gane la próxima elección, se instale como un líder de proyección nacional, situación que Santa Cruz no tiene desde la figura del extinto general Banzer. Veamos a los aspirantes.
El desplome de Camacho
Hace dos años, muy pocos dudaban de que Camacho se proyectaba como el líder cruceño con mayor alcance nacional. Hoy Camacho vive en permanente desgaste. Su gestión como gobernador deja mucho que desear, recibiendo críticas por ineficiencia y corrupción. Su alianza con el actual gobierno no lo ha beneficiado en nada; incluso no tiene el control de los parlamentarios que llevó al Congreso. Su caída parece imparable.
Branco, fuera de escena
Branco, después de su papelón en la última contienda electoral, no tiene ninguna perspectiva de ser el líder regional cruceño con proyección nacional. Empero, su poderío económico le permite seguir teniendo influencia en los grupos de poder de la región oriental.
JP: muchos megaproyectos, poca gestión
Los que quedan en la contienda son, primero, el actual gobernador JP, que ya en el cargo ofrece proyectos irracionales y multimillonarios en una gobernación en quiebra. Paralelamente, busca tomar distancia de Tuto Quiroga y acercarse a los sectores populares. Es muy difícil que su gestión sea exitosa, porque se ve claramente que no tiene ruta crítica y que se basa en lo que consiga del centralismo al que tanto ataca.
Mamen Saavedra
Mamen juega a tener éxito en su gestión de alcaldesa, haciendo cosas prácticas y resolviendo problemas urgentes. Reivindica su ascendencia colla.
Los Justiniano
En el gabinete de Rodrigo hay dos ministros que llevan el apellido Justiniano. Ambos son cruceños y están tras lograr el liderazgo de su región como plataforma para buscar un liderazgo nacional.
Ernesto Justiniano Urenda
El primero es el actual ministro de Defensa, convertido en punto de referencia porque tiene incidencia en la coyuntura política. Está ubicado en el núcleo central de Rodrigo Paz. Postula un discurso abiertamente antipopulista y antievista. Junto con Oviedo, encabezó la arremetida contra los bloqueadores «vándalos». Busca encarnar la imagen de duro y ser visualizado como la expresión del hombre que defiende el libre mercado y como un luchador histórico contra la producción de cocaína. En algún momento de su carrera política se lo denominó el «zar antidroga», hecho que le permite tener aproximación política con los norteamericanos.
Óscar Mario Justiniano Pinto
El actual ministro de Desarrollo Productivo y Tierras también es aspirante al liderazgo cruceño como trampolín para tener una presencia nacional. Viene del sector agroindustrial de Santa Cruz. Fue presidente de la CAO (Cámara Agropecuaria del Oriente) y máximo dirigente de la empresa privada de Santa Cruz. Proviene de una familia tradicional con recursos económicos.
Dentro del propio gobierno, se muestra ante sus colegas ministros y el entorno rodriguista con su poder económico: usa su avión propio y tiene su propio equipo de seguridad, a veces mayor que el del presidente. Queda claro que su paso por el gobierno busca proyectar su figura como la opción cruceña electoral de 2030. Empero, falta saber si su conducta le permitirá tener la porosidad social para atraer votos y ser candidato.
Lo cierto es que Mario Justiniano está en carrera. Evidentemente, en Santa Cruz se requiere la bendición de las logias para avanzar, y, por la información que tenemos, la figura del ministro Justiniano va ganando terreno al interior de ellas.

Mario Cronenbold
Pero el campo populista también tiene en la figura de Mario Cronenbold a un aspirante al liderazgo regional. Cronenbold es, nítidamente, la mayor referencia populista en la región oriental, que ha demostrado fuerza propia y ha mantenido su lealtad a Evo Morales. Pero sus posibilidades futuras están ligadas al crecimiento que tenga el populismo en Santa Cruz. Empero, Cronenbold tiene un respaldo electoral interesante y valioso, que lo convierte en protagonista de la política regional cruceña.
Polarización cruceña
Sin embargo, Santa Cruz es la región donde se refleja con más contundencia la polarización del país, y, al no tener todavía un líder cruceño de alcance nacional, gravita con fuerza la presencia de figuras políticas que ya tienen imagen nacional. Las más importantes son, de un lado, Tuto Quiroga, como expresión del neoliberalismo, y, del otro, Evo Morales, como la carta de la simbología indígena y popular. Lo que no quiere decir que otros líderes políticos no tengan su espacio: Doria Medina tiene su pequeño nicho político.
El presidente Paz Pereira, que ha volcado su gestión en favor de los grupos de poder cruceños, ha ganado una fuerte presencia, pero que depende más de lo que haga su gestión por Santa Cruz que de una adhesión estructural. Los cruceños apoyarán a Rodrigo en la medida en que les sirva; cuando vean que no responde a sus inquietudes, no tendrán ningún empacho en desmarcarse de él.
Por último, un fenómeno interesante es la presencia de la mujer cruceña en la política, con protagonistas interesantes, pero eso lo analizaremos en un trabajo específico.
El vicepresidente Lara: la sucesión constitucional
Quienes están en la línea de revocar el mandato presidencial saben que, por constitución, quien debe asumir la presidencia es Lara. Pero en la actual coyuntura, tal posibilidad solo es posible con un acuerdo con partidos de oposición, donde Lara se comprometa a llamar, a la brevedad posible, a un plebiscito nacional.
Por ello, Lara ha cambiado de conducta. Pese a mantener sus críticas al presidente de la república, quiere ser, desde el parlamento, quien viabilice la institucionalidad democrática, tanto en la designación de autoridades de las principales empresas del Estado como en el poder judicial y en el poder electoral, para mostrarle al presidente que puede ser un factor necesario para la actual gestión gubernamental.
No hay que menospreciar a Lara. En política no hay muertos; en la vida política del país hemos visto cadáveres que reviven. Si el capitán actúa con iniciativa y madurez, manteniendo su porosidad social y convocatoria en los sectores corporativos, y buscando ubicarse en el centro político, puede jugar un papel interesante.
Las fuerzas armadas: recobrar su rol de factor de poder
Juan Domingo Perón decía: «Si los militares no se meten en política, la política se mete en ellos». Con este contundente concepto, el caudillo argentino definía el rol de las Fuerzas Armadas en países dependientes.
En esa línea de acción, durante el llamado «Proceso de Cambio» se tomaron algunas medidas en relación con las Fuerzas Armadas. Bajo la batuta de Juan Ramón Quintana y Álvaro García se alentó y permitió el ingreso de compatriotas de origen campesino a los diferentes institutos; hoy ya se pueden encontrar oficiales que llevan apellidos como Mamani, Quispe, Quenta, etc. Por otro lado, se comprimió el poder de fuego de la institución militar, al no renovar su armamento y evitar la compra de municiones.
Empero, de modo paralelo, el ciclo masista mantuvo y aumentó los privilegios que los militares tienen en la actualidad en comparación con otros sectores de la sociedad: reciben su jubilación sobre el 100% de su salario, tienen buen seguro médico y recogen, cada cierto tiempo, una dotación de arroz, azúcar y otros alimentos. A los comandantes de pequeñas y grandes unidades se les asigna, por debajo, un bono económico. Ese es el fondo, la raíz, del apoyo militar al sistema democrático. Como dice el refrán popular: «es el amor al chicharrón, no al chancho».
Pero los militares no son tontos: saben que, mientras poseen armas y algo de munición, son un factor de poder y no de presión. Pueden aparentar una subordinación al poder civil, pero no van a reprimir ni a meter bala a la gente para sostener a un gobierno civil y quedar expuestos a ser juzgados por la vía ordinaria. Si los militares actúan, será para su propio protagonismo. Mientras tanto, amparados en el concepto de Mao de que el poder nace del fusil, estarán agazapados.
Otro elemento es la composición social de los soldados: en su mayoría son aymaras y quechuas, lo que pone en duda que puedan disparar contra campesinos que no solo son de su misma etnia, sino que pueden ser miembros de su misma comunidad. Por ello, cuando el actual gobierno cree que los militares tienen identidad con sus objetivos y metas, está equivocado. Los militares solo se jugarán a fondo por ellos mismos. Como decía Lechín: «las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse sobre ellas».

Rodrigo Paz: entre el referéndum revocatorio y la concentración del poder
La acción política de Rodrigo Paz, respecto al tema del poder, se mueve dentro de los dos parámetros que siempre ha sostenido Óscar Eid. El histórico dirigente mirista ha sustentado que: 1. Del poder no te vas, te botan. 2. El poder no se distribuye, se concentra. Estos dos conceptos son seguidos con fidelidad por Paz Pereira.
Está claro que el actual presidente, pese a que afirma lo contrario, tiene la intención de quedarse en el poder el mayor tiempo posible. El propio Cerimedo se encarga de predicar a voz en cuello que se requiere un mínimo de diez años de gestión para que un proyecto rinda sus frutos.
En esa línea, el actual régimen considera que la captura de Evo Morales producirá no solo el control territorial del Chapare, sino la eliminación de su principal rival, al margen de que lo acercará a los norteamericanos. Paralelamente, ha resuelto controlar el sistema político del país para arrinconar a sus demás competidores, practicando el viejo y permanente recurso de la política boliviana, que no es otro que el de la prebenda y los beneficios que proporciona el poder, mucho más cuando no hay un sistema de partidos políticos consolidado.
Rodrigo entendió, de entrada, que no podía gobernar si no tenía el control del primer poder del Estado, que es el parlamento. Empero, no lo hace a través de la hegemonía política, como lo hizo el MAS, ni tampoco a través de acuerdos políticos entre partidos, como lo hizo el ciclo de la llamada «democracia pactada». Rodrigo Paz logra el control del parlamento a partir de penetrar y dividir las bancadas de los otros actores. Como ejemplo, basta citar que un gran porcentaje de diputados y senadores pertenecientes a Libre y a Unidad Nacional responden hoy directamente al actual esquema de poder.
Obviamente, eso no es gratis ni por convicción ideológica, sino por el logro de beneficios personales, que van desde espacios de poder hasta «bonos de apoyo» económico. Es un fenómeno institucionalizado en la conducta de los llamados «padres de la patria». Evidentemente, los recursos salen del Estado, porque la práctica de gastos reservados sigue vigente.
Pero lo que el gobierno hace con el parlamento intenta hacerlo también con los movimientos sociales y los demás poderes del Estado. Ahí va a encontrar fuertes escollos, sobre todo en lo que respecta al poder judicial, donde, sin ser el sistema judicial del Perú, se fortalece la línea de mantener una posición independiente del Poder Ejecutivo. Por ello, será muy difícil que el gobierno logre, mediante una ley, la designación transitoria de los miembros que faltan del TCP. Todo parece encaminarse a que dicha designación se haga vía elección directa.
Queda muy claro que la oposición al actual gobierno, en todos sus matices, ha percibido las intenciones del actual presidente y ha resuelto ponerle una fecha de expiración a su gestión. El mecanismo no es otro que la realización de un referéndum revocatorio, dentro de los marcos que señala la Carta Magna.
A las críticas permanentes a su gestión, sobre todo en la parte económica, la oposición está instalando en la sociedad la idea central de que Rodrigo es transitorio y de que difícilmente acabará su periodo, porque el referéndum lo sacará de Palacio. La estrategia tiene sus complicaciones procedimentales, pero está en marcha. Los pilares del discurso opositor son tres: 1) mal manejo económico; 2) ampliación de la corrupción; 3) crecimiento vertiginoso del narcotráfico. Pero en el fondo, lo que se busca es impedir que Paz Pereira logre ser hegemónico, ya que, según los rivales del actual régimen, los hegemonismos son el mayor daño al desarrollo del sistema político y democrático del país. En este contexto, el gobierno se desenvuelve sin pactos ni acuerdos políticos de largo alcance.
Judicializar la política
Pero el gobierno responde lanzando la justicia sobre sus adversarios. Una vez, un alto dirigente político me dijo: «Si estás en el poder, ya no necesitas hoy tener organismos de represión y tortura; basta con que controles el poder judicial y tienes a tus enemigos políticos yendo de la fiscalía a transitar de juzgado en juzgado. Puedes someterlos a medidas cautelares y meterlos presos por un tiempo, si te viene en gana».
Evidentemente, esta es una realidad comprobada, que empezó con el tema de los «narcovínculos» y continuó con temas específicos para cada gobierno. La justicia, por diferentes temáticas, ya ha sancionado al mundo político: desde la prisión de Óscar Eid, los jefes políticos han ido cayendo en manos de la justicia. Entró a la cárcel Jeanine Áñez, está en la cárcel el expresidente Arce, Goni no puede volver al país, Sánchez Berzaín es un prófugo de la justicia, Evo está confinado en el Chapare. Todo ello sin contar a exministros y ex autoridades que tienen procesos judiciales.
Hoy Rodrigo sigue la receta y va a enjuiciar a dirigentes de los llamados «movimientos sociales». Seguramente, considerando que con eso destruirá la fuerza de lo corporativo, puede tener una victoria coyuntural, pero lo corporativo se rearticulará en cualquier momento, porque, como lo expliqué antes, está en la matriz de nuestra sociedad.
Pero lo irónico va a ser que, cuando Rodrigo deje el poder, también será víctima de persecución jurídica. Ya está claro que el tema de la gasolina basura y otros temas serán el arma para perseguirlo, con o sin razón. Lo que sucede es que estamos entrando en la dinámica peruana de convertir el paso por la presidencia en el túnel que lleva a la cárcel. Y esto es porque la política se ha judicializado. Es un tema que merece un profundo análisis y una seria reflexión.

Como siempre, la economía es la madre del cordero
Indudablemente, la vigencia y la perspectiva de un gobierno se miden por sus logros económicos, no solo en el campo macroeconómico, sino en la relación micro que tiene la economía con el hombre de a pie. Y para el hombre común nada ha cambiado; solo se han incrementado las colas por la gasolina y el diésel.
Se afirma que el presidente ha conseguido créditos y que la economía se recupera, e incluso que pretende trabajar directamente con municipios y gobernaciones para destinar los créditos directamente a la sociedad civil.
Empero, el problema del gobierno viene el 2027, cuando se tenga que importar diésel, gasolina e incluso GLP para el consumo familiar. Sin gas, se corre el riesgo de que hasta la energía eléctrica falle, porque las termoeléctricas funcionan con gas subvencionado. Si hay que comprar gas en el extranjero, se hará a precio del mercado internacional, por lo que una garrafa de gas de consumo familiar podría costar, fácilmente, 120 bolivianos. Eso subirá de inmediato el costo de vida, y ahí no habrá excusas ni servirá utilizar la política del retrovisor, culpando de todo al pasado. Ahí se verá si Rodrigo tiene uña de guitarrero.
Lo que muestra que no será nada fácil para el actual gobierno encarar el futuro.
Los indios al poder: con Evo, sin Evo o contra Evo
Pese a que la mayoría de la gente que nos conoce sabe que, pese a la relación de amistad con Álvaro García Linera, casi siempre mantuvimos visiones políticas diferentes, hay que admitir que esta vez coincidimos con su lectura de la realidad política, cuando afirma que las movilizaciones de los 50 días de paro fueron planificadas y son fruto del desarrollo político del mundo indígena, que se ha dado cuenta de que debe tomar el poder. Como dice Álvaro García: «El tema no es la gasolina basura ni la corrupción del gobierno. El tema es que los campesinos olieron el poder, pasaron por él durante el Proceso de Cambio y no quieren dejarlo. Embestirán una y otra vez sobre el gobierno de Rodrigo Paz hasta derrotarlo. Se prepara una segunda ofensiva que será más fuerte que la primera».
En su particular estilo de reflexión, Irving Alcaraz sostiene que si Rodrigo Paz sobrevivió a la ofensiva campesina fue porque esta no se conectó, por falta de una adecuada estrategia, con sectores de la clase media.
Pedro Portugal, con su visión cósmica y cíclica de la historia, reivindica los bloqueos y el cerco a la ciudad de La Paz como parte de los mecanismos de lucha del movimiento campesino. Nos recuerda a Tupac Katari y al propio Felipe Quispe (el Mallku), que usaron el cerco a La Paz como método de lucha. Sostiene que hoy Achacachi es la trinchera que puede ahogar a La Paz.
Tendremos, entonces, en el horizonte, nuevas movilizaciones de lo nacional-popular-campesino. Dichas movilizaciones se darán con Evo, sin Evo o contra Evo, según las circunstancias así lo determinen. Los campesinos no cesarán en su objetivo de tomar el poder, porque consideran que ha llegado su hora.
Bolivia: entre la necesidad de encontrar el justo medio o la irrupción de un sendero luminoso
Si tomamos la esencia del concepto del justo medio propuesto por Aristóteles en su obra Ética a Nicómaco, podemos afirmar que es la virtud del equilibrio, en toda actividad de la vida, la que permite la armonía y el progreso, mucho más en la política.
El país, para salir de la crisis total en que se encuentra, necesita de un gobierno y de un proyecto político del justo medio que sea la convergencia de la mayoría de los bolivianos. El presidente Paz Pereira ha demostrado, hasta el momento, que no tiene la talla ni la fuerza para ser el justo medio, porque su gestión tiene el sello de los grupos de poder cruceños y el desprecio hacia lo que él denomina los «vándalos», que, aun cuando Cedimedo y los sectores clasemedieros del entorno presidencial lo ignoren o lo nieguen, son la mayoría del país.
Si negamos esta realidad y les volvemos la espalda, no tenemos la menor duda de que en el país se va a generar un movimiento campesino con matices «senderistas», por la simple razón de que los sectores campesinos entenderán la máxima senderista: «¡Salvo el poder, todo es ilusión!». Y se lanzarán a la toma del poder por cualquier medio, incluso la vía armada. Y, para no generar falsas expectativas, una confrontación interna puede fragmentar el país y ocasionar un baño de sangre.
Indudablemente, en una confrontación armada con características senderistas, los indios tienen, por su cohesión social y cultural, su presencia en los cuarteles y su presencia expansiva en el territorio nacional, la posibilidad de ganar. Por ello, no se puede gobernar sin ellos, menos contra ellos. De ahí que Rodrigo Paz debe comprender esto y dar un viraje de 180 grados a su gobierno. De lo contrario, su distancia histórica respecto a la figura de su tío abuelo, Víctor Paz, será inalcanzable.
