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La autobiografía de Christian Lalive d’ Epinay

En este tiempo de la prisa, cuando todo fluye por las redes y las aplicaciones, me escribe mi entrañable amigo Christian desde Suiza pidiendo mi dirección postal en México. ¿Para qué?, indago, “quiero enviarte un paquete”, me comenta.

Un mes más tarde, recibo en mi departamento un sobre con su autobiografía impresa en papel bond tamaño oficio –a la usanza europea–, anillada, con tapas de plástico transparente que deja ver el título: Traces. Retour sur le première moitié de ma vie (1038-1982).

Conocí a Christian hace un par de décadas. Otro querido amigo, Guy Bajoit, me recomendó que lo invitara a México, y así fue. Vino a dar unas conferencias, recorrimos la ciudad entre diálogos de sociología, política y vida. Amable, inteligente, interesante, solidario. La amistad quedó sellada. 

Nos vimos en varias ocasiones por un proyecto de investigación que compartimos, pero sobre todo por las ganas de encontrarnos; fue en Buenos Aires, en Lausana, nuevamente en México. El último intercambio lo tuvimos en su preciosa cabaña en Los Alpes, en el 2019. Nos acogió a toda mi familia en unas maravillosas vacaciones en la montaña, entre aguas termales, caminatas, nieve, charlas y paisajes inolvidables. 

Por eso, recibir su biografía fue un fabuloso regalo. Se trata de un recuento escrito de cuatro décadas intensas, nutrido con fotos familiares, recuadros, reproducción de la portada de alguno de sus libros, pedazos de manuscritos pasados, poemas, algún recorte de periódico. Un esfuerzo por imprimir en 182 páginas los episodios que saltan a su recuerdo, ahora que está a dos años de cumplir nueve décadas de vida.

El epígrafe inicial tomado de Sartre, anuncia el tono de las páginas que le siguen: “el hombre se caracteriza por el desplazamiento, por lo que logra hacer con lo que hicieron de él”. En la introducción surge el ser humano evaluando su vida, el sociólogo, el suizo, el padre, el abuelo, el hijo, el esposo. 

¿Qué lo motiva a tal hazaña? No es la fama, ni la carrera, ni la vanidad, ni el afán de exhibición; es más bien un diálogo íntimo, un retorno a su propia existencia para compartirla pensando en sus amigos, en su familia, en sus nietos que quiere que conozcan sus orígenes y trayectorias. 

Desde el principio dice con claridad que pretende comprender de dónde viene, “cómo se dibujó el itinerario de mi vida y cómo yo lo dibujé”. Se trata de comprender, subraya, no de explicar, ni de justificar, ni acusar, ni juzgar: “comprender, describir, contar, la historia de mi vida tal cual yo la veo y la vuelvo a pensar hoy”.

El manuscrito es un repaso cronológico dividido en 16 capítulos, empieza con su nacimiento en 1938 y termina con su regreso a Suiza, en 1982, “a la mitad de la vida”. Recorre su infancia, adolescencia y juventud; sus viajes a Latinoamérica (Argentina, Chile, Perú, México); sus influencias culturales e intelectuales (Paulo Freire, Ivan Illich, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui).

La autobiografía está escrita con sinceridad, transparencia  y cariño. Luego de haber publicado una basta obra sociológica en revistas y libros, Christian ahora optó por un documento privado, no tiene el objetivo de alcanzar un público masivo. Lo mueve el deseo de compartir con pocos: “aquellos que tienen derecho de acceso a estas páginas, el derecho de conocerlas” son sus cercanos, quienes “enriquecieron mi vida”. De hecho el texto está dedicado a esos “compañeros de ruta” que acompañaron su trayectoria.

Es en ese mismo sentido que el documento es un objeto físico, que viaja por correo, que lo trae el cartero y que uno lo tiene en sus manos para recorrerlo una y otra vez. Un ejemplar único, irrepetible, edición limitada, personalizada, con destinatario seleccionado. Es materia, no un archivo PDF que viaja por fibra óptica, sino páginas que olemos, sentimos, tentamos, que estuvieron primero en las manos del autor y que luego partieron a la oficina postal para llegar a las nuestras. 

Me siento, por supuesto, honrado de pertenecer al grupo de quienes acompañaron a Christian en un pedazo de su camino –entre otros, compartir el gozo con mi querido amigo Stefano Cavalli–, de tener el texto conmigo y formar parte de su memoria. El autor termina su escrito citando el poema de Machado Huellas, “Caminante no hay camino…”. Lo decía: bello regalo. Gracias.

Hugo José Suárez es investigador de la UNAM.

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