Cambio climático: pesimismo de la voluntad y optimismo incierto

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Franco Gamboa Rocabado (*)

Las espeluznantes inundaciones en Perú durante el mes de marzo de este año 2017 fueron súbitas, devastadoras y difíciles de enfrentar. Todo está directamente relacionado con el cambio climático. Este fenómeno es un hecho. Está frente a nosotros y va a cobrar muchas vidas, destrozando las ilusiones de supervivencia. Prácticamente en toda América Latina se han incrementado los desastres naturales, sobre todo cuando vemos el péndulo que va de lluvias tormentosas hacia sequías desesperantes. Así se acrecienta la desaparición de la diversidad ecológica de plantas, insectos y animales. El género humano está cada vez más indefenso ante la madre tierra, al mismo tiempo que pagará un alto precio por su intervención corrosiva al explotar irracionalmente los recursos de la misma naturaleza.

Las catástrofes naturales siempre estuvieron presentes en la historia de la humanidad. Inundaciones, sequías, tormentas, terremotos, epidemias y plagas de enormes proporciones. El desarrollo de la vida humana y animal está sometido a las poderosas fuerzas de la naturaleza. Sin embargo, los fenómenos actuales como el calentamiento global, el cambio climático y los desequilibrios ecológicos se convirtieron en las nuevas amenazas que replantean el problema de la extinción de la raza humana y la destrucción irreversible de la propia naturaleza, justamente fruto de las acciones depredadoras del hombre.

Entonces, bienvenidos seamos al Antropoceno (Albaeco, 2017). Esta es la nueva época geológica que representa un cambio planetario donde el ser humano ha causado y sigue causando un profundo y demoledor impacto sobre los equilibrios sistémicos del planeta tierra: armas nucleares, sobrepoblación y sobreexplotación de los recursos naturales son algunos de los intimidantes ejemplos que marcarán las posibilidades e imposibilidades de vida para las nuevas generaciones. ¿Podemos revertir las consecuencias devastadoras de la depredación medioambiental?

En la vida cotidiana de millones de personas, el cambio climático está generando una serie de supuestos equivocados y desconfianzas sobre sus impactos a largo plazo. Al mismo tiempo, este fenómeno está asociado a dos causas antropogénicas estructurales; es decir, las acciones humanas que rompen con los equilibrios ecológicos desencadenan los siguientes efectos.

El primero se relaciona con el consumo excesivo de petróleo, gas, gasolina, combustóleo, carbón mineral, etc. Estos combustibles son utilizados en cantidades gigantescas por los sectores industriales y el transporte de bienes, movilidad de personas, producción de energía, contratación de servicios y el funcionamiento de los hogares, gobiernos y ciudades superpobladas. El espacio fundamental de este efecto son las grandes metrópolis, el punto de encuentro de múltiples contradicciones: lujo y desperdicio, pobreza y riqueza descomunal, sobrealimentación y marginalidad, comodidad y explotación irracional de todas las fuentes de energía. La ciudad puede ser el principio y el fin del capitalismo postindustrial, así como los patrones de conducta de millones que, incluso sabiendo cuáles son las terribles consecuencias del cambio climático, no podrán cambiar sus costumbres y expectativas. Gran paradoja: anhelar vivir según las comodidades del siglo XXI para luego periclitar con la desgracia de todo el planeta.

El segundo efecto está ligado con la deforestación de los bosques, selvas, matorrales y manglares, ya sea para emplear técnicas de tala y quema con el fin de reemplazarlos por cultivos, áreas de ganadería, o para promover asentamientos humanos, la urbanización de éstos y el desarrollo turístico. Cada año, en los países menos desarrollados se pierden millones de hectáreas de masas boscosas. Detrás de esto se oculta el sueño de ser un país industrializado a costa de provocar una crisis ecológica irreparable, resultante de la ambición del hombre que fomenta serios desequilibrios dentro de la naturaleza e incide en la misma reproducción del género humano. La raza humana perdió el respeto por el planeta y pone en duda su aprecio por todo tipo de formas de vida.

Por lo tanto, el cambio climático es uno de los problemas más graves de carácter social, político, ético y económico en el siglo XXI porque de éste depende la calidad de vida de las generaciones futuras, en un mundo incapaz de regresar a un punto cero para reconstruir los ecosistemas (Peters, G.P. et.al., 2012).

En América Latina se están incrementando los desastres naturales, sobre todo las inundaciones y sequías que causan la desaparición de la diversidad ecológica de plantas, insectos y animales. Estos fenómenos se incorporarán, además, al surgimiento de pandemias y situaciones dramáticas de desnutrición infantil, problemas que van a necesitar políticas públicas mucho más complejas en su diseño e implementación, exigiendo demasiado a los Estados, los cuales, por lo general, todavía no han imaginado otras formas de desarrollo más allá del mercado, la sobreexplotación de la tierra y la acumulación ilógica de riqueza. ¿Todos están preparados por igual para controlar debidamente los efectos del cambio climático en la región? No todos, pues el mundo desarrollado tiene más recursos económicos y tecnológicos que el mundo pobre y desaventajado para enfrentar los problemas. El cambio climático muestra nuevamente cómo la desigualdad entre países se añade a las futuras dificultades, aumentando las condiciones de conflicto y crisis humanitarias.

El bienestar de la población mundial se ve sobresaltado por los fenómenos climáticos que están por venir, especialmente cuando se habla de la escasez de agua, disponibilidad de alimentos y la desaparición de los nevados. Diferentes encuestas han mostrado que en las percepciones de la sociedad existe un desconocimiento sobre el cambio climático, pues éste tiende a ser entendido únicamente como la contaminación medioambiental debido al estilo de vida moderno en las grandes metrópolis.

Sin embargo, eso no es todo. Hoy día, el cambio climático comienza a ser visto como un tema de seguridad global porque constituye un enorme reto para el mantenimiento de la paz y la seguridad en el ámbito internacional. Así emerge la necesidad de una mayor cooperación a nivel multilateral, regional y mundial con el objetivo de enfrentar las imprevisibles derivaciones del deterioro ambiental.

El análisis del cambio climático es un factor que detona varias emergencias en todo continente, además de las contradicciones que afectan a todo el mundo como efecto de las migraciones internacionales, la superpoblación, la urbanización contaminante, el aumento de los conflictos sociales y la ingobernabilidad de aquellos sistemas políticos débiles que no poseen una institucionalidad con la capacidad de fomentar políticas públicas que, de alguna manera, ofrezcan soluciones para los terribles daños en el futuro próximo (Pierce, D.W. et. al., 2008).

¿Es suficiente tener conciencia del cambio climático?

La definición establecida en la Convención Marco de las Naciones Unidas, explica que el cambio climático se refiere a un conjunto de transformaciones del clima, atribuido, principalmente, a las actividades humanas que alteran la composición de la atmósfera mundial, sumándose a la variabilidad climática natural observada entre los años noventa y comienzos del siglo XXI. Son las acciones del hombre que directamente están matando el medio ambiente y generando las peores condiciones para que cambie el clima, sobre todo porque el aparato industrial a escala universal y la dinámica del desarrollo económico colisionan, indefectiblemente, con la protección de los recursos naturales y la preservación de los ecosistemas alrededor del mundo.

Si bien existe un consenso internacional sobre lo que significa el cambio climático, esto no es suficiente. Actualmente, Naciones Unidas impulsa una serie de esfuerzos para financiar varias iniciativas tendientes a prever políticas efectivas, pero no ha logrado conseguir un consenso político entre algunas potencias mundiales porque Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea, todavía mantienen serias diferencias para articular una voluntad común y decidida.

En el terreno político, el cambio climático es analizado como si fuera un problema de seguridad y emergencia global, con la capacidad de afectar nuestra vida diaria en cualquier momento. La crisis climática pone de relieve tres tipos de conflicto que demandarán la construcción de una sólida voluntad política para cambiar una serie de tendencias negativas.

  Primero; el incremento de las temperaturas por encima de dos grados en todo el planeta está conduciendo a una modificación del clima cuyas consecuencias son, potencialmente, irreversibles. Esto ya altera los ciclos agrícolas y está destruyendo los medios de subsistencia de millones de campesinos y comunidades indígenas pobres, ingresando a una crisis alimentaria permanente que representa un alto costo humano y económico para cualquier país de América Latina.

Segundo; en el periodo que va de 2008 a 2016, los costos de los alimentos básicos aumentaron a más del doble en todo el continente y la combinación entre cambio climático, escasez, precios altos y crisis económica genera una situación sumamente volátil. Esto significa que la desaceleración en la producción de cereales en países pobres y con déficit de alimentos, unido al incremento en los precios de los alimentos importados debido a los combustibles caros, hará que América Latina enfrente una crisis alimentaria con impactos negativos en la estabilidad política y económica de todos los regímenes democráticos. Según las Naciones Unidas, ya en el año 2007 la producción de alimentos en el mundo se hallaba por debajo del crecimiento demográfico (Miller, M. et al., 2013).

Tercero; las alteraciones climáticas provocarán una fuerte desestabilización social y política en amplias regiones del mundo, lo cual incidirá en los difíciles equilibrios de la paz y seguridad internacionales. Las sequías e intensas lluvias también impactan en el problema. Países como Guatemala, Bolivia, México, Ecuador, Argentina, Colombia, Brasil y Perú, han sido azotados por sequías e inundaciones extremas que reportaron grandes daños en la economía desde el año 2007. En la gran mayoría de los casos, las reacciones gubernamentales son tardías, lentas, demasiado burocráticas e ineficientes, específicamente en los Estados que carecen de instituciones sólidas y están sujetos a la improvisación o la retórica sin intervenciones substanciales y duraderas que realmente beneficien a la gente.

El clima juega un papel determinante en la producción de alimentos y repercute, por lo tanto, en las condiciones de paz social. Sin embargo, con platos vacíos, cualquier Estado ingresa en un proceso de vulnerabilidad creciente e ingobernabilidad. Además, América Latina tiene un registro de conflictos políticos que fueron deteriorando la confianza de los ciudadanos en la democracia por diferentes motivos, entre estos la ineficacia estatal. La gente ya no confía en que el Estado la proteja y tiende a desechar la democracia, junto con su disgusto cuando ver de cerca diferentes catástrofes medioambientales. Si a esto agregamos los graves problemas del cambio climático como emergencia global, entonces la inestabilidad socio-política se transforma en la causa de futuras rupturas violentas por razones de sobrevivencia, especialmente cuando hablamos de la escasez de agua.

La amenaza es de tal magnitud que todos estos problemas llegan a los más altos niveles en las Naciones Unidas y de cualquier organismo multilateral de cooperación para el desarrollo. A finales de noviembre de 2011, el ex secretario General, Ban Ki-moon, dirigiéndose al Consejo de Seguridad de la ONU en un debate sobre la paz y la seguridad internacionales, tomó en cuenta los efectos del cambio climático como uno de los enormes retos para resguardar los equilibrios de la seguridad política, en similar preocupación que los conflictos causados por el crimen organizado y las pandemias.

Ban Ki-moon subrayó la necesidad de tener compromisos interregionales para mitigar los efectos perversos del cambio climático, así como imaginar previsiones de largo aliento con la finalidad de cambiar las actitudes hacia la madre naturaleza de millones de personas, un reto sin lugar a dudas demasiado grande. Si bien muchos sectores de la población tienen información y buscan propagar conciencia sobre la necesidad de proteger el medio ambiente, al mismo tiempo no quieren renunciar a las comodidades de la vida moderna y prefieren llevar las crisis ecológicas hasta sus últimas consecuencias.

Así surge una paradoja difícil de solucionar. Por una parte, la gente de a pie está consciente de los grandes desastres que se avecinan con el cambio climático, pero por otra, no está dispuesta a cambiar, de inmediato, sus patrones de conducta relacionados con el consumo de todo tipo de mercancías, ni tampoco busca ahorrar energías o economizar agua. Nadie quiere dejar de lado sus áreas de confort dentro de un estilo de vida caracterizado por el derroche. La paradoja parece resolverse, solamente en el momento en que una tragedia ambiental o el calentamiento global ponen en peligro su propia vida o la de sus seres queridos.

Si fracasan los esquemas de cooperación internacional, no se sabría cómo abordar el desplazamiento masivo de personas, el crecimiento demográfico y los procesos de urbanización con creciente desabastecimiento hídrico y energético. El cambio climático es un problema multidimensional pero, sobre todo, se trata de un factor que lentamente destruirá las estructuras de gobernabilidad política y estabilidad económica en toda América Latina.

En la Decimoséptima Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático realizada en Durban a finales del 2011, cerca de doscientos delegados del mundo se reunieron para avanzar en una respuesta mundial a este fenómeno. Y aunque es indudable que una de las cuestiones a resolver continúa siendo el debilitamiento del Protocolo de Kioto, los gobiernos signatarios de los países industrializados, paulatinamente están ejecutando medidas para reducir las emisiones contaminantes de los Gases de Efecto Invernadero (GEI) en un 5% entre 2008 y 2016. De cualquier manera, tanto el Protocolo de Kioto como otro tipo de precauciones para paliar las consecuencias negativas del cambio climático, no pueden imponer mandatos, ni a los países ricos, ni a los países en desarrollo, incluidas las potencias emergentes como Brasil, China, India y Sudáfrica.

La conferencia sobre el cambio climático de París, celebrada entre el 30 de noviembre y el 12 de diciembre de 2015 alcanzó vitales acuerdos, reconocidos por 195 países. Por ejemplo, fue trascendental reconocer que debe limitarse el calentamiento del planeta tierra por debajo de 2° C a partir del año 2020, redoblando los esfuerzos para colocarlo en 1,5° C. Los países industrializados deben implementar planes de actuación con el fin de mitigar el cambio climático por medio de la reducción drástica de sus emisiones de dióxido de carbono.

Además, la Unión Europea y otros países desarrollados tendrán que seguir financiando la lucha contra los efectos devastadores del cambio climático, ayudando al mismo tiempo a los países en vías de desarrollo a reducir sus emisiones y aumentando sus posibilidades de resiliencia ante los efectos del deshielo del Polo Norte. Sin embargo, se presenta como algo imposible el hecho de detener la máquina del desarrollo, con el objetivo de reducir los efectos demoledores del aparato industrial y la racionalidad instrumental del capitalismo global. ¿Cómo se podría generar un pacto sostenible entre los intereses económicos de las grandes potencias del mundo, la supervivencia de las futuras generaciones y la preservación de los equilibrios medioambientales en el mundo? ¿Se puede pactar con la madre naturaleza para evitar desastres ecológicos masivos? Estas preguntas no tienen respuestas inmediatas en los debates sobre el cambio climático como emergencia universal.

El poder de la economía siempre se impone por encima del medio ambiente y los desastres naturales causados por el cambio climático. Asimismo, la política tampoco es capaz de regular por completo las alteraciones y posibles efectos devastadores provenientes de la explotación irracional de los recursos naturales, donde el consumo de fuentes de energía limpias y contaminantes, por igual, responden a los intereses económicos y a la industrialización constante, antes que a la protección de los ecosistemas.

El optimismo está a punto de terminar mal porque las economías de las potencias industrializadas, junto con los países en vías de desarrollo, no pueden comprometerse a trabajar en un tratado único y global, con el propósito de establecer nuevos fondos para afrontar el cambio climático y estimular transformaciones en los patrones de conducta de millones de ciudadanos, acostumbrados a no prever posibles catástrofes medioambientales.

De acuerdo con la Decimoséptima Conferencia de Durban, el nuevo acuerdo climático mundial con fuerza legal, apunta a la necesidad de asegurar los mayores esfuerzos posibles de mitigación para que los países reduzcan drásticamente sus emisiones de Gases de Efecto Invernadero o, por lo menos, bajar las tasas de crecimiento de sus emisiones, evitando que el ascenso de la temperatura global llegue a más de 2 grados centígrados, junto con la creación de un Fondo Verde para que los países más pobres sobrelleven los efectos negativos de los desequilibrios ecológicos (Payne, J. T. et al., 2004).

Este acuerdo deberá entrar en vigencia a partir del año 2020, pero fue duramente criticado por organizaciones como Greenpeace que sembró la desconfianza porque, supuestamente, los acuerdos de Durban fueron intentos tímidos, únicamente para satisfacer las prioridades de las grandes potencias industriales. Para Greenpeace, los contaminadores siempre ganan la ronda de la negociaciones, y hacen ver al mundo que pueden apropiarse de una discusión global sin tomar en cuenta un conjunto de medidas más honestas y verdaderamente humanitarias. En el fondo, las potencias no comparten sus privilegios ni su riqueza para que el mundo esté mejor. Deben entender que es vital proteger el planeta, más allá de intereses políticos o económicos unilaterales, de manera que el cambio climático es un motivo para lograr realmente una paz perpetua.

Los acuerdos de París del año 2015 entraron en vigencia en marzo de 2016 y se espera que 195 países firmen sus compromisos hasta el 23 de abril de 2017. Sin embargo, el nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump fue enfático al considerar que el cambio climático es una retórica improbada y se negó a reconocer los acuerdos apoyados por Barack Obama en París. Si Estados Unidos no se une fervientemente para proteger los compromisos de París, otras potencias como China, India, Rusia y algunos países árabes seguirán por su lado, desbaratando un esfuerzo global para combatir el cambio climático como un hecho que, necesariamente, debe restringir los procesos de industrialización y crecimiento económico.

Si combináramos los informes más discutidos en Durban, el trabajo del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), los estudios de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), y los acuerdos de París COP 21 de 2015-2016, obtendríamos las siguientes conclusiones reveladoras:

  • La atmósfera terrestre se ha ido calentando significativamente desde el comienzo de la era industrial; en consecuencia, el modelo de desarrollo industrializado es una de las raíces profundas para provocar el cambio climático y las graves alteraciones en el medio ambiente.
  • Los glaciares se están derritiendo aceleradamente y este fenómeno acompaña directamente el calentamiento global, cuyas consecuencias serán desastrosas para la supervivencia de millones de seres humanos.
  • Como resultado global se tiene una mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos que se distinguen por intolerables lluvias o sequías, las cuales deterioran la calidad de vida de todo el planeta.
  • Los Gases de Efecto Invernadero representan una tendencia del desarrollo que irá en permanente aumento a lo largo del siglo XXI, si no se toman las previsiones para reducirlos. ¿Se podrá parar la máquina del desarrollo, o por lo menos, hacerla más lenta? Si esto se lograra, ¿cuántos millones de seres humanos ingresarán en la pobreza? A mayor desarrollo, mayores posibilidades de combatir la pobreza, pero cuanto más se refuerce la maquinaria del desarrollo, mayores son las amenazas para desatar una tormenta perfecta de cambio climático que devaste nuestro planeta.
  • El mundo en su conjunto debe desarrollar una visión solidaria y de cooperación global para evitar el sufrimiento de los más pobres y marginados que sufrirán los efectos del cambio climático(Yamin, Farhana and Depledge, Joanna, 2004).

América Latina y el Caribe se enfrentan al cambio climático porque poseen características ambientales peculiares, pues en nuestra región se localizan algunos de los países con mayor disponibilidad de agua dulce y más biodiversidad del planeta. Muchas naciones como Bolivia, Ecuador, Colombia, Brasil, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Cuba y México presentan altos niveles de vulnerabilidad cuando surgen fenómenos climáticos gigantescos, pues así se desencadenan desastres que comprometen sus procesos de desarrollo. Por ejemplo, es importante observar el caso de los pequeños Estados insulares del Caribe, cuyas características les confieren una gran vulnerabilidad. Estas condiciones particulares contribuyen a explicar por qué América Latina ha desempeñado –y seguirá desempeñando– un papel destacado en las negociaciones multilaterales sobre el cambio climático.

Conclusiones: ¿qué rumbo están tomando las políticas públicas?

América Latina comenzó a analizar seriamente el problema, enmarcándose dentro de las preocupaciones mundiales, pero el obstáculo principal descansa en la existencia de una brecha muy grande entre las buenas intenciones y las acciones concretas para lograr resultados satisfactorios que reduzcan las principales amenazas. Las políticas públicas que abordan este flagelo se concentran, especialmente, en la recuperación después de los azotes de cualquier desastre natural o contingencia climática.

Todas las acciones gubernamentales responden –antes que a previsiones de largo plazo–, al concepto de resiliencia, utilizado para referirse a los procesos naturales de restitución ecológica o de auto-regeneración ecosistémica, es decir, intentar reconstruir algunos atributos y funciones dañadas, alteradas o perdidas por diversas causas (sobre todo las antropogénicas). La resiliencia también alude a las capacidades sociales e institucionales que recuperen los niveles de vida de supervivencia, empleo y patrimonio, después de experimentar graves perjuicios fruto de las inundaciones, sequías, huracanes, etc.

La resiliencia es fundamental para entender las vulnerabilidades urbanas y regionales ante las consecuencias del cambio climático. Un diseño de las políticas públicas con resiliencia tendrá que mostrar la habilidad de América Latina para adaptarse al riesgo, mediante la construcción de cimientos institucionales que le permitan anticiparse y resistir los impactos de eventos extremos, así como reconstruirse como continente cuando padezca desastres durante largos periodos de tiempo. De cualquier manera, junto con las políticas de resiliencia, es mejor tener capacidades previsoras que se adelanten al surgimiento de los desastres.

Las políticas de cambio climático en América Latina deberán proponerse como meta esencial, la posibilidad de auto-organizarse y reajustar sus rutinas para afrontar los imprevistos y recuperar la normalidad. El cambio climático no es algo pasajero ni una eventualidad fácil de controlar. Todo lo contrario, exige que las sociedades latinoamericanas incrementen sus capacidades para aprender y cambiar con miras a una nueva forma de vida que reoriente los efectos perversos del actual patrón de desarrollo ( Cohen, Marc J. et. al., 2008).

Hasta ahora, varios son los intentos de los gobiernos latinoamericanos que están impulsando políticas locales para enfrentar los efectos del cambio climático. Al mismo tiempo, se están difundiendo medidas de información y prevención, por medio de proyectos que parten de una lógica de ocho puntos de análisis y acción:

  • Ubicación de las zonas y poblaciones más vulnerables junto con la investigación de cuáles son las condiciones geo-climáticas.
  • Diagnóstico permanente del territorio y los rasgos demográficos.
  • Capacidad para tener gobiernos locales y/o metropolitanos con plena institucionalidad.
  • Posibilidades de acceder a presupuestos y mecanismos de financiamiento disponibles.
  • Posibilidades de tener especialización e inserción económica porque los gobiernos tienen que aprovechar sus mejores ventajas en las distintas actividades económicas, ya sea en el ámbito local como regional, precautelando los excesos que reduzcan las amenazas provenientes de la explotación irracional de los recursos naturales.
  • Estudiar la historia de los desastres naturales y monitorear las situaciones extremas asociadas al cambio climático.
  • Analizar la historia de las respuestas e impactos de tales desastres y eventos extremos.
  • Promover la correcta administración local de riesgos, evitando todo tipo de ineficiencias, retardación de decisiones y la corrupción.

Cualquier mitigación y adaptación al cambio climático puede sintetizarse en tres políticas cruciales: a) reducir el uso excesivo de combustibles fósiles; b) disminuir substancialmente la deforestación; y c) incrementar el bienestar social, con el objetivo de cambiar de conducta e incentivar una mayor cohesión y cooperación de todos los países para reducir los grados de marginación, pauperización, desorganización y erosión social (Bryan, Elizabeth et. al., 2008).

El cambio climático golpeará con mayor inclemencia a los pobres y la gente sencilla de América Latina. Según la organización internacional no gubernamental, Save The Children, prácticamente 175 millones de niños en el mundo morirán al año por desastres naturales y como consecuencia del cambio climático. Debemos luchar por la supervivencia infantil previendo muchas acciones. A veces, se pueden realizar cambios simples, por ejemplo, dejar de comer carne vacuna. Está comprobado que el consumo de carne es una forma de desperdiciar el uso del agua y, además, crea muchos Gases de Efecto Invernadero, poniendo una enorme presión sobre los recursos de la tierra.

Una dieta vegetariana será mejor. La efectividad, entonces, no pasa necesariamente por esperar que las potencias industriales y los organismos internacionales hagan algo. Aquí hay mucha incertidumbre. Parte de la solución está en la sociedad civil y en los patrones de consumo: ser vegetariano, utilizar bicicletas, negarse a comprar tecnología computacional y telefónica. Ser más austero y volver, en gran medida, a las conductas frugales del siglo XIX, podría ayudar enormemente. ¿Es esto posible?

Bibliografía

Albaeco, G. a. (27 de April de 2017). Anthropocene. Obtenido de http://www.anthropocene.info/
Bryan, Elizabeth et. al. (2008). Global carbon markets : Are there opportunities for Sub-Saharan Africa? Washington D.C.: International Food Policy Research Institute (IFPRI).
Cohen, Marc J. et. al. (2008). Impact of climate change and bioenergy on nutrition. Washington D.C.: International Food Policy Research Institute (IFPRI); Food and Agricultural Organization of the United Nations (FAO).
Miller, M. et al. (2013). Critical research needs for successful food systems adaptation to climate change. Journal of Agriculture, Food Systems, and Community, 161-175.
Payne, J. T. et al. (2004). Mitigating the effects of climate change on the water resources of the Columbia River basin. Climatic Change, 233-256.
Peters, G.P. et.al. (2012). Rapid growth in CO2 emissions after the 2008–2009 global financial crisis. Nature Climate Change, 2–4.
Pierce, D.W. et. al. (2008). Attribution of declining western U.S. snowpack to human effects. Journal of Climate, 6425–6444.
Yamin, Farhana and Depledge, Joanna. (2004). The international climate change regime : a guide to rules, institutions and procedures. Cambridge: Cambridge University Press.
*Sociólogo político, doctor en gestión pública y relaciones internacionales. Catedrático de la Carrera de Ciencias Políticas de la Universidad Mayor de San Andrés (UMS), La Paz, Bolivia