Barrer con la revolución

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Hubo un tiempo, en la juventud, que el peso de esa palabra crecía con sangre. El 79 festejamos Nicaragua a pesar de la debacle humanitaria y económica. Incluso hicimos fila en la embajada cubana de Lima para ir a pelear a la Contra. ¿Y qué tenemos ahora?  Somoza de nuevo. El viejo Castro Ruz fue el áspid astuto del proceso. El cáncer que eliminó hasta lo que él aparentemente había creado.

¿Bolivia? Hay cinismo en quienes afirman estar ante un proceso revolucionario. Esta es una feria de pajpakus, de vendedores ambulantes, de pepenadores de chatarra. Hábiles comerciantes, para quienes el Manifiesto Comunista, por mencionar algo, sirve para envolver empanadas. Por cualquier lugar que se mire, vértice, arista o perspectiva, la revolución, por aquí, no pasó. Hay un par de vivillos, torpe uno, y tonto el otro, que intentan dar careta programática, ideológica, a una feria de productos de contrabando.

¿Venezuela? Habrá que probar soga doble para colgar al payaso. Con Diosdado Cabello bastará el estilo que se aplicó a Mussolini, levantarlo patas arriba. De nada sirve, ni servirá. La violencia es un ejemplo que se olvida, pero, al menos, queda la satisfacción, en apariencia, de saldarse las deudas. Triste. Y, otra vez, por dónde pasó la revolución en este conciliábulo de ladrones. Por ningún lado, ni ahora ni en tiempos del bufón mayor, el llamado Chávez, que se quedó de momia que ni sobrevivió la década. Faraón de barro.

Viene México, con la revolución que ganaron los pelados para que gobiernen los pelones. Ahora López Obrador rebuzna en favor de la mafia narcotraficante venezolana, olvidando la tragedia propia debida a este mal. ¿O implica que la nueva “revolución” mexicana le hace guiños al narco de entrada? Sería terrible, devastador.

Ya éramos, nosotros los que vivimos toda la juventud bajo dictaduras, una generación perdida según conversábamos con un amigo por teléfono. Tuvimos, sin embargo, algo parecido a la ilusión. Los años se encargaron de desdorar la píldora, pero el golpe de gracia lo dieron los “del siglo veintiuno”, apañados por intelectuales vendidos de lengua delgada y larga, ideal para meterse entre las nalgas del amo. Se burlaron de los muertos… fue lo peor. El indígena Evo Morales va a recibir la venia del derechista brasilero Bolsonaro, enemigo de indios, para mostrar sin equívoco quién es y qué es. Poco importan las diferencias que en realidad no existen. Se gira alrededor del oro; estos son crías de los adoradores del becerro, esos que se burlaron de Moisés. La Biblia es explicativa de su laya, y las Gomorras que crearon anuncian ya su destrucción. No porque atentasen contra lo divino, sino contra el respeto a lo que costó ganar la posición de la que se aferran como los monos del Libro de la Selva, el de Walt Disney.

El vocablo este que tratamos ha sido disminuido de tal modo que debiera jubilarse, usarse solo en un contexto histórico para hechos conocidos. Alguien dentro del masismo tuvo la perspicacia de declarar lo suyo como “proceso de cambio”, aunque a ratos se desbordan con “revolución”. Claro que Nicolás Maduro con el notorio escaso cerebro que lo caracteriza, sigue martillándolo. Pronto estará encerrado en una prisión de alta seguridad donde voceará sus alaridos a las paredes blancas sin nadie que lo escuche. Eso si no se bambolea como pacay de un árbol tropical.

Pues, la última década desmembró una fantasía que duró cien años, o más, en fundarse. Sobre su cadáver danza gentuza miserable, que ni combatió ni hizo más que parodias revolucionarias. Hablarle a un hijo o nieto sobre “la revolución” sería mentirle; mejor enseñarle desde ahora las variaciones del precio del tomate.