Álvaro Vásquez

¿A qué velocidad vuelan los aviones?, ¿cuán rápido viajan los recuerdos?

Los aviones, a varios cientos de kilómetros por hora, dicen. Pero este recuerdo que no se va —que no quiero que se vaya— no solo es más rápido, sino que va en sentido contrario.

Los aviones, por su propia naturaleza, pueden ir solo hacia adelante. No tienen reversa; y los recuerdos no pueden existir si no es mirando hacia atrás.

Por eso mi pregunta. Porque la velocidad de este avión parece ridículamente baja, mientras me aleja en un viaje largo, agotador, y mis recuerdos me llevan en fracciones de segundo hacia atrás, hacia donde quisiera, con quien quisiera estar.

Porque los recuerdos se alimentan de lo que ya sucedió, aunque comparten espacio con lo que aún no. Porque el mejor beso, el más largo e intenso iba a ser el siguiente; porque la caricia más tierna, esa que marca, aún está pendiente. Porque ese baile, el especial —aunque no el primero— deberá esperar aún. Y será especial no solo por lo que signifique, sino por tan esperado. No sé si nos reconoceremos en la mirada del otro, o bailaremos con los ojos cerrados, mejilla a mejilla, dejando que nuestros cuerpos se conozcan, y aprendan a moverse juntos.

Las palabras a menudo no salen fácilmente, dice la canción que luego supimos ambos escuchábamos pensando en el otro. Y sí, la música se expresó antes que nuestras palabras, esas que resultaron escasas por falta de tiempo. Siempre me costó hallar palabras cuando de desnudar sentimientos se trata. Nunca aprendí a mostrar lo que tengo dentro, canta la voz con ecos de décadas y de conciencia, y yo canto con ella. Y eso nos arrebató también momentos compartidos, y apuró la partida pues, aunque esta no haya cambiado de fecha, hizo más corto el tiempo previo. De alguna manera adivinaste lo no dicho, o quizás fui capaz de expresarlo de alguna forma, no lo sé. Ya no importa.

Un vaso de vino, y las luces más tenues, promete la misma canción para el futuro. ¿A media luz, como en el bolero?, resulta tentador. Quizás no sea vino, sino whisky, ese que copia el oleaje del mar que conoce tu nombre, que lo dice entre susurros como lo hice yo antes, a solas con tu recuerdo. Mar que puede arrullar o devastar. Masas de agua que ahora se interponen entre aviones y recuerdos, y que se interpondrán también a futuro, me dices.

Pero habrá un tiempo nuestro, ese que por breve será valioso, y hay esperanza. No de decir lo que quedó pendiente, sino de ya no necesitar decirlo. De que la voz prisionera torne en fuerza, de que las coincidencias de nombres y marcas realmente signifiquen algo. Lleno de amor y de esperanza, repite la voz que de tanto escucharla resulta ya nuestra.

Quizá la esperanza gane esta vez. Creo que sí, quiero creerlo. Que el tiempo es relativo, dicen. Y que los sentimientos todo lo pueden.

Intentémoslo.

Que nuestros mejores recuerdos hagan ir a los aviones en reversa.