Cuando uno escucha algunos debates sobre el dólar en Bolivia, pareciera que el tipo de cambio fuera como un niño malcriado al que basta con darle una buena orden: “¡Está quieto, chico!”. Unos creen que el Banco Central puede fijar el precio eternamente con la sola fuerza de un decreto; otros piensan que basta con decir “flotación” para que el mercado encuentre mágicamente el equilibrio subiendo y bajando. Ambos extremos olvidan un pequeño detalle: el dólar tiene la pésima costumbre de obedecer más a la economía que a los discursos.
La reciente Resolución de Directorio 117/2026 del Banco Central de Bolivia intenta justamente abandonar esa vieja ilusión. La RD 88 había certificado el divorcio con el tipo de cambio fijo. La 117 viene a ser el manual de convivencia con la nueva pareja. Porque una cosa es anunciar que el dólar flotará y otra muy distinta explicar qué hará el Banco Central cuando esa flotación decida practicar clavados olímpicos todos los días.
La filosofía del nuevo reglamento es clara. El Banco Central afirma que intervendrá para reducir fluctuaciones excesivas y acumular reservas internacionales, pero sin defender un precio específico del dólar. Parece una frase burocrática, pero encierra un cambio enorme. Antes el objetivo era sostener un número. Ahora el objetivo es reducir la volatilidad.
La diferencia es importante. Defender un precio obliga a vender reservas internacionales cada vez que el mercado intenta romper ese techo. Suavizar la volatilidad significa aceptar que el dólar puede subir o bajar, interviniendo solamente cuando los movimientos amenazan con transformarse en pánico colectivo.
Para ello el reglamento introduce mecanismos modernos de intervención mediante operaciones directas y subastas electrónicas. En lugar de imponer completamente el precio, el Banco permite que el propio mercado ayude a descubrirlo. Es un saludable ejercicio de humildad. Después de todo, los mercados se equivocan con frecuencia… pero los gobiernos latinoamericanos y bolivianos han demostrado durante décadas que tampoco son precisamente infalibles.
Sin embargo, aquí comienza la parte realmente interesante. Mucha gente cree que el tipo de cambio depende únicamente de la oferta y demanda de dólares. Es verdad… pero solo a medias. El dólar también cotiza expectativas.
La macroeconomía moderna enseña que el mercado cambiario es probablemente el lugar donde más intensamente se compra y se vende el futuro.
El precio del dólar de mañana depende menos de lo que ocurre hoy que de lo que millones de personas creen que ocurrirá mañana.Imagine que durante una semana el dólar pasa de Bs 9,73 a 10,20; luego a 10,80, después a 11,30, más tarde a 11,80 y, finalmente, a Bs 12,15 .
Muchas personas concluyen que mañana volverá a subir. No porque hayan estudiado un modelo econométrico, sino porque eso es exactamente lo que vienen observando. Los economistas llaman a esto expectativas adaptativas. En el barrio tiene un nombre mucho más sencillo: “si sigue subiendo, mejor compro hoy antes que mañana”.
Y cuando miles de personas piensan exactamente lo mismo ocurre algo curioso. Compran dólares para protegerse. Esa mayor demanda hace subir efectivamente el dólar. La expectativa termina convirtiéndose en realidad. Es la famosa profecía autocumplida.
Pero las expectativas también pueden ser racionales. Los agentes económicos observan el déficit fiscal, las reservas internacionales, la inflación, la emisión monetaria, los créditos externos y la política económica. Si un gobierno anuncia, con credibilidad, que ingresarán $us 3.000 millones de organismos internacionales, muchas personas reducen inmediatamente sus expectativas de depreciación, incluso antes de que llegue el primer dólar. Los mercados descuentan el futuro.
El problema aparece cuando la información es confusa. Si el Banco Central comunica poco o comunica mal, cada persona construye su propia versión de la historia. Surgen rumores, especulación y mercados paralelos. Como decía un viejo operador financiero: la naturaleza detesta el vacío… y los mercados también. Cuando falta información oficial, los rumores trabajan horas extras.
A esto se suma otro ingrediente que durante mucho tiempo los economistas ignoraron: la psicología. Daniel Kahneman y Richard Thaler demostraron que las personas no siempre actuamos racionalmente. Tenemos miedo, imitamos al vecino y damos demasiado peso a las noticias recientes. Muchas compras de dólares no nacen de complejos modelos macroeconómicos, sino del clásico “por si acaso”. Y el “por si acaso” mueve más divisas de las que varios modelos matemáticos están dispuestos a reconocer.
Por eso la experiencia internacional ofrece una enseñanza muy clara. Perú interviene frecuentemente para reducir la volatilidad, pero nunca promete un precio fijo. Chile complementa esa estrategia con reglas transparentes y una comunicación impecable. Brasil utiliza derivados y swaps para estabilizar el mercado. Todos entienden que el verdadero activo de un banco central no son únicamente sus reservas: también es su credibilidad.
En el extremo opuesto aparecen Argentina y Venezuela. Allí los anuncios oficiales dejaron de ser la principal referencia y el mercado comenzó a creer mucho más en el dólar paralelo que en los comunicados del Banco Central. Cuando eso ocurre, las expectativas se desanclan y recuperar la confianza cuesta muchísimo más que recuperar las reservas.
La RD 117 representa, sin duda, un avance técnico importante. Bolivia se acerca a los mecanismos utilizados por bancos centrales modernos y dota al Banco Central de mejores instrumentos para intervenir. Pero conviene no confundir la caja de herramientas con la reconstrucción de la casa.
Uno puede comprar el mejor taladro alemán, un martillo japonés y un destornillador suizo con inteligencia artificial incorporada. Si no hay ladrillos, cemento ni madera, la obra seguirá detenida.
En política cambiaria ocurre exactamente lo mismo. Ningún reglamento reemplaza unas reservas internacionales suficientes. Ninguna subasta sustituye la disciplina fiscal. Ningún comunicado compensa indefinidamente la pérdida de credibilidad.
Porque, al final, el tipo de cambio siempre será hijo de dos padres. Uno es perfectamente visible: la oferta y la demanda de dólares. El otro es invisible, pero muchas veces más poderoso: las expectativas sobre el futuro.
Y quizá esa sea la mayor lección de la macroeconomía moderna. Los bancos centrales ya no administran únicamente reservas internacionales. Administran confianza. Y, como cualquier boliviano sabe: perder la confianza toma cinco minutos, recuperarla puede tomar muchos años.
Gonzalo Chávez es economista.