Profeta
Armando Alanís – México
Subió a la montaña a esperar el fin del mundo y ahí lo alcanzó un rayo.
Desgracia
Sara Coca – España
Cuando se enamora le crecen flores entre las costillas. Lo sé porque entonces suspira con aroma a rosas y tose pétalos de colores. Deambula como movida por el viento y las mariposas anidan sobre sus hombros. Pero sufre malas digestiones al desenamorarse y no aprende, doctor. Una maldición para la familia. Y nos apena verla así, rodeada de bichos cada dos por tres mientras el resto de nosotros odiamos a todos como es debido.
Trincheras
Amalia Cordero – Cuba
Lo enrolaron como mercenario lejos de sus fronteras. En la trinchera, solo encuentra consuelo en las fotos de su familia y las cartas de su hermano, que le escribió: «No hagas nada que no lleve tu nombre». El rostro se le ha vuelto de piedra. Hoy, cuando el silbido de los obuses anuncia el avance, saca la fotografía. No es el rifle lo que apunta hacia la tierra de nadie, sino la cara sonriente de su hijo.
Y desde el otro lado, nadie dispara contra un hombre que solo ofrece, tembloroso, el retrato de un niño.
Trompo
Delfina Acosta – Paraguay
Este pueblo siempre ha sido pobre, muy pobre. Los niños no han conocido más distracción que un trompo de madera de roble y cordel. Pero han llegado a verlo bailar tantas veces (sobre la palma de su mano) que se saturaron de vértigo, y buscaron conocer otros juguetes como la marimba, el organillo, la corneta, las balitas y la pandorga.
Este pueblo siempre fue tan quieto que al llegar la calesita, los pequeños la observaron por unos doce o trece minutos, como podría observarse un platillo volador; palparon sus azulados caballos, sus amarillentas sillas, escucharon la musiquilla y se retiraron en el mayor silencio, aunque mareados.
Sombras migrantes
Paola Tena – México
Hay sombras que abandonan sus cuerpos durante la noche para huir del vientre estéril de la tierra. Sombras que navegan en barquitos precarios siguiendo la Estrella del Norte. Algunas saben nadar, otras no. Esas se hunden, se disuelven en el agua negra del océano, dejan de ser. Buscan el paraíso, pero ignoran que aquí tampoco serán libres. Aquí extenderán mantas en el suelo y las cubrirán de baratijas. Aprenderán apenas un par de palabras de un idioma desconocido. Dormirán apretadas una contra la otra, para darse calor. No saben que en esta orilla evitamos su dolorosa transparencia, porque hace mucho que ya no son hombres ni mujeres ni niños los que desembarcan en nuestras costas, sino sus restos exhaustos y casi muertos. Les tememos porque nos da pavor convertirnos, también nosotros, en sombras que se extravían cruzando el mar, persiguiendo sueños imposibles.