Miguel Alfonso Ávila
La sentencia resonó entre las ruinas de la hacienda como una condena ancestral, un eco de piedra que parecía brotar de las mismas entrañas de la tierra:
—Quédate en el corralón para siempre, hasta que te cases con el coronel.
Doña Elvira, la madre de Manuela, era una mujer de rostro endurecido por el viento y el orgullo, incapaz de albergar piedad por el sufrimiento ajeno. Su única e irrevocable ambición era entregar los sentimientos y el futuro de su hija al hombre más poderoso y temido de la región. Por eso, cuando el coronel arribó a la casona para pedir la mano de la joven, arrastrando las espuelas y consumido por un deseo oscuro que le devoraba el ánimo, doña Elvira lo recibió con una reverencia servil y una promesa inquebrantable:
—No se preocupe, coronel. Ella permanecerá encerrada en ese cuarto bajo siete llaves; de aquí nadie se la llevará. Es y será para usted.
Mientras tanto, en el silencio denso de las horas muertas, los pensamientos de los jóvenes amantes se entrelazaban a la distancia, burlando los muros de adobe. Manuela lloraba su desgracia de rodillas sobre la tierra húmeda del corral, pero el recuerdo del amor mutuo alimentaba un desesperado plan de fuga.
Una noche sin luna, donde la oscuridad parecía absorber cualquier rastro de vida, Anselmo logró burlar a la guardia somnolienta. Con un sigilo felino, rompió los eslabones de la cadena que aseguraba el portón y la tomó de la cintura. Escaparon sigilosamente, envueltos en el chirrido áspero y constante de las cigarras y el canto lúgubre de una lechuza que, oculta en el hueco de un viejo toborochi, actuó como el único testigo silencioso de la afrenta.
Corrieron sin mirar atrás, adentrándose en los montes indómitos. Atravesaron la densidad asfixiante de la selva tropical, desafiaron el filo rocoso de las serranías y cruzaron llanuras infinitas que parecían estirarse para resguardar su secreto del resto del mundo. Durante un breve y luminoso período, se amaron sobre la hierba espesa, desenterrando aquel afecto prohibido que les había sido negado en el pueblo.
Llegaron finalmente hasta la costa del río, exhaustos pero con el corazón encendido, creyéndose al fin a salvo de la tiranía. Sin embargo, el tiempo ganado al destino fue dolorosamente insuficiente. Años después, cuando la rutina de la libertad se había vuelto su único hogar y mientras contaban almejas y caracoles en la orilla del río bajo el sol de la tarde, el destino los alcanzó: los hombres del coronel, armados y sedientos de sangre, los rodearon sin darles oportunidad de defensa.
Manuela fue arrastrada a golpes de vuelta al tormento de su antiguo hogar. A partir de ese día, cada tarde, su madre le imponía con crueldad una infusión de haba, un brebaje amargo y espeso diseñado por las curanderas locales para borrar los recuerdos de la memoria y sanar lo que la anciana consideraba un pecado imperdonable del alma.
Para Anselmo, el castigo fue infinitamente más despiadado. El coronel, herido en lo más profundo de su orgullo de macho y militar, descargó toda su furia acumulada sobre el cuerpo del joven. No se conformó con golpearlo hasta el cansancio; ordenó un suplicio metafísico, una tortura bruja y perversa: arrebatarle sus vivencias directamente del espíritu y usurpar su juventud como si fuera una propiedad material tangible.
—Lo esconderemos en el sótano de mi casa —sentenció el militar con una sonrisa torcida—, para que nunca vuelvas a encontrarte, desgraciado.
Hicieron falta las manos de varios soldados corpulentos para someterlo, atándole las extremidades a postes de madera mientras el coronel, mediante un ritual oscuro y silencioso, extraía uno a uno los años dorados de su víctima para encerrarlos en un pesado baúl de madera de pino, sellado con un candado de hierro.
Acto seguido, despojado de su vitalidad, Anselmo fue conducido ante el pelotón de fusilamiento. Al estallar la ruidosa descarga, mientras las balas le perforaban el pecho y lo hacían caer pesadamente sobre las calles polvorientas del pueblo, el joven experimentó una última y desgarradora clarividencia: sintió el aroma de la decadencia del mundo y supo, en la distancia, que Manuela también se apagaba, consumida por la pena y el olvido forzado. Su cuerpo maltrecho quedó abandonado a la lástima de los vecinos, pero su espíritu ya pertenecía a otro plano de la existencia.
Desorientado en el umbral brumoso de la muerte, el espectro de Anselmo despertó entre una maraña de árboles retorcidos y sombras flotantes. Sentado sobre troncos podridos por la humedad eterna de las ciénagas, intentaba leer en vano las líneas de sus manos vacías, que ahora eran translúcidas como el agua de los arroyos.
Perdido en la niebla de su propia memoria mutilada, comprendió al fin que lo habían asesinado. Impulsado por una fuerza mística y ancestral, comenzó a deambular por el mundo de los destierros, recorriendo cada porción de tierra que había pisado en vida para recoger, como quien junta cuentas de un collar roto, los fragmentos dispersos de su identidad.
Llegó así, convertido en una brisa fría y una presencia incorpórea, a las puertas de la gran fortaleza de adobe del coronel. Tuvieron que transcurrir tres generaciones completas —un largo y denso letargo que pesó sobre la casa como una sucesión de preñeces interminables y lutos mal llevados— para que el equilibrio cosmológico cambiara.
Durante todo ese tiempo, el coronel envejeció amargamente en su silla de mimbre, maldiciendo la invisible pero constante cercanía de Anselmo, a quien presentía en los crujidos del techo. Mientras tanto, en un rincón olvidado de la comarca, Manuela moría anciana y en el olvido absoluto de su mente terrenal, liberando al fin su alma hacia los campos infinitos.
Fue una tarde tibia y estancada, de esas donde las gallinas permanecen envaradas por el calor y las manivelas de los pozos lucen empolvadas por el abandono, cuando Anselmo —ya plenamente asentado en su condición de aparecido— bajó al sótano de la casa señorial para recuperar lo suyo.
El coronel, arrastrando sus últimos alientos de vida y guiado por un frío presentimiento que le erizó la piel senil, descendió también las escaleras de madera, encontrándose cara a cara con la sombra de su pasado. El polvo denso flotaba como motas de oro atrapadas en los haces de luz que cruzaban las gruesas paredes de adobe. Las aves nocturnas, asustadas por la irrupción, batían las alas con estrépito bajo los catres derruidos, mientras Anselmo deshacía con manos trémulas pero decididas las telarañas que cubrían el viejo baúl.
—Sabía que eras tú… —articuló el coronel con voz rota y cavernosa, aferrándose con fuerza a su bastón de mando—. Llevo tres generaciones sintiendo tu sombra pegada a mis espaldas, secándome la sangre. ¿A qué has venido, maldito aparecido? ¿No te bastó con que te regara el pecho con plomo?
Anselmo se giró lentamente. Era incorpóreo, una silueta de humo gris, pero sus ojos brillaban con una fijeza tan antigua y poderosa que hizo crujir los maderos del techo.
—El plomo solo mata lo que puede podrirse, coronel. Vengo por lo que me pertenece. Vengo a abrir el baúl que llenó con mi juventud.
El viejo soltó una risa seca, un estertor que terminó en una tos ahogada y sanguinolenta:
—¡Tu juventud! Esa madera vieja no contiene nada. Lo que se guarda se olvida, y lo que se olvida muere. Te quité tus años dorados para pagar tu osadía y dejarte vacío. Manuela fue mía por derecho de poder, y tú fuiste borrado de la faz de la tierra.
—Se equivoca —respondió Anselmo, dando un paso al frente. El aire del sótano se volvió denso de golpe, impregnado de un repentino y nítido olor a selva húmeda, a tierra mojada y a libertad—. Manuela nunca fue suya. Su madre vendió un cuerpo, pero el alma se nos escapó aquella noche sin luna, bajo el toborochi. Mírelo bien…
Con una firmeza que desafiaba las leyes de los vivos, el espectro levantó la pesada tapa de madera. Al abrir el recinto, los años robados salieron disparados por el aire en forma de ráfagas luminosas, sorprendidos por la asombrosa velocidad con la que había transcurrido el siglo exterior. El olor de lo que había estado oculto por décadas —el aroma a juventud, a mañanas de campo y a besos robados— se extendió por la habitación, subió por las rendijas hasta la copa de los abetos, tocó las nubes y alcanzó las estrellas del firmamento.
El coronel retrocedió a tropezones, tapándose el rostro arrugado con las manos temblorosas, aterrorizado por el destello cegador de los recuerdos que inundaban la penumbra del sótano.
—¡Cierra esa maldita caja! Ese brillo me quema los ojos… ¡Guardias! ¡Sáquenlo de mi casa!
—Nadie lo oye, viejo lobo —sentenció Anselmo con una calma implacable y eterna—. Sus soldados ya son polvo en el cementerio y su fortaleza se cae a pedazos sobre su cabeza. El despojo ha terminado.
El coronel cayó de rodillas sobre la tierra batida, sintiendo que el aire le faltaba en el pecho marchito y que el corazón se le detenía.
—Ella… Ella murió en el olvido… —gimió el anciano, buscando una última victoria—. El brebaje de haba debió borrarte de su mente para siempre…
—El brebaje amargo borró los nombres y las fechas, pero no el amor, porque el amor no reside en la memoria de la cabeza, sino en el tejido del alma —explicó el aparecido—. Ella ya está libre en los campos, esperándome. Y yo solo he estado esperando esto: su último suspiro para que la balanza se nivele.
—No… no me dejes solo en este sótano… —suplicó el anciano con los ojos fijos en la nada, sintiendo cómo el hielo definitivo de la muerte le invadía las entrañas y le congelaba los pensamientos.
Anselmo no respondió. Tomó el destello intacto de su pasado —el recuerdo eterno y bellísimo de Manuela sonriendo, joven y radiante, tendida sobre un campo de margaritas en flor— y lo guardó tiernamente en el centro de su pecho incorpóreo. Luego, miró por última vez al hombre que se apagaba en el suelo, convertido ya en una carcasa vacía.
—Ya no hay sótanos para mí, coronel. Solo cuentas pendientes en la eternidad.
El espectro se sentó por un breve instante junto al baúl ahora vacío, esperando pacientemente a que el último aliento del militar abandonara el cuerpo, para salir juntos al patio, dejar atrás las ruinas de la hacienda y marcharse, por fin, a buscar a su amada en los campos infinitos del más allá.