El populismo “no deja piedra sobre piedra”. A la corta o a la larga, lo destruye todo. No podría ser de otra manera. Su fin es construir hegemonía – alusión a Gramsci – ganando apoyo en los más amplios sectores de la población endulzándoles los oídos con promesas de todo calibre, cooptando a sus dirigentes vía prebenda y amenaza, con despliegue de campaña de engaños de alcance amplio e inagotable, inventando éxitos imposibles y achacando sus fracasos a sus enemigos. Reales o inventados.
Se trata de una suma de mentiras, corrupción y abuso de poder, artillería potente que se lleva por delante todo rastro de moral en aplicación de que “el fin justifica los medios”, proposición atribuida con error a Maquiavelo, quien en realidad presentó en su obra “El Príncipe” consejos a los políticos para hacerse del poder y reproducirse en él indefinidamente, sugiriendo conductas que expresan bien esas palabras. Obra inspiradora de Antonio Gramsci.
Bajo tal enfoque se contrapone ética y política, pues tanto el fin perseguido cuanto los medios aplicados para lograrlo disparan a muerte contra el Bien. Bajo tal enfoque, además, la ideología política sale sobrando. Por eso hubo populismo de derecha y de izquierda, en toda la gama posible, y hoy se constata que la política se ha convertido en un emprendimiento privado para beneficiarse sin otro esfuerzo que hacer campaña, y la mayoría de los políticos no tienen la más peregrina idea de otra cosa que no sea su ambición.
Uno de los ámbitos afectados por el populismo es el Derecho que, según la iusfilosofía, corresponde a la esfera del “deber ser”, distinta a la del “ser”; concepción racionalista de Immanuel Kant, desarrollada por Hans Kelsen.
La primera esfera, del “deber ser”, conforma un conjunto de aspiraciones constituidas en función de valores y enfoques desarrollados según los diferentes contextos. Siendo así, “el deber ser” es perfecto. En esta esfera se integran las normas, mandatos generales, abstractos, impersonales, obligatorios y coercitivos de hacer y/o no hacer, objetos ideales.
La segunda esfera, del “ser”, en cambio y al contrario, conforma un conjunto de realidades efectivas constituidas en función de las características de los diferentes contextos. Siendo así, el “ser” es imperfecto. En esta esfera se integran las fortalezas y debilidades de las interrelaciones sociales de las personas, objetos reales.
La efectividad del Derecho – la producción de las conductas aspiradas por parte de las personas (individuales y colectivas) y el logro de los objetivos de las normas – depende de la distancia que separa al “deber ser” y del “ser”. Si esa distancia es muy grande, las normas están condenadas al incumplimiento y a la inaplicabilidad, camino hacia el desuso. De allí la relevancia de tomar los recaudos necesarios para evitar ese desemboque cuyo efecto es el debilitamiento de la cohesión social y del estado de Derecho, ruta directa a la anomia.
Para garantizar un alto grado de efectividad del Derecho, la producción de normas debe sostenerse en una base suficiente de datos que establezcan: la situación actual del “ser”, con identificación de la problemática principal para orientar la formulación de los objetivos de las normas; el análisis de alternativas en función de los aportes doctrinarios, y el de discrepancias para minimizar los impactos negativos de las nuevas normas. Nótese que en este caso, los impactos a considerar recaen sobre la vida social, pues suele suceder que la solución de un problema o la satisfacción de una necesidad provocan el surgimiento de otros.
Bolivia ha sufrido desde hace mucho los embates populistas siendo esta nota uno de los factores a considerar en la explicación su dramática situación actual. Jorge Lazarte y H.C.F. Mansilla, entre otros académicos, han contribuido desde sus estudios y reflexiones al respecto.
En el contexto de la crisis multidimensional que aqueja al país y dentro de él al departamento de Tarija, el populismo tiene voceros que están promoviendo un proyecto de ley para aumentar la entrega de “canastas alimentarias” a las personas adultas mayores, financiadas con regalías por el gas. No saben – o fingen no saber – que desde 2014 hasta 2025, la reducción de ingresos por regalías es de 92%, y que el descenso continúa. Con tal de granjearse la simpatía de los “abuelitos”, no les importa que una ley como la que proponen nazca muerta por falta de condiciones reales para efectivizarse. Siendo formalmente adherentes de Rodrigo Paz y su jefe el Viceministro de Autonomías, enarbolan sin ruborizarse las banderas del MAS. Sabiendo o no. Entendiendo o no. En cualquier caso, representan a los azules.
Habrá que convenir que el daño inferido por el masismo al país es multidimensional, como la crisis que lo aqueja. Lo peor de todo: repercute en la cultura y amenaza desaparecer al Estado como señala con acierto en su último artículo Fernando Untoja, “De los tiempos líquidos a los tiempos viscosos”. Y la viscosidad es nauseabunda.