“La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia.”

Gabriel García Márquez 

Márcia Batista Ramos

¿Hasta cuándo los gobiernos latinoamericanos no asimilaran que la vida es sagrada?

La violencia nunca es legítima y hoy se repite, una vez más, la escena de las fuerzas del orden utilizando las armas contra el pueblo como método para eliminar las posibilidades de disenso. Sin el menor resquemor, meten bala al pueblo desarmado que juraron defender.

Está vez, es al pueblo colombiano a quien intentan acallar. Digo está vez, porque recientemente, fue Chile que vivió el dolor y la impotencia de ver a sus hijos torturados, asesinados y cegados… en un intento de acallar sus voces y conciencias.

Es la eterna repetición de ajusticiamiento de justos. Y asesinatos de héroes.

Está vez, en mayo, mes de las madres, hay madres que lloran a sus hijos en Colombia; país hermano que no logra superar el estigma de la violencia, por las guerrillas, narcotráfico y ahora, sus propios soldados disparando a matar en contra de los manifestantes, que apenas buscan resolver sus necesidades insatisfechas.  En un escenario con muchos resquicios de una cultura señorial, que se remonta a los tiempos coloniales, basada en la demagogia igualitaria que, normalmente, no logra disfrazar la violencia clasista y racista, mientras se mantiene a costa de los explotados y sometidos.

Una vez más se repite el genocidio, porque en Latinoamérica estamos, toda la vida, viviendo el mismo drama de la brecha económica muy profunda, el poder girando alrededor de un mismo entorno familiar o grupal, por más de un siglo y visando apenas, intereses personales o corporativos. Los gobernantes olvidándose, eternamente, de manera inescrupulosa, que son servidores públicos, que deben buscar subsanar las necesidades de las mayorías, al margen de saber que las necesidades son infinitas y los recursos finitos, deben trabajar en el intento de buscar un equilibrio; y ante esta disyuntiva, no lo hacen, por el contrario, se apoderan del aparato estatal y manejan la cosa pública como siendo privada, conforme a sus intereses.

Ante la insatisfacción, el pueblo marcha y grita su rabia contenida. El Estado responde con la brutal represión militar para contrarrestar a los hambrientos, desnudos, desarmados, pacíficos, provocadores.

¡Ah! El pueblo, es el que día tras día tiene que apiñarse en el transporte público. Es el que trabaja duro, pero, siempre está al margen de poder adquirir los bienes que la sociedad de consumo ofrece. No tiene acceso a la salud, educación, trabajo digno o sueldo justo.

Entonces, el pueblo históricamente excluido, cansado de acumular frustraciones y luchas vanas, sale a la calle, porque el derecho a protestar, el derecho a ir y venir libremente, son derechos humanos, conquistados y aceptados internacionalmente. Y la gente que está harta de esperar que los gobernantes trabajen por justicia social, sale a la calle a exigir sus derechos, a reclamar un futuro más digno y como respuesta, por parte de Estado inepto, encuentra la represión y la muerte.

Las resistencias y aguantes colectivos del pueblo colombiano, afloraron al unísono y el Estado responde con el guion de siempre: “al terrorismo, vías de hecho, vandalismo… ¡hay que meter bala!” Con mentiras, justifican los atropellos y crímenes de las fuerzas del Estado contra la población civil.

Ya estamos frente a un nuevo genocidio en la región. Y no hay Dios que nos socorra. Los organismos internacionales, jamás, están al lado de los pueblos. De derecha, izquierda o de cualquier rincón del infierno, no importa, los organismos internacionales defienden los gobiernos, pues, detentan el dinero y el poder.

Tal vez, después, alguien vendrá a construir un monumento en homenaje a los caídos

(la ironía y falta de humanismo de los gobiernos, apesta).

Hace mucho tiempo que mi amada patria latinoamericana está herida de muerte, y resiste con terquedad al inmenso dolor, mientras se desangra a borbotones por doquier que se la mire. Si la llamo Justicia veo a Bolivia que se ahoga en sus lágrimas de sal sin poder pronunciar una sola palabra. Si la llamo Cordura veo a mi Brasil que se inunda en la insensatez más grande del mundo. Si la llamo Libertad veo a Nicaragua secuestrada. Puedo mirar a la encarcelada Venezuela o a la despellejada Argentina…Empero, hoy, lloro por ti, Colombia.