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Pueblo cívico versus pueblo corporativo

En Polonia, otro país de raíz católica como el nuestro, repiten este lema: “nada de nosotros sin nosotros”. El libro del que cito esa frase asegura que los polacos se libraron por eso de las tiranías de pueblos eslavos más al oriente, aunque el orden corporativo del “nosotros” engendrara sus propios problemas. La composición de estamentos y corporaciones del “nosotros” deja ver sus orígenes medievales.

En Bolivia resuena el “nada de nosotros sin nosotros”. Las leyes no son fruto del monopolio legislativo del Estado, sino de pactos o treguas entre grupos sociales. De ahí que la socialización de las normas es demandada, aunque ese requisito no aparezca en la Constitución formal.

Desde 1825 construimos un orden “liberal” aparente, pero corporativo en esencia, como el colonial. La prédica eclesial lo reforzó desde la encíclica Rerum Novarum (1891): el corporativismo era su panacea frente a la revolución y el capitalismo. Frecuentemente olvidamos la trayectoria de nuestro sistema político real, concentrados en la Constitución y las leyes. Solo un príncipe imberbe se atendría únicamente a ellas para reinar.

Hace una centuria, los sindicatos, con anarquistas y comunistas, emergieron como nervio contraestatal. En 1952, el Estado les homologó su poder. Los gobiernos militares lo disputaron, pero a partir de su propia corporación, la uniformada, y de neutralizar a los obreros con los campesinos. En la UDP, el feudo sindical se suicidó por embeleso callejero.

Con esas instancias sociales de capa caída, desde 1985 tampoco se gobernó desde el liberalismo de manual. En la presidencia de Víctor Paz prevaleció el Estado, pero los empresarios estaban bien acomodados en el gabinete. Militares y policías fueron parte del orden, al igual que la Iglesia. Los obispos mediaban o intervenían, con la cristiana resignación de los políticos. Estos últimos, por lo demás, se comportaron después como cualquier gremio egoísta, colonizando porciones del Estado para su provecho. Goni cayó por obra y gracia de las fuerzas sociales, como Carlos Mesa, enfrentado además a la confederación política.

Los años del MAS fueron el clímax del troceo del Estado entre las organizaciones sociales. El excedente gasífero las alimentó bien. No es de extrañar que algunos beneficiarios acusen un ligero sobrepeso.

El sábado pasado, el presidente Paz pidió auxilio a los delegados del pueblo cívico. Algunas corporaciones asistieron: la Iglesia católica y la evangélica, las universidades y las cámaras empresariales. Otras se quedaron en las calles, como los sindicatos. Pero el plato fuerte fueron las autoridades electas y los políticos con bancada parlamentaria. Al grado que solo ellos tuvieron la palabra. Fue una forma de oponer el pueblo cívico al pueblo corporativo, mítico, que incendia el orden formal desde los bloqueos.

Encaramado en esa legitimidad institucional, el expresidente Quiroga les señaló la ruta sin concesiones a sus pares, presidente incluido. Todos esperábamos que agujereara la frágil canoa de Rodrigo, pero Tuto eligió su talante de Estado. De paso, promocionó su marca.

La nación cívica -y, con reparos y poca fe, las corporaciones cruceñas- está aún detrás de Paz Pereira, con la excepción del gobernador Leonardo Loza y algún otro, pero el pueblo corporativo no. Ese que resiente su exilio del Estado y, como Evo, se monta en el corcel del descontento popular. El Gobierno tampoco se ha esforzado por incorporar a los ponchos: las corbatas lucen muy elegantes.

El régimen sigue jugando al diálogo. Como coreografía preparatoria, no estuvo mal. No obstante, las corporaciones sociales del occidente andan ya en abierta rebelión, con pingües recursos. La hora de las postales de paz y amor va pasando. No se necesita releer a Carl Schmitt para saber que el afán de discutir suele esconder el miedo a decidir.

Como en los conflictos de enero, no hay muchas opciones entre diferir la batalla, ceder o (¿intentar?, ¿no poder?) imponer. Y está por verse si cuando el presidente Paz decida, le quedará músculo para conducir la reforma económica y siquiera apaciguar a la nación corporativa, una vez más amotinada.

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