Oscar Seidel.
“¿Qué le gustaría mirar por un agujero sin ser visto?” le preguntaron a Gabriel García Márquez en 1995 durante un programa de televisión. El escritor colombiano, para quien la mirada era un recurso indispensable en el arte de contar historias, respondió: “Me gustaría ver la vida desde la muerte”. En este 17 de abril, doce años después de su fallecimiento, no sabemos a ciencia cierta si Gabo está cumpliendo ese deseo, pero sus lectores tenemos la fortuna de contemplar la vida que se ha forjado desde entonces. Hoy, el legado de García Márquez ocupa un lugar muy especial en nuestros relatos y reflexiones sobre el mundo. Por eso, la Fundación Gabo ha preparado una ofrenda colectiva para volver a la obra del nobel colombiano y al poder transformador de las historias que continúan creciendo a partir de ella.
En este altar digital podrás dejar eso que lo mantiene vivo en ti: una carta, un objeto, una canción, un libro, una foto… Te invitamos a ser parte de este especial, conmemorando a Gabo a través de la memoria y su legado.
Ofrenda Reflexión
Por: Oscar Seidel
«Como si Gabo hubiese vivido en Tumaco»
Es un artículo escrito por el autor tumaqueño Oscar Seidel Morales, publicado en Las2orillas en diciembre de 2022. Rinde homenaje a Gabriel García Márquez al trazar paralelismos entre el realismo mágico de sus obras y la realidad costumbrista, mítica y a veces trágica de Tumaco, Nariño, sugiriendo que el Nobel habría encontrado allí una fuente inagotable para sus historias.
Como un homenaje al escritor colombiano, he seleccionado algunas historias en las que encuentro similitud de lugar entre Macondo y Tumaco (entre ambos lugares hay un embrujo que los hermana y que nos hace pensar que lo acontecido en un pueblo pudo haber sucedido en el otro). Estas son muy parecidas, pero el estilo del narrador al contarlas le da un toque mágico. Gabriel García Márquez atribuía a su abuela materna muchas de las historias sobrenaturales que conocía y afinó un mecanismo que hacía que estas encajaran perfectamente en el relato normal y cotidiano, recordando que la literatura se sirve de la realidad para trascenderla.
4. El circo
4.1. Libro «Los cuentos de mi abuelo el coronel» de Gabriel García Márquez. … Tenía cinco años cuando mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. “Es un camello”, me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca le salió al paso. “Perdón, coronel”, le dijo. “Es un dromedario.” Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo de que alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto, pero lo superó con una pregunta digna: — ¿Cuál es la diferencia? —No la sé— le dijo el otro—, pero este es un dromedario.
4.2. Libro «En el mar de sus recuerdos», cuento «Llegó el circo», de Oscar Seidel … Aquella tarde calurosa cuando los habitantes de Tumaco se dedicaban a hacer la siesta, escucharon un sonido estridente de trompetas oxidadas, parecido a la fanfarria que les había pronosticado el cura carmelita que se oiría el día del Juicio Final. De un momento a otro, las calles se llenaron de leones despelucados, tigres con rayas desdibujadas, elefantes sedientos y monos tristes. Igualmente, aparecieron acróbatas con fracturas en los huesos, el hombre bala con la pólvora mojada, el tragasables que se había atorado con una picuda, y payasos con maquillaje chorreado que no hacían reír a la población. Fue el alboroto general dado que nunca habían presenciado un desfile así, y menos en condiciones tan deplorables. A los pocos días, el circo levantó la carpa llena de retazos, y con tarimas de madera elaboradas por un carpintero nativo, programaron la primera función para el fin de semana. Esa noche del estreno, jamás será olvidada por los habitantes del pueblo. Fue tan mala la función que ningún acto artístico provocó asombro, salvo la carcajada general originada por la defecada del elefante, cuyo excremento embadurnó al señor alcalde que se encontraba sentado en primera fila.
Fue así como, después de muchos años de soledad y olvido, Tumaco y Macondo se unieron en uno solo lugar: Tumacondo. Desde entonces, los sobrevivientes narran historias parecidas…