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Banzer y Evo

La casa sopocacheña de mis abuelos paternos, donde pasé buena parte de mi infancia y adolescencia, se está vendiendo después de 38 años de ser adquirida por aquellos con los ahorros de toda su vida. Como es frecuente en las casas de los abuelos, en ella había algunos tesoros que los amantes de los papeles viejos y los objetos antiguos siempre queremos preservar del paso implacable e ingrato del tiempo. Entre esos tesoros, en una pequeña cajita guinda, había una colección de monedas y medallas en la cual hallé varias monedas del año del sesquicentenario de Bolivia (1975), en las que las figuras del dictador Hugo Banzer Suárez y del libertador Simón de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco compartían el anverso. Ambas imágenes de los jefes de Estado, el uno del siglo XX y el otro del XIX, comparten, como si sus vidas y obras fueran equiparables y para perpetua memoria, el reducido pero significativo espacio redondo de una moneda de quinientos pesos bolivianos, que lleva una leyenda que dice: “Orden, paz, trabajo”.

Se sabe que Banzer era de una derecha extrema y también que, en ciertas frivolidades propias de la especie humana, los derechistas no se diferencian en casi nada respecto a los izquierdistas, especialmente cuando estos no son de una izquierda moderada y democrática. Es por eso que cuando vi aquellos nobles perfiles, del dictador cruceño el uno y del libertador caraqueño el otro, acuñados en la susodicha moneda, me puse a pensar en las estampillas o sellos-postales que Evo Morales Ayma se hizo imprimir con su fotografía durante su mandato y en el museo que se hizo construir en la desolada altipampa de Orinoca, para que las generaciones venideras supieran de su genio y figura. Y también se me vino a la mente, cómo no, su flamante partido político fundado en su fortín chapareño y que lleva su mismo nombre: Evo Pueblo.

Apunto todo esto para que el lector caiga en cuenta de que el caudillismo, el ego extremo de los políticos, su mesianismo, la idea de que son los elegidos por los dioses para participar en el poder público, su inmoderada preocupación por figurar en monedas, estampillas y nombres de partidos políticos, escuelas, coliseos y hospitales y otro tipo de frioleras, no son, para desgracia de esta maltratada sociedad, fenómenos erradicados. Ni en derechas ni en izquierdas. Sin embargo, y como dice Fernando Savater, en un sistema democrático (o que al menos dice serlo), la culpa por este tipo de lindezas no puede ser endosada solamente a la clase política, sino en realidad a toda la sociedad (o a casi toda), ya que es esta la que posibilita el triunfo “democrático” de aquellos personajes, que creen estar predestinados para redimir y liberar a sus sociedades del secular yugo que las oprimió.

El populismo es, qué duda puede caber para los politólogos y entendidos, la democracia de los ignorantes; un sistema en el cual se imponen las promesas fáciles de entender y los eslóganes políticamente correctos, y no la razón del bien común y la responsabilidad para con toda una sociedad. El populismo no para mientes en programas, ideología profunda o ideas para paliar crisis, sino en discursos fáciles de digerir por miles de personas intelectualmente menores de edad y, por ende, fáciles de manipular. Es en este sistema en el que el caudillismo y el culto al líder carismático encuentran un nido apropiado para reproducirse indefinidamente.

Lo propio sucede con los alcaldes y gobernadores, cuyos rostros podemos apreciar en un sinnúmero de carteles y gigantografías diseminados en grandes ciudades y poblados alejados. Tampoco podemos olvidar que el Gobierno de Jeanine Áñez utilizó la cara de la presidenta en todo tipo de obras públicas (que ciertamente eran pocas por la brevedad temporal y corrupción de aquel) y en las portadas del periódico estatal. Así, tenemos que el culto de la personalidad no es una cuestión solo de cambas o solo de collas, ni solo de derechistas o solo de izquierdistas. Es una odiosa manía política que está en la herencia cultural y que va en contra de una verdadera democracia, la cual funciona mucho mejor mientras más desapercibida pasa la figura personal del político o funcionario.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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