Una entrevista alterada con mala fe, el descuido editorial en uno de los periódicos más relevantes del país, la dolosa fabricación de contenidos falsos y, sobre todo, las ganas de muchos para creer mentiras con tal de que coincidan con sus prejuicios han confirmado, con motivo de las declaraciones atribuidas a Carlos Monsiváis, que la verdad en tiempos de polarización puede ser muy escurridiza.
Las inconsistencias en la entrevista que El Universal publicó en línea el 21 de junio fueron señaladas por varios de quienes leímos y conocimos a Monsiváis. En ese texto había expresiones ajenas al sarcasmo y la inteligencia que lo distinguieron, así como discrepancias con sus también manifiestas —y discutibles— afinidades políticas. Las descalificaciones a Andrés Manuel López Obrador no aparecían en otras versiones, publicadas antes, de la misma conversación. Es claro que Edmundo Cázarez entrevistó a Monsiváis a fines del siglo pasado y todo indica que, al menos en la versión que entregó a El Universal, añadió elogios a sí mismo, así como las afirmaciones que han sido desmentidas y que ese periodista no pudo comprobar con la grabación de la charla.
Muy pronto hubo observadores que con agudeza señalaron contradicciones en esa entrevista, destacadamente el historiador Harim B. Gutiérrez, en un hilo que inició en X el 22 de junio. El periodista Marco Levario Turcott, que inicialmente creyó que era cierta, luego subrayó con detalle, el día 23, las inconsistencias de esa entrevista. Tanto Gutiérrez, como Levario, identificaron en la hemeroteca la publicación de ese texto en El Sol de México, en dos partes, en agosto de 1999. Levario y Orquídea Fong analizaron la entrevista en el sitio de etcétera el 24 de junio. Junto a esos textos, circularon muchos cuestionamientos de quienes consideraban falseadas las palabras y convicciones de Monsiváis.

Las secuelas de ese incidente han sido bien conocidas. El periódico inicialmente respaldó la entrevista. Luego, los señalamientos de fraude se extendieron, e inclusive la presidenta Sheinbaum dijo que “la podredumbre a la que llegó El Universal es de no creerse” y el diario preparó su rectificación. Cuatro familiares de Monsiváis rechazaron las afirmaciones polémicas atribuidas a él. Como el autor de la entrevista no entregó la grabación que decía tener, El Universal ofreció disculpas y la retiró de su sitio en línea.
Este episodio confrontó a los más fanáticos entre los dos bandos de la polarización política mexicana de nuestros días. Los antiobradoristas más radicales, quisieron creer que las supuestas declaraciones de Monsiváis eran ciertas porque descalificaban política y personalmente al hoy ex presidente. Los morenistas más silvestres están convencidos de que la entrevista fue fabricada como parte de una ofensiva de la derecha, de la que El Universal sería un ariete destacado. Pero no hay motivos para considerar que ese periódico quiera alterar la cuidadosa relación que tiene con el gobierno, sin complacencia excesiva y con cierto margen de crítica. Lo más probable es que, sencillamente, el periódico haya sido víctima de su propio descuido.
En todos los medios los controles editoriales, que en México nunca fueron especialmente rigurosos, se han quebrantado. Antes, en todos o casi todos los diarios había personal de redacción que revisaba las colaboraciones de los articulistas, enmendaba errores de ortografía y arreglaba la sintaxis cuando hacía falta. Si en ese texto se mencionaban asuntos delicados que requerían de más respaldo o explicaciones, se ponía a consideración del autor y de los directivos del medio de comunicación. O, en épocas más distantes, eran censuradas las líneas o párrafos incómodos. Con la crisis financiera pero también profesional que experimenta toda la prensa, la revisión de textos ha desaparecido casi por completo.
En todos los diarios se pueden encontrar artículos con errores y contradicciones o insuficiencias. A menudo las colaboraciones, e inclusive notas de los reporteros, se publican tal y como son entregadas. No es difícil que eso haya ocurrido en esta ocasión, en El Universal. A muchos indignados con la entrevista les parece inconcebible que, antes de publicarla, no le haya solicitado la grabación a Edmundo Cázarez. En realidad, esa práctica no existe en las redacciones mexicanas. Los medios confían en sus reporteros y colaboradores y, salvo en casos muy excepcionales, no les piden respaldo documental que avale sus textos. ¿Debiera haber más rigor? Sin duda. ¿Hay condiciones para que lo haya? Por desgracia, en estos tiempos de publicación acelerada y restricciones económicas es difícil que las empresas de medios inviertan en supervisión y verificación. Ojalá que así fuera y que compitieran ofreciendo más calidad, en vez de velocidad y cantidad de sus contenidos.
Al ser menos confiables, los medios tradicionales dejan de constituir los grandes referentes de la conversación pública que fueron durante casi todo el siglo XX. La gente confiaba en el diario que leía cada mañana porque se identificaba con él y porque, en términos generales, estaba hecho de manera profesional. Ahora, la autoridad de los medios profesionales se difumina en un entorno saturado de versiones digitales de toda índole. Como hay variados enfoques, elegimos los que nos gustan más. Eso les ocurrió a comentaristas y personajes públicos de seriedad reconocida pero que, como les parecieron convenientes, propagaron y de esa manera avalaron las estridentes declaraciones atribuidas a Monsiváis.
Columnistas, dirigentes de la oposición y una gran cantidad de ciudadanos enfadados con la retórica populista y los abusos del morenismo, aplaudieron las descalificaciones contra López Obrador aparentemente dichas por el autor de Días de guardar. Algunos, rectificaron. Otros, han querido seguir considerándolas ciertas. Hubo profesionales del estruendo y la polarización, como la senadora Lilly Téllez, que amplificaron irresponsablemente esas afirmaciones.
Los ciudadanos, ante versiones encontradas como las que se difundieron acerca de la adulterada entrevista, quedan perplejos o toman partido más allá de los hechos. La confusión suscitada por esas supuestas declaraciones, creció cuando circularon varios contenidos falsos creados con inteligencia artificial. Especialmente, se propagó una fotografía que muestra a Monsiváis con un muy joven López Obrador en el Zócalo. Esa imagen tiene las sonrisas impostadas y los símbolos estereotipados que suelen colocar los modelos de inteligencia artificial. La bandera que ondea con una perfección inusitada —como si hubiera un intenso viento que no se aprecia en el resto de la foto—, el autobús con siglas que no se usaban en esos vehículos, o la parte trasera de un automóvil que desaparece detrás de los personajes principales, son detalles que indican el carácter artificioso de la foto. No hay que indagar mucho para descubrir que la imagen de Monsiváis fue hecha a partir de un retrato —con lentes, ropa y semblante idénticos— que se encuentra en línea, y que la de López Obrador muy joven fue creada a imitación de esta otra.
Aunque notoriamente falsa, esa fotografía fue tomada como auténtica por personas que deseaban confirmar la hipotética amistad de Monsiváis con López Obrador desde que éste era joven. Algunas plataformas que verifican contenidos de inteligencia artificial diagnostican que la fotografía es verdadera, pero la mayoría indica que es una imagen sintética. En realidad, ningún sistema de esa índole reconoce de manera completamente fiable las imágenes, ni los textos hechos con IA. Cada quien puede elegir el dictamen que convenga más a sus conjeturas. El sitio Infodemia.mx, que es órgano de propaganda del gobierno mexicano, denunció como falsa la foto de Monsiváis y AMLO apoyándose en un detector de IA. Tuvo razón, en esta ocasión. Pero en otras se ha equivocado como cuando, presuntamente a partir de un detector en línea, aseguró que la imagen de una mujer que tomaba el sol en una ventana de Palacio Nacional era falsa.
Abrumados con imágenes y sonidos elaborados de manera sintética, estamos dejando la certificación de esos contenidos en manos (o en los algoritmos) de la inteligencia artificial. Con IA se confeccionan videos y fotos para engañarnos. Con IA queremos distinguir falsedades, de situaciones reales. Esa dependencia de los sistemas automatizados desplaza a la observación analítica y al sentido común cuando nos enfrentamos a contenidos dudosos. Entre los antiamloístas entusiasmados porque creían tener pruebas de una temprana conducta vergonzante de López Obrador, nadie se preguntó por qué esa foto, que muestra a personajes tan relevantes, no se había difundido antes. Tampoco se preguntaron de dónde surgió precisamente ahora, pero muchos la reenviaron alegremente en sus redes.
Lo mismo sucedió con una imagen, también falsa, de la primera vez que se publicó la entrevista, en 1999 en El Sol de México. Confeccionada para hacer creer que algunas de las declaraciones sobre AMLO se habían publicado desde entonces, esa imagen es distinta al diseño del mencionado periódico y el texto aparece firmado por una persona que no es Cázarez. También circula un video, mal hecho pero que engaña a algunos, en donde aparece Monsiváis, con una voz distinta a la que tenía, diciendo algunas de las frases que se le atribuyeron falsamente en la entrevista.
El periodista @Ayax demostró, en un detallado texto el 28 de junio, que en otras ocasiones Cázarez ha modificado entrevistas que ya había publicado.
La publicación en El Universal de una entrevista adulterada por el mismo periodista que la realizó hace más de un cuarto de siglo pudo haber sido resultado de un descuido editorial. Luego, la fabricación de imágenes falsas ha sido parte de una operación distinta, burda pero insistente, para alentar la confusión acerca de la personalidad y los propósitos de AMLO.
López Obrador destruyó instituciones democráticas, es culpable por negligencia de la muerte de centenares de miles de mexicanos durante la pandemia, toleró la corrupción de allegados suyos, permitió la expansión del crimen organizado con su dolorosa cauda de asesinatos y desapariciones y posiblemente se puedan demostrar complicidades suyas con delincuentes. Hay que juzgar y repudiar al hoy ex presidente —y, así, a quienes lo defienden— por lo que hizo y dejó de hacer. Refocilarse en murmuraciones, por añadidura falsas, mantiene en el centro de la discusión a ese personaje sin cuestionar sus verdaderos abusos. Las mentiras nunca son un recurso de la democracia, ni de los demócratas.
Raúl Trejo Delarbre es Investigador Emérito en el Sistema de Investigadoras e Investigadores. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia e Inteligencia Artificial, conversaciones con ChatGPT.