Homero Carvalho Oliva
Nadie es la patria, pero todos lo somos. La patria, Jorge Luis Borges
Los cincuenta días de bloqueos nos hicieron repensar nuestro país. Las redes sociales fueron la arena en la que combatían cristianos y gladiadores. Algunos con ensayos eruditos, otros con comentarios breves, ya sea para proponer o para descalificar al otro (ad hominem). Lo que sucedió en esos días de crisis política, económica y social derivó en el cuestionamiento de nuestra existencia como nación y como Estado, así que se me ocurrió escribir sobre estos simplemente para invitarlos a buscar alternativas a la polarización.
Recordé una escena en la terminal de buses de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra: un grupo de pasajeros, varados desde hacía días, esperaba noticias sobre los bloqueos que les impedían viajar a sus destinos en otras ciudades del país. Sin conocerse previamente y estimulados por la necesidad de hablar de la situación crítica que vivía el país, buscaban culpables: el gobierno y la oposición; Evo y la derecha. Algunos lamentaban los muertos por los conflictos y otros creían que se lo buscaron. Como era de esperarse, la discusión subió de tono hasta enfrentar a las personas que, con sus peculiares acentos lingüísticos, mostraban que eran de diferentes partes del país.
El concepto de nación es una construcción cultural, histórica y psicológica. Una nación existe porque la gente decide imaginarse como una unidad. Benedict Anderson llamó a eso una “comunidad imaginada”[1]: millones de personas que jamás se conocerán, pero que sienten que comparten una historia. Para otros autores, una comunidad política es un plebiscito cotidiano implícito de seguir perteneciendo al mismo destino. Las naciones modernas son fenómenos fabricados por las élites: mitos, símbolos patrios y la propia historia plagada de falacias.
Cuando ese relato se rompe y el «otro» deja de ser un compatriota y pasa a ser un enemigo, la nación comienza a desmoronarse silenciosamente. La historia nos demuestra que las naciones no suelen destruirse desde afuera, sino desde sus propias entrañas, carcomidas por virus sociales muy específicos. La desigualdad extrema convierte al pacto social en una burla cuando unos poseen privilegios y otros permanecen en el olvido y la polarización política. Ese discurso maniqueo divide al mundo entre buenos y malos. No se puede llegar a ser nación sin una igualdad jurídica real, donde todos se sientan miembros plenos de la comunidad política.
Revisitando la casa
En lo que a Bolivia se refiere, en la Constitución Política de 1826, el Artículo 1 establecía que “La Nación Boliviana es la reunión de todos los bolivianos”; a lo largo de nuestra historia republicana, todas las constituciones han dicho más o menos lo mismo. En la vigente del año 2009, el Artículo 3 establece que: “La nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y los bolivianos, las naciones y pueblos indígena originario campesinos y las comunidades interculturales y afrobolivianas que en conjunto constituyen el pueblo boliviano”.
Cada gobierno hereda un país y anuncia uno nuevo, una especie de redención, como si la historia aceptara devoluciones; en una refundación constante que no permite que el cemento de la identidad termine de fraguar. La celebración y la fiesta construyen la narrativa de nación, pero no es suficiente si el pasado siempre está presente. Los traumas del pasado, las guerras civiles o las profundas divisiones étnicas requieren una narrativa que actúe como bálsamo. Sin ese relato que integre el dolor y la reconciliación, el pasado fragmentado impide el futuro común. Nuestra diversidad cultural, mal gestionada, se ha convertido históricamente en un campo de disputa política, cuando podría ser nuestra mayor fortaleza como nación. Nuestras diferencias parecen irreconciliables hasta que juega la selección o sube el precio del pan.
Es aquí donde surge el debate intelectual y político ineludible: ¿somos un Estado fallido o una nación inconclusa? Por un lado, está el argumento del «Estado fallido», que apunta a la estructura del poder y al hecho de que el Estado perdió el monopolio de sus funciones esenciales y existen territorios en los que el aparato estatal no existe; es una sombra ante poderes fácticos o corporativismos sindicales. Los tribunales dejaron de ser árbitros para convertirse en apéndices del partido de turno; el ciudadano perdió la fe en la ley; desconfiamos tanto del Estado que, cuando una institución funciona, creemos que se equivocó de país.
Nuestra economía, dependiente de la exportación de materias primas, el extractivismo inmune a las ideologías, oscila entre la opulencia embaucadora y la crisis, sin ninguna previsión futura. Pienso que somos un Estado donde se viven a la vez tiempos y mundos distintos que conviven de forma conflictiva. Somos una sinfonía de geografías, culturas y cosmovisiones, pero a menudo esa riqueza se convierte en trinchera. La constante tensión entre Oriente y Occidente, entre la pujanza agroindustrial, la tradición minera y la cosmovisión andina —alimentada además por los relatos distorsionados de nuestra historia—, ha sido instrumentalizada por liderazgos ávidos de hegemonía, regionalismos exacerbados, basados en estereotipos que nos impiden vernos a los ojos. (Los intelectuales marxistas seguramente citarán a Gramsci y sus hegemonías culturales).
Los orígenes del mal
Un diagnóstico, más sociológico e histórico que habla de la «Nación inconclusa», parte del mismo nombre del país: Bolivia, en homenaje a un libertador que, sin embargo, no combatió nunca en la Audiencia de Charcas; la figura de Simón Bolívar opaca a los patriotas que lucharon durante dieciséis años por nuestra libertad. Los Estados latinoamericanos son el resultado de un largo proceso político iniciado tras las guerras de independencia, cuyo objetivo nunca fue la Gran Colombia, sino fabricar diferencias donde antes predominaban las continuidades culturales, lingüísticas y sociales; creando identidades nacionales para diferenciarnos de los demás países. Somos parte de la invención permanente de naciones que nunca estuvieron completamente terminadas; era más importante destacar las diferencias que buscar las cosas que nos unían. Llevamos dos siglos construyendo diferencias entre cambas, collas, chapacos, chaqueños, indígenas, mestizos y urbanos, para luego lamentar que no exista un nosotros suficientemente sólido. Tal vez la nación no se nos rompió: tal vez nunca dejamos de fragmentarla mientras intentábamos construirla.
En fin, nos llamamos Bolivia y tenemos doscientos años de historia compartida y, cada vez, que nombramos lo boliviano, estamos inventándonos como nación, porque las palabras crean la realidad.
Fue el indígena aymara Pablo Zárate, el temible Willka, quien anticipó una fractura que después otros intelectuales interpretarían como la coexistencia de varias Bolivias y, en la Proclama de Caracollo, emitida el 28 de marzo de 1899, durante la Guerra Federal, planteó la Regeneración de Bolivia: “Deben respetar los blancos o vecinos a los indígenas, porque somos de una misma sangre e hijos de Bolivia; deben quererse como hermanos con los indianos… Hago prevención a los blancos… para que guarden el respeto con los indígenas… “Los indígenas, los blancos, nos levantaremos a defender nuestra República de Bolivia”[2]. Willka y los otros líderes entendían a la nación boliviana como un ente mayor, sin perder su identidad indígena. En una lógica propia del mundo andino: “la complementariedad de los opuestos”, la inclusión en lugar del enfrentamiento. Esta propuesta sería radicalizada por Fausto Reinaga y su partido indio y los movimientos kataristas, que consideraron que el pacto sería imposible.
René Zavaleta Mercado habló de Bolivia como una «sociedad abigarrada»[3], un mosaico de culturas y tiempos históricos que coexisten sin terminar de integrarse. Nos falta un «Nosotros» nacional que, por ejemplo, aparece circunstancialmente en la nostalgia del litoral perdido que se asemeja al síndrome del miembro fantasma. A menudo, el ciudadano se siente antes camba, colla, chapaco o aymara, y solo secundariamente boliviano. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de Bolivia? ¿Qué piensa la chola andina que vende en un mercado cruceño o beniano? ¿La Paz y el andino centrismo encarnaron la nación? ¿Será que los sueños concebidos en la sede de gobierno se convirtieron en la pesadilla de los otros departamentos?
Quizá sea hora de buscar otras formas de Estado y dejar de satanizar algunos conceptos de la teoría política.
La nación está inconclusa porque el pacto de reconocimiento mutuo sigue postergado. Los conflictos sociales surgen por la ausencia de ese reconocimiento.
Bolivia discute su identidad como quien discute una herencia mal repartida. Basta subir a un minibús en La Paz durante un partido de fútbol para escuchar cómo el país cambia de humor en cada asiento. El hombre de la gorra oriental culpa al centralismo. La señora de pollera recuerda que el gas salió del sur, pero la pobreza se quedó en el altiplano. El universitario habla del litio como si fuera la última oportunidad de redención nacional y por eso mismo no hay que venderlo a nadie. Mientras tanto, el chofer lleva pegada en el parabrisas una calcomanía de The Strongest, una wiphala diminuta y una estampita de la Virgen del Socavón. En Santa Cruz, el camba urbano desayuna cuñapés mientras reniega del colapso vehicular y escucha en TikTok a un analista con entonación argentina explicar un país que él mismo no entiende. En El Alto, una adolescente vende cargadores chinos y transmite en vivo una entrada folklórica donde los caporales bailan frente a edificios sin revocar al lado de cholets con forma de Transformers: el capitalismo cholo aymara que se enfrenta al tradicional y mestizo de viejo cuño. ¿Tendrá algo que ver el pensamiento de la burguesía aymara con el Suma Qamaña?
La nación inconclusa no está en los discursos oficiales, sino en esa ansiedad cotidiana de un país que todavía no logra decidir si quiere parecerse a sus héroes, a sus muertos o a sus algoritmos. El país ya no solo se discute en los libros ni en el Parlamento; también se pelea en memes, en transmisiones en vivo, en comentarios escritos con rabia desde un celular y en videos de pocos segundos. Entonces cabe preguntarnos: ¿qué somos mientras no terminamos de ser?
¿Ser o no ser?
Debemos superar los prejuicios de que somos un Estado fallido porque, supuestamente, la historia nos condenó desde la Colonia, es decir todo lo malo que nos marcó en esos trescientos años, no quinientos, como insisten algunos. Nadie discute que la época colonial creó una manera de ser que hay que desmontar, pero no hay temas que la República no resolvió; que las élites republicanas cometieron injusticias como la apropiación de tierras indígenas, es cierto, pero también instauraron ciudadanía. Que la Revolución Nacional centralizó y que fue un ciclo inconcluso es innegable; como que sin ella seguiríamos luchando por el voto universal, para que la tierra sea de quien la trabaja, así como por la alfabetización. Que las dictaduras nos mostraron que la democracia, así con sus defectos, es la mejor forma de gobierno. Que el neoliberalismo agudizó las brechas económicas es tan cierto como que dio paso a la descentralización, que fortaleció a las regiones y redistribuyó los ingresos por habitante con la Ley de Participación Popular.
Es verdad que el Estado Plurinacional nos enseñó a reconocer nuestra diversidad cultural, e intentó encubrir, desde lo plural, algunas injusticias; sin embargo, despertó tensiones que estaban latentes; también nos mostró que la corrupción no era cuestión de color de piel, pese a las consignas de la “reserva moral”, que algunos intelectuales impusieron para secuestrar, desde lo indígena, la conciencia de la nación, sin tomar en cuenta que Bolivia es una casa en llamas.
Que, así como hay separatistas en el oriente, los hay en el occidente, que unos son blancos y otros son indios y, por supuesto, mestizos, mal llamados interculturales en la CPE. Ningún partido político nos representa a todos, pero sus partes también son nuestras. Que la corrupción está institucionalizada, lo que no significa que podamos superarla. Que no todos compartimos una región, una etnia, una religión, un idioma, un dolor, una alegría; pero que compartimos un territorio, un gobierno, una Constitución y una justicia plural cuya raíz es el Derecho Romano…
Que, en estos doscientos años, hemos cimentado cosas que nos unen en la música, en las fiestas religiosas, ya sea en los prestes andinos, entradas folclóricas o en la celebración del carnaval. En las tradiciones y en la cultura popular es donde mejor se representa el sincretismo religioso y lingüístico; es en estos y otros campos que se deberían evidenciar en la enseñanza escolar, como temas complementarios.
Que todos somos bolivianos, que somos nosotros y que este es el único país que tenemos; un país que ha pasado del estado gasífero al estado de la escasez y eso es lo que debemos administrar, incluyendo la economía del narcotráfico y la del contrabando. (Los socialdemócratas recordarán a Habermas y la necesidad de desarrollar diálogos democráticos, con la esperanza del entendimiento humano)
Nuestra narrativa se ha escrito desde la nostalgia de lo perdido —el mar, el Acre, el Chaco, la plata, la goma, el gas— o desde la idealización del pasado inca, la derrota como identidad y el resentimiento histórico; en lugar de mirar al futuro para diseñar soluciones.
Hoy esta fisura ya no se produce solamente en plazas, sindicatos o parlamentos. También sucede en la pantalla iluminada de un celular. Bolivia se ha transformado en un país que discute a gritos en Facebook, TikTok y WhatsApp, que automatizan y rentabilizan nuestro abigarramiento histórico. Las redes sociales han democratizado la palabra, pero también han multiplicado el resentimiento y la sospecha. El algoritmo recompensa la rabia y hace que todos tengamos razón al mismo tiempo; mientras más rabia provoca una publicación, más lejos viaja. Así, el adversario político deja de ser un compatriota equivocado y se convierte en enemigo mortal. La nación ya no solo se fragmenta en territorios: también en burbujas digitales.
Como escritor, prefiero ver estos síntomas como un desafío abierto, en el que debemos tomar en cuenta los debates contemporáneos en las redes y revistas digitales y pensar que el error radica en seguir midiendo a Bolivia con la vara del Estado-nación europeo decimonónico; el país no está incompleto, es simplemente otra forma de complejidad que la matriz colonial se niega a entender. Bolivia es un texto complejo, lleno de tachaduras, notas al margen y capítulos borrascosos, pero posee una vitalidad comunitaria innegable. Los cincuenta días de bloqueos demostraron que las regiones se necesitan, que lo produce un departamento lo compra otro o, de lo contrario, nuestra economía colapsa.
Sin embargo, varios investigadores, como Silvia Rivera, cuestionan la idea del pacto simbólico homogéneo que invisibiliza las autonomías indígenas y las memorias comunitarias; debemos comprender que Bolivia opera bajo lógicas de ch’ixi, decoexistencia paralela de opuestos, identidades, temporalidades y contradicciones sin llegar a fusionarse[4]. Por eso mismo quiero recordar que las naciones no solo se sostienen con constituciones, sino que sobreviven gracias a los relatos que se cuentan sobre sí mismas, es decir, desde ficciones.
Necesitamos pasar del desprecio y la desconfianza mutua a un pacto basado en la gratitud y el reconocimiento intersubjetivo, donde la diferencia sea vista como una fortaleza y no como una trinchera.
La nación y los arquetipos literarios
Como toda familia latinoamericana, también la nación tiene distintas versiones de la misma historia. Sin embargo, para entender esa urdimbre es necesario examinar los filos que intentan cortarla; veremos a algunos de los más emblemáticos escritores y escritoras.
En España encontramos a El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, publicado en 1605. En esta obra, a diferencia de las epopeyas que ensalzan a reyes, Cervantes tomó las llanuras polvorientas de La Mancha y situó allí a un hidalgo empobrecido y loco. Al fundar la novela moderna, dotó a la cultura hispánica de su rasgo identitario más profundo: la dualidad entre la utopía y la realidad, la capacidad de reírse de las propias desgracias y la dignificación del perdedor.
La Araucana, de Alonso de Ercilla, publicada en 1569, es un poema épico escrito por un conquistador español que, sin proponérselo, terminó fundando el imaginario nacional del pueblo que intentaba someter; es, literalmente, el acta de nacimiento poética de la chilenidad.
En México, tras la Revolución de 1910, el Estado institucionalizó la narrativa oficial de triunfo y progreso que intentaba dejar atrás “la noche triste o victoriosa” y comprendió que, para unir al territorio, necesitaba tanto una narrativa oral y escrita como visual. Rulfo, con una prosa fantasmal, desmontó esa ilusión. En cuentos como «Nos han dado la tierra», nos mostró a los campesinos caminando por un llano desértico, evidenciando el fracaso de las promesas revolucionarias. La nación rulfiana no está hecha de discursos patrióticos, sino de la memoria de los muertos y de la resignación de los vivos. De este modo se fue construyendo la narrativa del “México mestizo” y cósmico, donde el indígena y el campesino se convirtieron en los verdaderos guardianes de la patria, transformando un violento conflicto civil en el mito fundacional del México moderno.
En Argentina, José Hernández compuso con Martín Fierro, 1872. El escritor tal vez presentía que la única manera de construir la nación no era copiar ejemplos extranjeros, sino aferrarse a esa raíz dura y solitaria. Hernández humanizó al gaucho, dotándolo de un código de honor, de una filosofía de vida basada en la libertad, la lealtad al amigo y un estoicismo frente al dolor que se convertiría en el rasgo distintivo del carácter argentino. Con el tiempo, esta figura literaria trascendió las páginas y se mestizó con la realidad política y social: ¿El peronismo?
Sin embargo, la popularidad de esta obra ocultó la llamada Conquista del Desierto (1878-1885), un exterminio sistemático de los pueblos mapuche, ranquel y tehuelche, cuya violencia fundacional el Estado rioplatense convirtió en epopeya militar. Del mismo modo que La Araucana dio un alma a Chile o El Quijote definió el espíritu de España, Martín Fierro lo hizo con el sujeto marginado por el proyecto modernizador argentino sobre las cenizas de los pueblos indígenas.
Gabriel García Márquez convirtió a Macondo en el microcosmos no solo de Colombia, sino de América Latina. La violencia partidista, el olvido institucional y la magia de lo cotidiano encontraron en la palabra del colombiano el hogar de todos. Al igual que el vallenato pasó de ser música marginal a ritmo identitario, la obra de García Márquez le dio a Colombia una narrativa de exportación y un espejo para reconocer su propia circularidad histórica: la nación como repetición de errores históricos, guerras y soledad.
Estas obras demuestran que la literatura no solo refleja la realidad de una nación, sino que la dota de densidad mitológica. Sin estos textos, Chile, España y México tendrían leyes, mapas e himnos, pero les faltaría ese sustrato íntimo y simbólico que permite a sus habitantes responder a la pregunta de quiénes son cuando se apagan las luces de la retórica oficial. El uso de la literatura y la cultura como herramientas fundacionales es, precisamente, el mecanismo que dota de alma a las estructuras jurídicas y políticas de un Estado. Cuando los límites geográficos ya están establecidos, la literatura interviene para trazar las fronteras espirituales de una comunidad. La literatura inventa las mentiras vitales necesarias para el imaginario y la identidad nacional. ¿Se han preguntado cuánto hay de verdad en la historia oficial? ¿Si los héroes lo son de verdad verdadera?
Una cosa es cierta: Si un país no tiene tradiciones, la literatura las crea. Es la necesidad humana de verse reflejado en el mito para sentir que se pertenece a una comunidad trascendente. En el caso de Latinoamérica, todas las naciones parecen inventarse mientras se niegan a sí mismas. Quizá porque somos una colección de naciones que nacieron antes de consolidar sus Estados y que intentaron fundar ciudadanía sobre sociedades coloniales profundamente desiguales. Octavio Paz plantea que los países latinoamericanos viven entre la modernidad importada y la memoria profunda que raras veces termina de reconciliarse.
Los espejos literarios de Bolivia
En nuestro país, cada quien defiende lo suyo, lo regional antes que lo nacional. El federalismo emocional está presente cotidianamente. Si el tango es argentino, en Bolivia la Diablada es orureña, el taquirari cruceño o beniano. Somos tan mezquinos que, si preguntamos qué escritor boliviano hubiera merecido el Premio Nobel de Literatura, cada ciudad tendría su candidato y descalificaría a los demás por no ser del lugar. Nos cuesta construir un canon porque todavía discutimos quién tiene derecho a pronunciar el plural como si fuera una consigna política. Recuerdo que, hace años, un buen poeta orureño fue el único boliviano incluido en una antología de poesía que reunía a poetas de todo el mundo; un suplemento cultural paceño realizó una encuesta para demostrar su desacuerdo y sugirió varios nombres de vates nacidos en las faldas de esa montaña mágica que es el Illimani.
Si las redes sociales muestran la fractura política, la literatura refleja y crea la histórica, recoge los pedazos que la política ha dejado caer, porque, para decirlo con Balzac: “la novela cuenta la historia íntima de las naciones”. Para entender de dónde venimos, debemos mirar los espejos que nuestros escritores nos han tendido desde el pasado hasta hoy. Hay obras en nuestra tradición literaria que no se limitan a contar una historia, sino que definen quiénes somos. Permítanme señalar algunos que, a mi juicio, dialogan con gigantes de la literatura universal, mientras discuten qué somos o quiénes somos.
Me voy a atrever a imaginar la nación a través de algunos libros y autores, repito “algunos”:
La concepción
Sospecho que antes de que existiera la República, antes de que siquiera soñáramos con ser una nación, ya Potosí lo imaginaba. Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, con su inmensa Historia de la Villa Imperial de Potosí, es nuestro primer gran cronista, el precursor que nos enseña a mirarnos con asombro. En sus crónicas, Potosí no es solo una ciudad minera; es el «ombligo del mundo», el escenario donde el destino de la humanidad parecía decidirse por la plata y el azogue. Arzáns mezcla lo milagroso con lo cotidiano y nos dio la conciencia de nuestra importancia histórica; aunque hoy Potosí sea una sombra de lo que fue, Arzáns nos regaló la gloria y la tragedia de haber sido el motor económico del planeta. Su obra proyecta una Bolivia que nació de la explosión de riqueza y de sacrificio, un origen épico que marcó el carácter minero de nuestro país para siempre. Sin la fabulosa riqueza del Cerro Rico a nadie se le hubiera ocurrido fundar una república en estas provincias lejanas.
La épica de la guerra
Juan de la Rosa, 1885, novela de Nataniel Aguirre, constituye una de las obras fundamentales en la construcción del imaginario heroico de la nación boliviana. A través de la memoria de los primeros días de la Guerra de la Independencia, la novela transforma la historia en una épica sentimental destinada a consolidar la idea de patria. La figura del niño narrador permite asociar el nacimiento de Bolivia con la inocencia, el sufrimiento y el heroísmo popular, mientras las Heroínas de la Coronilla encarnan la memoria del sacrificio nacional. La obra contribuyó decisivamente a forjar una identidad republicana basada en el civismo, la memoria histórica y el sentimiento patriótico. Sin embargo, no se la lee en estos términos.
Si buscamos el equivalente a las novelas de la Revolución Mexicana o a la balada de Los de abajo, de Azuela, encontramos en Augusto Céspedes al cronista de nuestra gesta más dolorosa del siglo veinte: la Guerra del Chaco (1932-1935). Sangre de mestizos, relatos de la Guerra del Chaco, humaniza al soldado boliviano y funda el imaginario nacional desde el sacrificio y el abandono de las trincheras donde se conocen bolivianos que hablan distintas lenguas y no saben quiénes son ni por qué pelean. Transformó la derrota militar en una victoria moral del pueblo boliviano y le dio a la nación un mártir colectivo: el soldado anónimo que dejaba su vida en el arenal y es capaz de redimirse en la insurrección popular de 1952. Es el libro que nos explica por qué, en Bolivia, la resistencia y la capacidad de sufrir sin perder la dignidad son parte central del ADN nacional.
La selva y la frontera
Mientras, en el 1900, el mundo se obsesionaba con la industrialización, el oriente boliviano vivía su propia gesta: la época del caucho. Siringa, 1946, de Juan B. Coímbra, es la novela que nos cuenta esa aventura, esa fiebre del oro blanco que se llevó vidas y fortunas en la espesura. Coímbra nos lleva a la selva profunda, laberinto verde donde el hombre se mide con la naturaleza hostil. Es nuestra novela de frontera, similar a las aventuras de la Amazonia brasileña, pero con el sello inconfundible de la bonanza cauchera boliviana. Incorpora la selva y el río al imaginario patrio. Nos recuerda que existía y existe otra Bolivia, de ríos caudalosos, de hombres que se aventuraron en lo desconocido y que contribuyeron económicamente a cimentar el Estado moderno. Amplía nuestra historia económica más allá de los Andes, pero la historia oficial pretende olvidar ese periodo histórico.
Si el altiplano nos dio el silencio y la piedra, Raúl Otero Reiche le puso letra y melodía al espíritu de Santa Cruz. Sus poemas del hombre de la selva y de la antigua ciudad son fundamentales para la comprensión de la identidad oriental, esa energía expansiva que mira al horizonte y no a las cumbres. Otero Reiche no describe una ciudad geográfica, sino una ciudad mítica: la Santa Cruz de la Sierra que se abre paso entre la maleza, el calor y la soledad que padecían las ciudades alejadas del centro de poder. Le brindó al oriente boliviano una voz poética propia, rompiendo la visión centralista que ignoraba la llanura. Una cosmografía anímica que hoy se complejiza en la web y en la nueva narrativa cruceña, donde el cruceño ya no solo mira la extensión indómita, sino que procesa en su seno la migración de todo el país, convirtiendo a Santa Cruz en el nuevo laboratorio del mestizaje fáctico boliviano.
La identidad andina, rural y urbana
Raza de bronce, año 1919, de Alcides Arguedas, es el espejo donde Bolivia andina ha mirado, con horror y fascinación, su propia alma mestiza e india. Arguedas escribió esta novela para desnudar la tragedia de un país que vivía de espaldas a su mayoría, la ilusión terrateniente republicana. Al igual que Rulfo, Arguedas también utiliza una naturaleza agreste —el lago Titicaca y las alturas del altiplano— como un personaje más. En sus páginas, el indio no es un sujeto pasivo, sino una fuerza telúrica, una «raza de bronce» que resiste la opresión de los patrones. Este libro fundó la narrativa del indigenismo latinoamericano. Aunque su visión pesimista sobre el mestizaje fue muy debatida, obligó a una parte de la nación a reconocer la herida abierta de la servidumbre y la exclusión.
Necesitamos mirar hacia la interioridad, hacia el «alma» de la manera en la que Cervantes lo hizo con España. Jaime Saenz es, sin duda, el poeta y narrador que ha calado más hondo en la identidad del habitante del altiplano, específicamente del paceño. Su obra no trata de héroes ni de guerras, sino de la noche, del alcohol, de la soledad y de la muerte. Saenz crea un arquetipo del hombre andino: solitario, místico, profundamente humano y a la vez fantasmal; dotó a nuestra literatura de una mística urbana y existencial, demostrando que nuestra identidad también se construye desde el dolor íntimo y la contemplación de lo sagrado en lo cotidiano.
La política y lo social
Gaby Vallejo, en su premiada novela Hijo de Opa, contribuye a la construcción de la nación boliviana desde la memoria de los olvidados. Su importancia radica en mostrar que la identidad nacional también se forma en los márgenes, en los silencios y en las vidas que no ocuparon el centro de la historia oficial boliviana.
Marcelo Quiroga Santa Cruz publicó Los deshabitados en 1959, siete años después de la Revolución, y lo que produjo fue una novela tan moderna como perturbadora: el retrato de una clase media paceña vaciada por dentro, incapaz de sentir, incapaz de actuar, incapaz de creer en nada. En vez de la epopeya del minero o el campesino liberado, Quiroga Santa Cruz nos entregó la crónica de los que no participaron, de los que se quedaron vacíos en sus salones mientras la historia pasaba por la ventana. Es, a su manera, una novela sobre la revolución que no cuajó en el alma de cierta Bolivia; el diagnóstico de una clase que pudo haber escrito el relato nacional y eligió el letargo. Jesús Lara, Néstor Taboada Terán y Renato Prada Oropeza; tampoco quisieron mostrar la síntesis nacional, les bastaba con narrar una parte de la nación y lo hicieron muy bien.
La poesía y el espejo
La literatura crea un imaginario colectivo, crea los nombres que piensan y proyecta el relato que busca consolidar la identidad nacional y nos brinda una ficción vital para creer en lo nuestro. Sin embargo, existe una historia oficial, impuesta para ciertos intereses hegemónicos, y es contra esta que algunos poetas escribimos nuestros poemas a la patria, al país, a la nación, revelando sus secretos, provocando la urgencia subversiva del verso que libera de las ataduras cívicas y de lo que se considera políticamente correcto. El destino del poeta es el de sus palabras y, quizá, por eso queremos dejar testimonio acerca del lugar donde nacimos, crecimos, en el que frutecieron o se secaron nuestras ilusiones. Nuestra memoria imagen alberga rostros, palabras, paisajes, músicas, alimentos, que nos identifican como nacidos o criados en tal región, en tal ciudad, en tal pueblo, en tal comunidad. Es en la poesía donde la nación, la patria y el país encuentran las palabras que los definen desde la metáfora.
Gonzalo Vásquez Méndez supo de nuestra angustia: “Este país tan solo en su agonía, / tan desnudo en su altura, / tan sufrido en su sueño, / doliéndole el pasado en cada herida”. Un poema de Roberto Echazú Navajas en el que afirma que somos “un país no país” nos provoca cierta desazón filosófica respecto a nuestro destino libertario. Jesús Urzagasti, poetiza nuestro drama: “No sé qué podría decir del país donde nací. /Que es hermoso todo el mundo lo sabe menos sus habitantes. / Quizás por eso perdimos la mitad de nuestro territorio en el Cono Sur”.
La otra mirada
Desde Adela Zamudio nominamos un país que se subleva contra lo establecido; su literatura nos mostró que es posible imaginar una sociedad desde la crítica social; hasta Matilde Casazola, con su guitarra y su pluma, nos ha regalado la parte más tierna de nuestra identidad. En un país tan violento y politizado, la voz de Matilde nos recuerda que también somos un pueblo que canta al amor y a la belleza.
En la actualidad, la literatura boliviana tiene rostro de mujer que se destaca en la novela, el cuento, la poesía y el ensayo, tanto dentro como fuera del país. Nuestros escritores, mujeres y hombres, son protagonistas de ferias internacionales, de festivales de poesía; son traducidos, publicados frecuentemente e incluidos en antologías universales.
¿El espejo está roto o así nomás somos?
Cada uno de ellos tomó un fragmento de verdad. Algunos exploran los personajes y los hechos históricos, así como las voces indígenas. Otros analizan el quiebre social, la guerrilla, las dictaduras; así como el amor y la soledad. También hay quienes imaginan sociedades distópicas a partir de futuros inefables. De esos fragmentos debemos armar la imagen para comprender el arco narrativo. Este arco es capaz de convertir la Independencia y las guerras perdidas. La Revolución Nacional también forma parte de esta transformación. Cuando una nación no lee a sus escritores y poetas como espejo, sino como ornamento, el espejo sigue roto. Nos falta el pacto cultural que proyecte la nación boliviana.
Estos y otros escritores (que cada quien nombre los suyos) nos demuestran que imaginar Bolivia es una tarea tan vasta como nuestro propio territorio, un esfuerzo constante por abrazar la montaña y la selva, el pasado y el presente, el grito y la canción.
El problema es que quizá solo estamos leyendo un país escrito por liberales, militares, indigenistas, empresarios, revolucionarios y fantasmas; así, cada quien por su lado y no, necesariamente, por novelistas, cuentistas y poetas cuya escritura puede integrar lo individual en el nosotros que tanto necesitamos. No nos hemos leído para imaginarnos la nación que somos. La nación no debe ser el lugar donde todos pensemos igual, sino donde seguimos discutiendo sin dejar de reconocernos. Quizá somos una nación tan indómita que no cabemos en una sola novela. Quizá por eso se eligieron “Quince novelas fundamentales” y, de todas maneras, hubo gente descontenta con la lista y propusieron sus novelas preferidas. Parece imposible ponernos de acuerdo en lo cualquier cosa.
Propongo mirar Bolivia desde la literatura, recuperar obras que dialoguen entre regiones, de autores de una ciudad que escriben sobre otra. Crear un canon nacional en el que la cultura popular dialogue con la canónica. Además, que las bibliotecas se conviertan en espacios de lectura y reflexión, integrando lo nacional con lo internacional. Debemos pensar la nación como una unidad histórica, no como un proyecto político obligatorio, sino como un espacio cuya comprensión exige mirar más allá de las fronteras nacionales, recordar nuestro pasado. La educación es la manera de encontrar la cohesión que necesitamos.
Si la política no logró cimentar las bases de la nación boliviana, que la cultura lo haga desde todas y cada una de sus manifestaciones y nos ayude a escribir el relato común que necesitamos para contarnos desde las amas de casa, los obreros, los profesionales, los maestros y docentes universitarios, las vendedoras de los mercados, los niños que piden limosna en las esquinas, los migrantes internos y externos; pasar de la historia oficial a un relato común, asumiendo que el espejo nunca estuvo roto, que quizá aprendimos a mirarnos demasiado de cerca y por eso solo distinguimos las grietas. Toda nación necesita tomar distancia para descubrir que los fragmentos también pueden componer un rostro. Bolivia no será una comunidad porque desaparezcan sus diferencias, sino porque aprenda a reconocerlas como parte de una misma imagen.
¿Alguien les ha preguntado a los estudiantes de colegio el país que aman, el que desean, el que odian? ¿Qué obra de autor boliviano creen que nos representa?
¿Nos hemos preguntado cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Cómo nos ven nuestros vecinos?
Mientras no aceptemos que somos herederos de esas historias de valor, traición y esperanza, traumas y complejos, nunca vamos a asumir que somos responsables de lo que viene. Los tiempos de las acciones en el mundo andino, a diferencia del occidental, invierten la fórmula clásica: el futuro es lo que no se ve, lo que está atrás, y el pasado es lo visible, porque está delante; debemos ver nuestro pasado para seguir avanzando.
Tenemos que comprender que en la cultura aymara los tiempos en general, como lo señaló Mircea Eliade, se dividen en dos: el profano, que es el que transcurre cotidianamente, y el sagrado, que es el de sus illas, achachilas y la Pachamama. Debemos conjugar esos tiempos, de mitos y realidades, con los algoritmos; solo así vamos a convivir en armonía con nuestros símbolos y afectos.
Desde hace varios años vengo señalando que el futuro de la literatura boliviana está en su pasado; por eso muchos escritores intentamos desentrañarlo en nuestras obras.
La nación no es una herencia concluida ni la propiedad de un grupo, una región o una generación que cree aportar cuando, en realidad, aumenta otro pedazo al espejo roto. Es una conversación permanente entre quienes recuerdan, quienes discrepan y quienes imaginan. Bolivia seguirá siendo una nación mientras sus ciudadanos puedan debatir con firmeza sin renunciar a reconocerse mutuamente. El desafío no consiste en fabricar un espejo nuevo, sino en aprender a contemplarnos en el mismo espejo, aceptando que cada fragmento refleja una parte indispensable del rostro común. Recordemos los versos del poeta Derek Walcott: “O no soy nadie o soy una nación”
La escritora Claudia Vaca escribió un ensayo en el que propone que debemos pasar de espectadores anodinos a “eLectores” (con la L mayúscula, de lector) para que la lectura nos haga comprender lo que somos, habitando los libros como territorios y reconociendo nuestra casa, Bolivia, como el hogar de todas las memorias.
Para decirlo con palabras del Tambor Vargas, patriota guerrillero que sobrevivió a la Guerra de Independencia: “Moriremos si somos sonsos”. La prueba está a la vista: los pasajeros de la terminal cruceña nunca resolvieron quién tenía la culpa de los bloqueos. Sin embargo, mientras discutían, esperaban el mismo autobús, convencidos de que todavía existe un destino compartido, pero sin saber cuál es.
[1] https://es.scribd.com/document/541682713/Benedic-Anderson-Comunidades-Imaginadas-Reflexiones-Sobre-El-Origen-y-La-Difusion-Del-Nacionalismo
[2] https://historias-bolivia.blogspot.com/2017/08/pablo-zarate-willka.html?m=1
[3] chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/coedicion/olive/07antezana.pdf
[4] https://tintalimon.com.ar/public/pdf_978-987-3687-36-5.pdf