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El Estado ante la hora de la verdad

Bolivia puede pedir prestado tiempo, pero no puede pedir prestado el futuro.

Hay momentos en la vida de un país en los que una crisis deja de ser solamente una crisis y se convierte en una pregunta. Creo que Bolivia está viviendo uno de esos momentos.

El dólar sube, los precios se mueven y la gente siente que el dinero ya no alcanza como antes. El productor hace cuentas antes de invertir. El comerciante no sabe cuánto le costará reponer mañana la mercadería que vende hoy. Y las familias buscan, como pueden, la manera de proteger sus ingresos.

Pero detrás de todo esto hay una pregunta más profunda: ¿tenemos un Estado preparado para conducir el nuevo ciclo que Bolivia necesita?

Durante muchos años tuvimos una fuente importante de dólares: el gas. Esa realidad cambió. La producción disminuyó, las reservas internacionales se debilitaron y el país comenzó a tener dificultades para generar las divisas que necesita.

Pero el problema no empezó el día que subió el dólar. Empezó mucho antes: cuando dejamos de generar suficientes dólares y no construimos a tiempo nuevas fuentes para reemplazarlos.

Sabíamos que el gas no sería eterno. Sabíamos que una economía dependiente de pocas fuentes de divisas es vulnerable. Sin embargo, no fuimos capaces de construir a tiempo una alternativa.

Por eso, lo que estamos viviendo no es solamente una crisis cambiaria. Es también una crisis de anticipación.

Y aquí la discusión deja de ser solamente sobre un gobierno. Es sobre el Estado. Porque un Estado no está únicamente para administrar los buenos tiempos. También tiene que prepararse para cuando esos tiempos terminen.

La bonanza debería servir para transformar la economía y preparar el futuro, no solamente para resolver las necesidades del presente. Un Estado se conoce no solamente por cómo administra la abundancia, sino también por cómo se prepara cuando la abundancia termina.

Hoy Bolivia atraviesa una transición cambiaria. La flexibilización le da al mercado un papel mayor en la determinación del precio del dólar y permite al Banco Central actuar cuando existan movimientos desordenados.

Pero hay que decirlo con claridad: la flexibilización cambiaria no crea dólares. Puede ayudar a ordenar el mercado y sincerar una realidad, pero no puede sustituir la producción, las exportaciones ni la inversión.

Cuando sube el dólar no hablamos solamente de una cifra. Suben los costos. El productor que necesita maquinaria, repuestos, fertilizantes o insumos importados paga más. El comerciante que debe reponer su mercadería también. Y, al final, esa presión llega al consumidor.

La gente no vive preguntando cuál es el régimen cambiario. La gente vive preguntando cuánto cuesta vivir.

En este escenario aparece el financiamiento del Fondo Monetario Internacional (FMI). Puede ayudar a fortalecer las reservas, reducir la presión sobre el mercado cambiario, recuperar confianza y facilitar el acceso a otros recursos internacionales.

Puede darnos algo que Bolivia necesita con urgencia: tiempo.

Pero el tiempo, por sí solo, no resuelve nada. Es una oportunidad. Y esa oportunidad tiene condiciones: ordenar las cuentas públicas, reducir el déficit, mejorar la sostenibilidad de la deuda y avanzar en reformas monetarias y cambiarias.

Eso puede ser positivo si nos ayuda a corregir desequilibrios acumulados durante años. Pero un ajuste mal diseñado puede afectar el bolsillo de las familias, golpear a los sectores más vulnerables y frenar la inversión y la actividad económica.

Por eso, la discusión no debería reducirse a FMI sí o FMI no. La pregunta es otra: ¿qué vamos a hacer con esos recursos y cómo vamos a administrar las condiciones?

Porque un préstamo puede comprar tiempo, pero no puede comprar transformación.

Ordenar la economía es necesario. Pero ordenar no significa simplemente recortar. Significa gastar mejor, revisar dónde se está yendo el dinero público, corregir lo que no funciona y proteger aquello que puede generar producción y empleo.

Durante mucho tiempo confundimos gastar con transformar. Y no siempre es lo mismo. Un Estado puede gastar mucho y transformar poco. Puede administrar una bonanza y no preparar el día después. Puede conseguir préstamos y, unos años más tarde, volver a enfrentar los mismos problemas.

Un Estado responsable debe tener la capacidad de decidir qué debe cambiar, qué debe corregirse y qué ya no puede seguir funcionando de la misma manera.

Y hay algo que no podemos olvidar: no se puede estabilizar una economía desestabilizando a la sociedad.

El Estado no puede limitarse a reaccionar. Tiene que mirar más allá de la emergencia. La verdadera capacidad de un Estado se demuestra cuando puede anticipar los cambios, preparar alternativas y tomar decisiones antes de que la crisis obligue a tomarlas.

El Estado no debería ser solamente el bombero que llega cuando el incendio comenzó. También debería ser quien identifica dónde puede comenzar el incendio y actúa antes.

Esa es una de las grandes lecciones de esta crisis. Bolivia no necesita únicamente resolver el problema de hoy. Necesita aprender a no llegar siempre tarde.

Necesitamos un Estado que piense más allá del próximo gobierno y tenga la capacidad de construir políticas que sobrevivan a los ciclos políticos. Porque la política muchas veces piensa en la próxima elección. La economía necesita pensar en la próxima generación.

Tenemos que producir más, exportar más y atraer inversión. Tenemos que aprovechar mejor la minería, el litio, la agroindustria, el turismo, las nuevas energías y la economía del conocimiento. Pero también necesitamos instituciones fuertes, reglas claras y seguridad jurídica.

El Estado no puede hacerlo todo. Pero tampoco puede quedarse mirando desde la vereda. Tiene que conducir, regular y crear condiciones.

El verdadero desafío no es solamente conseguir dólares. Es crear las condiciones para volver a producirlos.

Podemos conseguir financiamiento, ordenar el mercado cambiario y ajustar las cuentas públicas. Pero si al final no producimos más, no exportamos más y no generamos nuevas fuentes de divisas, solamente habremos ganado tiempo.

Y aquí está la hora de la verdad. No solamente para un gobierno. Para el Estado.

Porque una crisis puede ser una tragedia si solamente nos obliga a resistir. Pero también puede ser una oportunidad si nos obliga a cambiar.

La pregunta ya no es solamente cuánto cuesta el dólar. La pregunta es qué Estado queremos construir para que el precio del dólar deje de decidir el destino de nuestras familias, de nuestros productores y de nuestro país.

Al final, el futuro no se espera. Se construye. Y construirlo exige mirar más allá de la urgencia, tomar decisiones antes de que sea demasiado tarde y pensar en el país que dejaremos a la próxima generación.

Esta es, en definitiva, la hora de la verdad del Estado. No porque Bolivia esté atravesando una crisis. Sino porque ahora veremos si somos capaces de aprender de ella.

Podemos pedir prestado tiempo.

Pero no podemos pedir prestado el futuro.

Oscar A. Heredia Vargas es Analista político y económico.

Ex Rector de la UMSA.

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