Cincuenta años sin Mauricio Lefebvre

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Era febrero de 1953. Mauricio Lefebvre, sacerdote oblato, dejaba su natal Montreal para seguir su vocación misionera. En aquellos años era común que los religiosos católicos abandonaran su país con el objetivo de promover la fe por el mundo. A Mauricio le tocó Bolivia.

Llegó de Miami a Llallagua. Todo era nuevo, desconcertante para quien ha vivido sus primeras décadas en una de las naciones más apacibles. Le llamó la atención la pobreza, los perros en las calles, y el alcohol, mucho alcohol. En sus primeras cartas a sus allegados en Canadá lo dice con contundencia: Bolivia “es un país desprovisto de todo y tiene inmensa necesidad de mí”. 

Su acción pastoral se dibuja con claridad, quiere “ganar corazones para Cristo y cultivar la fe”, que la gente “se acerque a los sacramentos”, “educar al pueblo en el sentido de la verdadera liturgia”. Durante sus primeros años en Bolivia, Lefebvre abre tres frentes de lucha: el alto consumo de alcohol, el comunismo-ateísmo, la mala práctica religiosa.

Pero los tiempos estaban cambiando, y el entusiasmo inicial fue mutando poco a poco. El país venía de una revolución y estaba sembrado de injusticias y luchas sociales. Lefebvre no podía quedarse quieto. Antes de que se cumpla una década de su estancia boliviana, mientras los años sesenta encendían todos los espíritus, el sacerdote oblato empieza a cambiar sus posiciones.

En 1962 toma cursos en Roma, donde la teología vivía el proceso de aggiornamento irreversible. En las cartas a sus compatriotas aparecen términos antes ajenos: habla de “un mundo mejor”, de llevar el mensaje de Cristo “al pueblo de América Latina”.

Al año siguiente Lefebvre va a Lima y trabaja en el ámbito urbano. Ahora menciona a “Jesús obrero” y se refiere a los barrios populares. En 1965 realiza un viaje a Israel y visita un kibutz y queda fascinado; cuando vuelve a Bolivia piensa en un nuevo proyecto: una “pequeña sociedad” que retome el sentido de los kibutz, familias que vivan juntas, que cada una aporte lo que pueda sin distinción de clase o profesión siguiendo un principio de distribución equitativo, “tal vez comunista, sobre todo cristiano”.

Desde mediados de los sesenta, Lefebvre rotula sus cartas con el lema “sed de justicia”, y toda su práctica se vuelca la “humanización, es decir el desarrollo económico, social y cultural”. Es el tiempo del Che, de Teoponte, de las masacres mineras, de la discusión sobre la violencia y el socialismo. El que vino a luchar contra el alcohol y el comunismo, ahora promueve la justicia, y busca una sociedad “nueva y revolucionaria”.

Entretanto, se vuelca a la sociología como una herramienta que permita “comprender las sociedades”. Funda la carrera en la UMSA, da clases, discute, se preocupa por “vencer el subdesarrollo”, por el “cambio de estructuras”.

Y llega aquel fatal 21 de agosto de 1971, cuando el golpe de Estado de Hugo Banzer está en curso. Lo llaman para que atienda a heridos en Sopocachi, acude sin dudar y él mismo es alcanzado por las balas banzeristas. Muere desangrado sin poder recibir auxilio.

Ha pasado medio siglo. Mucha agua ha corrido bajo este puente. Ya no hay dictaduras, ni golpes de Estado. Sí víctimas en democracia -demasiadas- con responsables de todos los colores del espectro político. Sí masacres, sí mentiras, sí injusticias, sí abuso de los poderosos. El poder pasa de mano en mano y es igual de cruel, multifacético, abusivo. Es un monstruo de mil cabezas que se renueva constantemente. Son otros tiempos, confusos, inciertos, contradictorios, decepcionantes, desoladores.

Hay fechas que son destino. Mauricio nació en Canadá un 6 de agosto, día de Bolivia. Murió aquí, en su nueva patria, recién cumplidos los 49 años, clamando “sed de justicia”, ayudando a los heridos, luchando contra las atrocidades del Estado. A medio siglo, hay luchas que no terminan, se transforman. Por eso el espíritu de Lefebvre sigue recorriendo aulas, calles y plazas, y estará ahí auxiliando a todas las víctimas, y dando la vida por quienes necesiten su palabra.

Hugo José Suárez  es investigador de la UNAM.