El Campeonato Mundial de Fútbol de 2026 está a punto de terminar. Tuvo tres países como sedes —Estados Unidos, Canadá y México—, aunque el territorio estadounidense concentró la mayor cantidad de equipos y partidos.
La gran excepción fue Irán. Sus jugadores debían abandonar Estados Unidos pocas horas después de cada encuentro disputado allí. Si ambos países estaban enfrentados militarmente y las restricciones eran tan severas, lo razonable habría sido que Irán jugara todos sus partidos en México o Canadá.
Otra de las grandes vergüenzas del campeonato fue el trato recibido por algunos jugadores árabes y africanos en los aeropuertos estadounidenses. También resultó escandaloso que el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, designado para participar en el Mundial, no pudiera ingresar en Estados Unidos.
Los críticos xenófobos
De acuerdo con estadísticas absolutamente confiables el 23% de los jugadores compiten por un país diferente al de su nacimiento. Lo que no saben los críticos xenófobos o racistas es que en este Mundial de Fútbol que termina, han competido 96 jugadores nacidos en Francia.
Jugaron por Argelia (13), RD Congo (11), por Haití (11), por Senegal (11), por Costa de Marfil (8) y por Marruecos, Túnez y Cabo Verde (6).
Las escuelas de futbol de Francia alimentan a media África francófona y parte del Caribe. Pero no es solo un fenómeno francés, los mismo pasa en Holanda, Alemania, Inglaterra, Suecia, Bélgicas y España. A veces la vecindad juega un rol como en el caso de Inglaterra donde nacieron 5 escoses o por lazos coloniales, seis marroquíes en España. O por migraciones, 5 turcos nacidos en Alemania o de refugiados políticos o de guerra como los 4 iraquíes y los 3 bosnios nacidos en Suecia.
Kiko Llameras, periodista de El País, sostiene que hay selecciones que son, casi por completo, equipos de la diáspora. Curazao es el récord: 25 de sus 26 convocados nacieron en los Países Bajos. La plantilla de RD Congo el 77% de su equipo nació en Francia y Bélgica. Marruecos tenía 73% de jugadores nacidos en Paris, Málaga, Bruselas o Amsterdam.
La corrupción
El otro gran tema es la corrupción.
Todavía se recuerda el escándalo que terminó con la presidencia de Joseph Blatter, aunque conviene precisar que no fue detenido durante el operativo policial de 2015.
El 27 de mayo de aquel año, a petición del Departamento de Justicia de Estados Unidos, la policía suiza realizó una operación en el hotel Baur au Lac de Zúrich y arrestó a siete altos dirigentes de la FIFA acusados de corrupción. La investigación había sido impulsada por el FBI y por fiscales federales estadounidenses.
Blatter no fue arrestado ese día. Dos jornadas después fue reelegido presidente de la FIFA. Sin embargo, la presión provocada por el escándalo, conocido como FIFAgate, lo llevó a anunciar su renuncia el 2 de junio. Posteriormente fue suspendido por el Comité de Ética de la FIFA e investigado por la justicia suiza.
Hay mucho que decir sobre la corrupción y los negocios de la FIFA. También sobre las llamadas pausas de hidratación, necesarias bajo temperaturas extremas, pero convertidas al mismo tiempo en espacios privilegiados para la publicidad televisiva. Cabe entonces una pregunta irónica: cuando llegue el invierno y se juegue en los estadios helados de Europa, ¿habrá también pausas para que los futbolistas puedan calentarse?
Gianini Infantino no da confianza, no solo por su cercanía a Donald Trump que hace recuerdo el refrán que dice “dime con quién andas y te diré quién eres” si no por sus conexiones con los Jeques árabes del golfo.
El error humano
Mi intención es hacer pública mi oposición a la creciente digitalización del arbitraje: el VAR, la detección automática del gol y el fuera de juego semiautomático.
De los tres sistemas, quizá el más aceptable sea la tecnología que permite determinar si la pelota atravesó completamente la línea de gol. Es semejante a la utilizada desde hace años en los grandes torneos de tenis.
Sin embargo, la incorporación desmedida de estas tecnologías le quita al fútbol algo de su origen profundamente humano: los errores, las improvisaciones, las dudas y hasta las equivocaciones de árbitros y jueces de línea.
Algunos árbitros se convirtieron en verdaderos dioses de la cancha, como el italiano Pierluigi Collina. También hubo árbitros suecos reconocidos internacionalmente por su honestidad. No necesitaron que una máquina les indicara cuándo cobrar un penal o sancionar una posición adelantada. Lo hacían con la seguridad del ser humano que cree haber visto y comprendido la jugada.
Seguramente se equivocaron muchas veces. Pero nunca anularon un gol porque veinte segundos antes alguien había cometido una falta que pasó inadvertida. Esos veinte, diecisiete o diez segundos posteriores pudieron contener un juego creativo y legítimo que culminó en gol.
Tampoco se anulaba una conquista porque una máquina descubriera que el codo, la punta del zapato o una fracción del hombro de un delantero estaban adelantados.
El fútbol comenzó en las calles, en los terrenos baldíos y en las barriadas populares. También se desarrolló en los grandes campos de los señoritos ingleses.
Los muchachos de la calle jugábamos con arcos formados por dos piedras. Pocos discutían la legalidad de un gol, aunque no hubiera postes ni travesaño. Si la pelota pasaba demasiado alta, el gol no valía. Era un acuerdo entre caballeros de la calle.
No pretendo que el fútbol regrese obligatoriamente a su cuna humilde. Pero tampoco me parece aceptable que la modernidad termine matando un juego hecho de picardía, gambeta, improvisación y remates largos porque un censor electrónico descubrió un codo adelantado.
Mucho menos que, después de varios segundos —y a veces minutos— de celebración, se anule una jugada por una zancadilla o un contacto físico ocurrido mucho antes y lejos de la pelota.
El fútbol está lleno de goles que son pura picardía. Algunos fueron tan extraordinarios que terminaron convertidos en leyenda. Uno de ellos fue bautizado como «la mano de Dios».
La cachaña, la gambeta y el dribbling pertenecen también al territorio de la picardía. La técnica ayuda, pero la inteligencia del futbolista consiste en engañar al adversario: hacer pasar la pelota entre sus piernas, amagar un disparo hacia la izquierda y salir por la derecha, detenerse cuando todos esperan que acelere o acelerar cuando todos creen que se detendrá.
Limpiar el fútbol mediante una moral digital, automática y ultratecnificada es matar una parte esencial del deporte. El juego necesita técnica y sistemas modernos de entrenamiento, pero también improvisación, pases largos y gambetas que no fueron dibujadas previamente en una pantalla.
El Brasil de Pelé, Garrincha, Roberto Carlos o Ronaldinho poseía esa imaginación callejera. Con el tiempo, fue reemplazada por sistemas casi matemáticos y esquemas extremadamente rígidos.
Ahora vemos equipos que van y vienen, moviendo la pelota de un costado al otro hasta descolocar al adversario. Después de veinte o veintitrés pases encuentran finalmente un espacio para penetrar en la defensa. Puede ser una demostración de disciplina táctica, pero confieso que a veces me aburre.
¡Qué diferencia cuando juegan selecciones como Cabo Verde, Costa de Marfil, Senegal o la República Democrática del Congo! Combinan la técnica aprendida en los grandes clubes con una enorme capacidad de improvisación. En ellas, la picardía todavía desempeña un papel fundamental.
Dios juega al fútbol.
Messi mira al cielo cuando necesita ayuda. La mayoría de los jugadores brasileños se persigna y una parte importante del plantel está profundamente influida por las iglesias evangélicas, muchas de ellas de origen estadounidense.
¿Por qué censurar entonces a los jugadores musulmanes cuando se inclinan y besan el césped para agradecer una victoria? Se dirigen probablemente al mismo Dios de Messi, solo que con otro nombre y mediante otro ritual.
El problema para Dios es enorme. Si ese Dios fuera verdaderamente neutral y justo, todos los partidos deberían terminar empatados.
Quedaré durante un tiempo con abstinencia de fútbol. Pero todavía tengo al Hammarby, mi equipo estocolmense del sur proletario, portuario y cultural.
Es la zona donde antes vivían los obreros, aunque hoy queden pocos. Ahora está llena de escritores, periodistas, actores de teatro y de cine. También posee una especie de Soho estocolmense, donde es posible encontrar comida de los cinco continentes.
El barrio ha cambiado. El mundo ha cambiado. El fútbol también.
Pero todavía queda algo de aquella vieja alegría: once seres humanos corriendo detrás de una pelota, equivocándose, improvisando y soñando con un gol que ninguna máquina debería ser capaz de explicar por completo.