Hay frases que explican más de lo que dicen.
“Cuadra o no cuadra”. Dicha casi al pasar, sin énfasis, como quien concede una duda menor. Y, sin embargo, pocas veces una expresión tan breve ha logrado condensar con tanta precisión el momento político de un país. ¿Puede una frase convertirse en diagnóstico?
Imaginemos la escena como un gag de Charlie Chaplin. El personaje avanza con dignidad, bastón en mano, traje impecable, mientras a su alrededor el mundo pierde forma: una puerta que no termina de cerrar, un engranaje que gira sin encajar, un reloj que insiste en marcar otra hora. Él continua, sonríe, saluda…y en voz baja admite: “cuadra o no cuadra”. ¿Estamos ante humor o frente a una confesión?
En Bolivia, la escena no necesita exageración. Un magistrado es asesinado y quienes administran la justicia piden garantías para ejercerla. La imagen se invierte sin ruido: quienes deben garantizar justicia ahora necesitan ser protegidos. El bastón sigue en alto, pero el suelo ya no es firme; la puerta institucional queda entreabierta. ¿Quién sostiene el Estado de derecho cuando sus propios administradores piden resguardo?
La coreografía continúa. Los operadores de justicia reconocen límites, y desde lo subnacional se ensayan soluciones: una guardia departamental que aparece como respuesta legítima, pero también como señal de auxilio. El personaje sigue caminando, pero ahora el escenario tiene varias puertas y ninguna termina de cerrar; el engranaje gira, pero no acopla. ¿Sigue habiendo un centro que ordene la fuerza?
En otra escena, el combustible circula…o no. Motores que fallan, calidad discutida, abastecimiento irregular. La economía entra como utilería defectuosa: todo parece estar en su lugar, pero nada funciona del todo. El vehículo avanza unos metros, se detiene, vuelve a arrancar; el reloj del mercado marca otra hora. Y mientras tanto, el dólar encuentra su propio equilibrio fuera del libreto. ¿Puede una economía “cuadrar” cuando sus piezas básicas no encajan?
El guión carece de una página clave: el Plan de Desarrollo Económico Social. Sin él, no hay secuencia, solo episodios. Cada actor improvisa, cada conflicto se resuelve como puede. El personaje central mantiene la compostura, se sacude el polvo del traje, pero la trama se le escapa. ¿Se puede gobernar sin un marco que ordene el tiempo y las decisiones?
La escena más reveladora ocurre fuera del escenario principal. Una marcha indígena llega desde lejos, con su propio ritmo y sus propias demandas, y decide quién puede y quién no puede hablar en su nombre. Incluso la solidaridad es puesta a prueba. El gag se vuelve incómodo: no hay público pasivo, hay actores que rechazan el libreto ajeno; alguien intenta entrar en escena y es devuelto al borde. ¿Quién representa a quién cuando los propios actores disputan la voz?
Y entonces, la frase vuelve, como eco: “cuadra o no cuadra”.
No es un error. Es una forma de decir lo que no se logra hacer. No organiza la realidad: la admite. No cierra el sentido: lo deja abierto. Como una puerta que no termina de cerrar. Y en política, abrir demasiado es perder el control. ¿Puede conducir quien enuncia la incertidumbre como método?
La ironía es perfecta. Mientras el país busca que las cosas cuadren –la justicia, la seguridad, la economía– el lenguaje del poder reconoce que tal vez no lo hagan. Y al hacerlo, convierte la duda en principio operativo.
El problema no es que no cuadre.
El problema es que ya nadie parece encargado de hacerlo cuadrar.
Como en los mejores gags, el personaje no cae de inmediato. Sigue caminando, con elegancia, mientras el mundo se desarma a su alrededor. Ajusta el bastón. Mira al frente.
La escena continúa.
La pregunta es cuánto tiempo más dura.
¿Y quién aplaude cuando termine?
Antonio Vargas Ríos es ex Presidente de la Asociación de Periodistas de La Paz, docente universitario, analista político.