Pablo Cingolani
Como caballos que se aparecen
en la noche que huye, esta lluvia que hiela
pastando en la soledad sin fisura
sólo poblada por dioses en silencio
acude a mí la memoria, y no la esquivo
porque sería en vano, y deshonra.
Ella se arrima al único fuego posible.
Al de mis dedos, que insisten y la cortejan.
Se que me causará dolor, pero la atrapo
y la amparo en mi pecho. Al fin y al cabo,
las heridas son huellas y la memoria,
todas las huellas y las heridas juntas.
Son montañas de tierra ocre y bermeja.
Son las hojas de coca que al caer me estremecen.
Es la voz de Sebastián Durán y un mapa heroico.
Son los muertos― ¡El Esteban! ―de esa curva traicionera
cuando recién abrieron el camino de los cóndores.
Son todos los muertos.
Y me duele. Pero también me acompañan
hundiendo su blanca caricia en esta hora negra
donde hasta las estrellas desertan y no queda
ni pan ni soga. Siento a los corceles atravesándome
y así está bien. Al menos ellos, no le tienen miedo
al vacío, al frío, al abismo y a la noche.