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Partido sin goles, sociedad sin espectáculo: la narrativa social de la productividad

Christian Jiménez Kanahuaty

Resulta llamativo entender la narrativa de cualquier acontecimiento (incluido el transcurrir de un partido de fútbol) como una serie de acciones, peripecias, contingencias y condiciones que desarrollan una trama. Mientras más acciones, episodios y subidas y bajas en la emoción, mejor. Mejor para la audiencia que asegura que un partido con goles es mucho mejor que uno donde no los hay.

Pero esa forma de entender el deporte es también sintomática de un estado de situación del ser y del sujeto contemporáneo. La trama en las novelas, por ejemplo, es reclamada como aquella donde hay principio -o planteamiento del problema-, nudo y desenlace. Es decir, una narrativa en tres actos donde todo está organizado para que el lector no pierda el hilo de lo que se narra y además se entretenga. Por lo tanto, deben suceder cosas.

Aquellas novelas donde no sucede nada, son aburridas, abandonadas y se sienten como un fracaso o se las entiende como un aparato cultural que no dice nada y que es probable no debiera existir.

Así un partido sin goles, se siente como aburrido y un fracaso. Después de todo, el criterio general es que uno asiste a un partido para ver goles, del mismo modo en que los antiguos romanos asistían al coliseo para ver cómo sacrificaban ante los leones a personas de diverso tipo de delitos.

Hoy la narrativa privilegia lo espectacular, lo dinámico y lo sobresaliente, cuando en la vida cotidiana, esos mismos instantes, suceden de cuando en cuando, porque la vida misma es una continuidad doméstica y poco lógica donde la rutina y la repetición cumple la labor de acaparar las horas.

Es probable que el reclamo por goles en un partido para verlo como el mejor del campeonato o el más atractivo y genere en el aficionado o espectador, la sensación de un dinero bien invertido, sea la misma que hace en el imaginario social que la productividad sea un fin deseable. Una sociedad poco productiva y un sujeto poco productivo, no sólo no son necesarios, sino un gasto en la inversión. No hay resultados, no hay eficiencia ni eficacia en un jugador que no marca goles. Se lo desecha o se lo tilda de diversas maneras.

Lo mismo sucede con las sociedades. Son tildadas como poco dadas al progreso, lentas, aburridas y destinadas al fracaso. Mientras hay la necesidad de hacer más lento el desarrollo tecnológico y la industrialización, mientras se plantean posturas frente al calentamiento global y mientras se discuten las desigualdades salariales, educativas y sociales, se sigue demandando a través de los deportes, que la sociedad sea productiva; a través de las artes que se den grandes ventas, y a través de la política que sea eficiente y productiva y resuelva todo en periodos cortos de tiempo. Los tiempos muertos y lentos no son deseables.

Las contradicciones saltan a la vista y hacen sentido sobre la subjetividad contemporánea minada de lugares comunes y sin sentidos, donde termina siendo funcional a un determinado tipo de visión progresiva y lineal de la historia. Los goleadores, los empresarios, los artistas que son reconocidos como productivos, son justamente aquellos que se adaptan al guion que se espera que cumplan.

Los que se atrasan, fracasan, vuelven a intentar, esperan su momento y tienen un mal día en la empresa, la escuela, la universidad o el campo de juego, son vistos como algo que no funciona y que rompe la narrativa que se esperaba que cumpliesen.

El equilibrio entre costo y beneficio genera un valor de mercado sobre el cual se mide el rendimiento de una mercancía. A través de ese valor se logró minar todos los espacios sociales y contaminar con su retórica espacios familiares, afectivos, laborales y de esparcimiento. Se puede uno divertir, pero hay que tener algo más en esa diversión. Puede uno compartir con la familia, pero debe sacar algo más de esa convivencia. Se puede trabajar, pero es necesario sacar de provecho algo más que un salario de ese trabajo. La eficiencia condiciona el rendimiento y el rendimiento ejerce presión sobre la persona y sus pensamientos y emociones. Y eso tiene un valor de mercado, que se despliega en lo afectivo, en el uso del tiempo y en las maneras en que se valora a las personas.

Todo el enfoque no sólo implica un desgaste de energía, también implica pensar en el cuerpo humano ya no como una extensión de la maquinaria de la fábrica, sino como una fábrica en sí mismo. Genera afectos, dinero, ideas, limpieza del hogar y cuidado de los niños y adultos mayores. Un mal día lo puede tener cualquier, pero cae bajo la sospecha sobre las limitaciones que ello implica para el desarrollo general de un determinado proyecto.

Pensar que la narrativa social, económica, deportiva y artística depende de la trama acelerada y llena de acciones, es pensar nuestra propia vida sometida al dictado del movimiento. Y, además, sin dejar de lado el movimiento, se entiende que la narrativa que implica una trama ágil llena de acciones, coloca a ganadores y perdedores como resultado de esa dinámica, tal como sucede en el fútbol. Los que mejor se desenvuelven, ganan partidos y ellos serán alabados y celebrados; de los otros, pronto se olvidará hasta el nombre.

Lo mismo sucede con la sociedad de la inmediatez y la productividad porque la narrativa de lo espectacular implica que los focos siempre estarán encendidos para captar la dinámica, no la lentitud o la pausa y sabemos que una sociedad se conoce a sí misma no a través de los periodos dinámicos solamente, porque sí bien ahí se revelan sus contradicciones, es en los periodos de calma, cuando aquello que se reveló es pensado, organizado, sistematizado y explicado.

Después de todo, la sociedad y los sujetos explican su vida hacia atrás, una vez que transcurrieron ciertos episodios que le fueron importantes. Narrar y explicar mientras suceden los acontecimientos no es posible ni necesario si se desea conocer a profundidad una red social o un cambio de época.

Una sociedad que necesita goles para sentir que el partido fue bueno es la misma que necesita producir objetos todo el tiempo, no sólo para entretenerse, sino para consumirlos. Y por ello, una sociedad que se piensa a través del binario opuesto y beligerante entre ganadores y perdedores, es la misma que piensa que la historia es lineal e irrepetible.

Porque pensar la historia como algo lineal, implica progreso, desarrollo y superación del pasado. Pero, sabemos por experiencia histórica y personal, que la historia no suele comportarse de ese modo. La historia dialoga consigo misma de muchas formas y todo el tiempo. Al igual que nuestra consciencia, no deja de ser una para convertirse en otra simplemente cuando se atraviesa una franja de edad determinada. La consciencia sucede de manera volutiva y por acumulación, lo mismo que la historia.

Y es, por tanto, imposible sostener durante mucho tiempo una narrativa que glorifique la acción y los goles. Porque la narrativa de los goles, termina por asumirse como una farsa. Y una construcción social e ideológica que condiciona la acción de las personas con un fin determinado: el consumo, la individualidad, el ego y la publicidad de los logros individuales.

Lo interesante es que aquellos que critican un Estado por pensarse como el centro del universo, son los mismos que festejan los goles como si fuesen el resultado de épicas modernas y se sienten frustrados y decepcionados cuando no hay goles en un partido. Y son los mismos que proclaman héroes en la cancha de fútbol mientras apuestan por salidas colectivas a una crisis. Y terminan por ver que la salida colectiva no es la solución y dando la razón a aquellos que piensan que es mejor pensar en uno mismo y solucionar los problemas desde la propia iniciativa.

Las facetas de la sociedad que reclama goles es también el soporte de la sociedad que ahora desplaza la mirada y la oportunidad de triunfo a los creadores de contenido en las plataformas mediáticas. A ellos también se les reclama acciones, épica, sucesos, eventos. No interesa la vida cotidiana, lo extraordinario es lo que se demanda. Pero es un contrasentido, porque lo extraordinario es justamente lo excepcional. No se puede ser excepcional en todo momento. Así como una sociedad no es lineal. Tampoco puede sostenerse mucho tiempo llena de pico y momentos álgidos.

Establecer esta dinámica de altas y bajas ayuda a identificar nuestro conocimiento social y personal, y, además configura de mejor modo nuestro concepto sobre las necesidades emocionales que están en juego.

Así que hay que plantearse los niveles en los cuales una narrativa repleta de goles es sintomática de un estado de situación social y cultural y cómo esa narrativa épica de triunfos contamina otros estratos de la vida social y configura nuestra subjetividad que se mueve en una matriz donde la productividad es aplaudida, mientras que la lentitud y la poca eficiencia es cuestionada y criticada.  

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