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Adagio de Schumann

Maurizio Bagatin

No tengo las palabras del maestro Pablo Mendieta. Me dejo llevar por las notas, los instrumentos de una orquesta que dirige el genio que fue Leonard Bernstein. Una columna de libros me recibe en el escritorio, novelas nacionales de autores que hasta ahora nunca había leído, Raúl Teixido, Eduardo Scott Moreno, un ensayo de José Roberto Arze sobre la contribución de Cochabamba en la literatura boliviana, y el regalo de Marilú, Microcosmi de Claudio Magris. El otoño avanza con garantías literarias. Los violines son mágicos, mágica es la lectura. Unos minutos atrás dejé a mis nietos que sigan en la desordenada tarea de recortar revistas, pegar recortes, creando sus rompecabezas y mosaicos caleidoscópicos.

A pesar de la inconsciencia he ido creando mi lista musical para estos días. Aquí me observan que se le dice play list. En el idioma italiano sufro particularmente esta bárbara intromisión de los términos ingleses y no tiene nada que ver con el Dolce Stil Nuovo o el encanto que era el oír la maestra Giovanna Zorzi mientras nos recitaba Giovanni Pascoli. Ya perdimos el dialecto, quizás mañana perdamos hasta nuestro idioma.

Están en esta lista un Adagio de Schumann que estremece, la Sarabande de Haendel, la Pavane de Fauré y un Miserere mei, Deus de Gregorio Allegri, la Messe in H-Moll de Bach. Desapareció una versión orquestal de Watermelon in Easter Hay, una joya de Franz Zappa.

El coro en el Miserere mei, Deus de Allegri es de una abrumadora disciplina, los coristas parecen recitar por endecasílabas un poema que llega del abismo, relatan con un respeto encantador la piedad. La emoción me lleva a pietas romana. Recuerdo cuando de niño iba a la misa de Navidad y me preguntaba que podía existir detrás de todas estas liturgias. Tal vez el teatro que un dia fue griego, la poesía que es acción, necesaria actio también para la fe cristiana.

Los pasos breves de la Pavane de Fauré cautivan como un viento de primavera. Un soplo trae, otro soplo lleva en un columpio de pasos misteriosos hacia lo absoluto y, tal vez, la libertad.

Son solamente palabras que parecen remitidas por estas melodías, por un Te Deum de Arvo Pärt de desafiante encanto.

Músicas para desafiar el oro del silencio.

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