El 23 de abril los cancilleres de Bolivia y Chile mutilaron su reparador sueño. Francisco Pérez Mackenna, exgerente del grupo Luksic, partió de Arica a Tambo Quemado, el paso fronterizo. Fernando Aramayo se dirigió allí a las 3 de la madrugada desde La Paz. Fue la puesta en escena de la entente en la que se afanan ambos ministros. Ninguno quiso aguar el desayuno ni las ilusiones invocando las malas horas del pasado.
La historia, no obstante, se asomó en un tuit del expresidente Eduardo Rodríguez Veltzé en la red X. Él recordó que para el tribunal de La Haya la mediterraneidad de Bolivia es asunto pendiente, de interés mutuo. Y que el reclamo marítimo: “seguirá marcando el horizonte de las relaciones bilaterales”.
Fuera de la red social, primero corrieron rumores y luego noticias de un nuevo acuerdo comercial entre Bolivia y Chile. Fue consistente con la delegación empresarial que acompañó al canciller Pérez Mackenna.
Ambas cancillerías redactaron un comunicado alejado de la oquedad de este género literario. En aquel se habla de normalización de relaciones diplomáticas y se le hace una venia a la historia, al justificar lo que procuran en “los legítimos intereses de los pueblos”. El comunicado también ratifica lo que viene: reactivar el mecanismo de consultas bilateral, parado desde 2010; un convenio de servicios aéreos, ya suscrito; y ampliar el acuerdo comercial. La prensa boliviana no estuvo atenta a todas estas incidencias porque los nubarrones de la política interna se van arremolinando.
El comunicado enmarcó las medidas en la frontera como prevención del crimen, protección del ecosistema fronterizo, el agua, la fauna, y modernización de la infraestructura. Todo esto para desanimar, con esa plétora de virtudes, a los objetores al acecho. La “coordinación bilateral” fronteriza subrayada allí buscó enmendar las acciones de Kast los primeros días de su mandato sin acordarse de enviar un WhatsApp a su colega en La Paz. Tal parece que todos registraron esa falta. De ella dio cuenta implícita y áspera Rodrigo Paz el 23 de marzo.
Al almuerzo se sumó el hermano del presidente, Jaime Paz Pereira. Formalmente, representando a la CAF, pero en otro papel en realidad: un refuerzo del canciller Aramayo, dado que Pérez Mackenna no vio al mandatario boliviano.
La jornada remató en una pequeña recepción en la residencia del cónsul de Chile, de la que ambos dignatarios se despidieron temprano. El canciller Aramayo rubricó así su apuesta por la relación. Lo secundaban sus viceministros y otros funcionarios con cacumen del reforzado equipo del ministro. También asistió el zar antidroga, Ernesto Justiniano, cruceño de peso político superior al cargo que ostenta. Su presencia fue elocuente precisamente por el rubro al que se dedica ahora.
El cónsul Velasco optó bien por una introducción breve. Pérez Mackenna acentuó el aprecio del presidente Kast por su par boliviano; una manera laica de exorcizar cualquier demonio que anduviera rondando. Tampoco dejó pasar el porvenir de Bolivia en la minería. Se le filtró un rastro de condescendencia al calificar el papel de Chile respecto de Bolivia, pero solo un maledicente se detuvo en eso. Después pensé en la crítica que le hace Tomas Mosciatti, de Radio Bío Bío, a su canciller; no la de sus eventuales conflictos intereses, materia en la que Pérez fue cuidadoso, sino en que su experiencia es la de un buen y acaudalado gerente.
Pérez Mackenna también repitió que, si a Bolivia le va bien, a Chile le va bien. Una frase reminiscente de la de su predecesor, Teodoro Ribera. Solo que este la usaba desinhibido, con alarma por la secuela migratoria y de otro orden para Chile si en Bolivia se armaba la gorda.
El canciller Aramayo replicó cordial, con sustancia y optimismo. Transmite ideas, lo hace con orden y no se queda en palabras. Sin embargo, el tuit del expresidente boliviano le dio vueltas a este cronista por varios días. En todo caso, el 23 de abril comenzó con el pie derecho para ambos ministros. Soplan auspiciosos vientos binacionales, pero conviene mantener un ojo en la historia.