Una amiga que hace años vive en el extranjero, especialista en movimientos sociales, me comentaba lo difícil que es hablar del país a la prensa internacional. De tiempo en tiempo, Bolivia vuelve a la noticia, muchos se acuerdan de su existencia y vuelcan sus micrófonos a quien tienen cerca. El problema es que lo hacen apoyados en tres pilares cuestionables. El primero se refiere al lente con el que se entiende la política en su propio país.
Por ejemplo, desde Francia –y Europa en general– se mira el planeta con la polaridad derecha vs. izquierda. Los más creativos hablan de extrema izquierda Vs extrema derecha. Punto. Lo que no cabe en esas categorías o no existe o se lo acomoda hasta que cuadre en uno u otro bando.
El segundo soporte es igual de frágil. Lo que pasa en Bolivia se lo traduce, deforma y moldea a los intereses locales y al juego político de su país y del medio en cuestión. Si es un periódico de izquierda o de derecha, leerá y comunicará las cosas que su público quiere escuchar, adecuándolo al juego de buenos y malos a conveniencia.
Finalmente, como pocos saben detalles en el caso boliviano, se explica todo a partir de los países más conocidos que están alrededor. Se expone cualquier acontecimiento teniendo como referencia lo que sucede en Brasil, Argentina o Chile, como si fuéramos una extensión, una provincia más. Así, Rodrigo Paz es el Milei boliviano; Evo, el Lula indígena, y arbitrariedades similares.
Una gran cantidad de notas de prensa internacional opera bajo esos tres parámetros, lo que resulta muy eficaz porque evita desafíos intelectuales o inconsistencias para que su público no se confunda; al final del día, su audiencia poco quiere conocer y mucho opinar.
Por ejemplo, el último conflicto se convierte en una dicotomía fácil: el gobierno neoliberal de extrema derecha apoyado por Trump (Rodrigo Paz) está oprimiendo a los indígenas que después de 500 años siguen luchando por sus reivindicaciones étnicas que son justas, moralmente superiores y nobles (“ya no se puede gobernar sin ellos”).
¿Cómo convencer a esa prensa que las cosas son más complejas y contradictorias? ¿que los actores sociales tienen muchos matices, que hay diferencias internas, que Paz no es Kast, que los mineros son grupos fragmentados que están luchando por intereses diferenciados, que hay decenas de pueblos indígenas en Bolivia con demandas distintas, que hay otros actores que también están en juego, que hay intereses que no se resumen en un “patria o muerte”, “neoliberalismo vs. revolución”?
Sabemos que el discurso mediático aspira a explicar una situación que está a kilómetros de distancia, de la cual se conoce muy poco, y simplifica las cosas traduciéndolas en un lenguaje que pueda ser decodificado por cualquiera. Hay algunos contextos en los cuales la lectura puede ser más clara, pero en coyunturas paradójicas y complejas como el conflicto boliviano actual, leerlo todo con el lente de buenos y malos es caricatural.
Para complicar el tema estamos atravesando por dos obstáculos más. Por un lado, la politización extrema de los argumentos: incluso lúcidos intelectuales que otrora dijeron algo pertinente hoy repiten razonamientos que básicamente responden a posiciones políticas. Se convirtieron en portavoces, en profetas de un actor social –como ya se dijo muchas veces– y sólo amplifican la voz del dirigente con mayor o menor elegancia.
Por otro lado, por la apabulladora presencia de las redes sociales, han salido a la palestra paupérrimos analistas que, sin el menor filtro o cautela, dicen todo lo que se les ocurre. Reina la mediocridad intelectual. Por cierto, algunas de las características de este conflict, han sido la pobreza de los recursos de movilización de los bloqueadores, la falta de imaginación política del gobierno, y la miseria de la mayoría de los analistas que cada que abren la boca desnudan su simpleza.
En suma: no hay política lúcida, ni actores dinámicos y creativos, ni ideas sólidas. Y, para peor, muy poca información clara, objetiva sobre la naturaleza del conflicto, de los actores, de las demandas. Todo mal.
Entre tanto, mientras que el país vive momentos de tensión y dolor, los de afuera quieren ver en Bolivia la revolución que no consiguieron en sus países o, peor, pretenden intervenir en la política interna envueltos en nobles banderas.
Bolivia no deja de ser el juguete de unos y otros. Colonialistas de izquierda o de derecha, de Europa y Estados Unidos o de los países vecinos, siguen creyendo que es su patio trasero y se sienten con autoridad para hablar, manipular, mentir o comunicar como les sea conveniente. Así vamos.
Hugo José Suárez es sociólogo investigador de la UNAM.