Blog Post

News > Ignacio Vera de Rada > Tertulias vespertinas con un filósofo

Tertulias vespertinas con un filósofo

Siempre que lo visito me detengo a observar los objetos coloniales expuestos en la sala —un óleo anónimo, una escultura devocional, entre otras piezas— antes de acomodarme en uno de los sillones. La otra tarde no fue la excepción. Al fin pudimos encontrarnos tras cancelar una cita previa por los bloqueos que paralizaron la sede de gobierno. Esta vez, sin embargo, mi anfitrión me sugirió cambiar al asiento de enfrente: en el primero, un rayo del sol poniente me daba directo en los ojos, cegándome.

Le pregunté por el segundo tomo de sus “memorias razonadas”, un libro ya públicamente anunciado y seguramente esperado por muchos. Me respondió que ya le estaba dando los últimos toques y que, para su propia sorpresa, el manuscrito había resultado mucho más voluminoso de lo previsto. Luego se interesó por mis quehaceres recientes. Le confesé que no había grandes novedades, que persistía en lo de siempre: dictar clases esporádicamente, leer y escribir.

Quienes lo conocen saben que tertuliar con él es placentero, pero jamás fácil. H.C.F. Mansilla siempre posee listas respuestas que caen como saetas finamente aguzadas; es dueño de un arsenal de ases dialécticos —o giros simplemente irónicos y cínicos— bajo la manga que exigen, o al menos esperan, una réplica ágil del interlocutor para no quedar malparado. Durante la plática, los temas saltan de la historia a la sociología, pero también transitan por la vida cotidiana de los seres humanos —tan efímeros, tan pequeños, tan banales— y por las minucias de los políticos e intelectuales del Tercer Mundo, sobre los cuales también se puede filosofar. Cual un Diógenes del siglo XXI, el filósofo argentino-boliviano utiliza la ironía fina y el sarcasmo cínico para criticar la realidad contemporánea y cuestionar al adversario. Sus respuestas rápidas, cargadas de sutil ingenio e incluso de mordacidad —o de un humor que no cualquiera comprende—, recuerdan a aquel Voltaire que polemizaba e incomodaba en los salones parisinos. Me atrevería a decir que la idea más reiterada por el pensador nacido en 1942 es que las civilizaciones y los hombres se corrompen cuando dejan de lado la autocrítica.

Luego pasamos a la mesa, donde la tetera, el frutero y los bollos están dispuestos de forma prolija. Por lo general, cuando comenzamos a tomar el té, el sol ya se ha ocultado casi por completo. El doctor me sirve desde una tetera de porcelana con grabados azules: “Esta debe tener ya sus cien años; fue de mi abuela”, me contó la última vez que nos vimos. Al caer la tarde, cuando la sombra de los muebles ya es grande, suele ingresar su hijo y, sin tomar asiento, se pliega al diálogo con comentarios y preguntas no menos ingeniosos que los de su padre. La última vez que estuve con ellos, me preguntó sobre mi afición a la egiptología y, tras escuchar un comentario mío, trajo de la biblioteca de su papá un libro en alemán: Ägypten: Architektur, Plastik, Malerei in drei Jahrtausenden, un clásico de la egiptología visual escrito por el investigador Kurt Lange, acompañado de ilustraciones en blanco y negro y a colores, que son fotografías de Max Hirmer. Y me prestaron aquel precioso libro que trata de mostrar la historia 3 mil años de la cultura de las dinastías del Nilo, con sus templos eternos y su arte que desafía los milenios.

Al salir a la calle, el ruido de los vehículos y el caos de los viandantes de Sopocachi me devolvieron a la prosaica realidad. El contraste entre el oasis del humor fino y razonado, por un lado, y la realidad marcada por la crisis económica y política, por otro lado, era patente. Comprendí entonces que las tertulias con el filósofo crítico, que trata de ir siempre contra la corriente, no solo son un deleite por el ingenio de sus preguntas y la fina ironía de sus respuestas, sino porque me demuestran que, frente a la chatura del entorno y la miseria de la política, la lucidez puede seguir estando presente en el diálogo y que el buen arte puede seguir siendo un tema de plática para un té.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights