Auto de Fe

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Pira sacramental.
Dice un pajpaku que Carlos Mesa será presidente. Puede ser, será. Si lo van a dejar o no, quién sabe.

El fuego purifica. En la barriada de Villa México quemaban, al año de muerta la pareja, la ropa vieja del –o la- difunto. Revitalizarse, revivir. Me pregunto si es posible para un país renacer de la debacle. Ahí está Alemania; ahí Francia. Inglaterra siempre vivió mejor entre ruinas. Si afeminados los ingleses, quizá, pero de cojones. ¿Y Bolivia? ¿Hay una Bolivia después del Huevo?

Pira funeraria. De algún modo no nos vendría mal. La retórica plurinacional de arrasar con el pasado debiera ser la misma a emplearse para borrar el rastro de esta jauría. ¿Cómo si no? Un auto de fe gigantesco en el que se amarraría a unos miles de masistas al edificio de su vanidad, el novísimo palacio, y prenderle fuego. El fin de las dos Juanas: la de Arco y la loca, la mártir y la arrecha; el fin del melgarejismo recalcitrante y del lecho marital en el que el dictador se regodea con su Juanacha de corte intelectual. Gomorra, la de Saviano y la bíblica. Esa es la Bolivia del Evo y la Eva, el jardín del Edén de la oclocracia, el reinado de las Furias con nombre de bartolinas, el cautiverio con cadenas de la tribu de violadores que conforman el núcleo “ideológico” de este infecto esputo.
Aunque nunca lo hice, sugieren bueno tener un plan de deseos para el año viniente. Metas a cumplir, insatisfacciones a llenar. En lo personal tengo ideas acerca de mi literatura; menos en cuanto a otros aspectos si tomo a pecho el consejo de dejarme de mujeres y concentrarme en mí.

¿Y por qué no? Eso sería en verdad notable. En el plano amplio, en el que se incluyen país, territorio, raza, política, desear por el desastre para Huevo y compañía: conjunción del mal, reunión de la historia en su peor faceta y de la delincuencia en su mejor. Pero la realidad no se concreta con deseos, con alusiones a las posibles consecuencias del cambio de clima. Para hacer realidad esto último hay que pelear. Lo hago desde una plataforma que para algunos será confortable (la de escribir); otros tienen que hacerlo con lo que puedan. Y no contar para nada con la milicada, que generales y demás fantoches no sirven en Bolivia ni para la guerra.

Mucho menos para la honestidad. Apenas calzan los botines. Ya se burlaba Pancho Villa de aquellos sus pares mexicanos que en la toma de Torreón se vistieron de viejas para huir.

Amanece el 31 de diciembre. A simple vista siempre los años parecen dar un cifrado en rojo, el color del fracaso en estadística. Sin embargo, analizando y poniendo en la balanza las cosas, resulta no ser así. En la mixtura de bien y mal pesa lo positivo a la larga, por encima de las penas y los bolsillos rotos, o lo que fuere.

¿Es posible visualizar un país sin el verde de la coca? Ha sido tal la influencia de Morales en este sentido que la antigua oposición (hasta racista) en el oriente boliviano, acullica como el campesino de occidente. El “boleo” es práctica común en una población que detestaba a sus compatriotas de piel oscura. Sería bueno si no se tratara de la lacra coquera, si se hubiese logrado en otros aspectos de la vida. El embrutecimiento general no ayuda a nadie, menos a un país que se mantiene apenas.

Hay que quemar incluso las muletas con las que trastabillamos. Fuego a la Corte de los Milagros masista, que es, a su vez, una suerte de Camelot de ricachos y desclasados.