La actual crisis de Cuba no es un episodio coyuntural, sino la manifestación terminal de una estructura política y económica agotada. La suspensión del suministro de petróleo venezolano —que durante décadas funcionó como subsidio geopolítico— ha actuado como un catalizador brutal, precipitando un colapso y desnudando la profunda fragilidad del régimen castrista, lo cual, finalmente, ha precipitado una crisis energética de proporciones sistémicas.
Poco a poco, todo está destruyéndose en Cuba que hoy enfrenta apagones prolongados, una contracción económica y una escasez generalizada. La economía cayó más de un 15% desde el año 2020 y continúa en descenso. La isla, altamente dependiente de importaciones de crudo, ha visto desaparecer su principal fuente de energía después de la caída de Nicolás Maduro, partiendo en dos el eje Caracas-La Habana. En términos reales, esto significa una definitiva regresión material: regreso a la leña, paralización del transporte y deterioro acelerado de todo el aparato productivo. Pero lo más importante no es la crisis energética en sí, sino lo que revela: el fin de la ficción de autosuficiencia del modelo revolucionario y de un socialismo que jamás se materializó.
Durante décadas, el régimen cubano sobrevivió gracias a un patrón constante: la dependencia externa. Primero fue dependiente de la Unión Soviética; luego de Venezuela. Este esquema permitió sostener un sistema político cerrado que benefició a la élite del partido, sin necesidad de reformas profundas. La interrupción del petróleo venezolano no solo ha provocado escasez, sino que también echó por tierra el último sostén de legitimidad funcional del régimen.
Lo que emerge ahora es un Estado sin recursos, pero con intacta vocación de control autoritario. Aquí radica la paradoja central: el modelo está agotado, pero el poder no está dispuesto a ceder porque Díaz-Canel y la vieja aristocracia castrista quieren seguir en el poder, fingir una transición y negociar con los Estados Unidos una “nueva dependencia”.
La historia reciente ofrece un precedente inquietante: Venezuela. Allí, incluso en escenarios de crisis extrema, el régimen logró recomponerse mediante la captura institucional, la fragmentación de la oposición y el control de los recursos estratégicos. Los chavistas, esta vez a la cabeza de Delcy Rodríguez, siguen corrompiendo todo luego de traicionar a Maduro y permitir la invasión estadounidense, negociando con Donald Trump una humillante entrega del petróleo, a costa de mantener reprimida y pobre a toda la sociedad civil que no pudo alcanzar la democratización final después del secuestro del dictador.
En Cuba, el riesgo es distinto pero análogo. No un colapso inmediato del régimen, sino una reconfiguración interna del castrismo donde podrían darse dos escenarios: primero, la continuidad autoritaria con ajuste pragmático, pues el régimen introduce reformas económicas limitadas (como apertura parcial al mercado o inversión extranjera), pero preservando el control político. Un “modelo chino sin China”.
Segundo, surgirá un colapso desordenado. El debilitamiento energético derivará, tarde o temprano, en una crisis social, migración masiva y fragmentación del control territorial. En ese caso hay otra triste analogía con Haití y no es exageración. El vacío institucional podría ser ocupado por economías informales, redes ilícitas o facciones internas ligadas a la delincuencia y bandas criminales.
En una transición controlada por las élites, el escenario más probable se orienta hacia sectores del propio Partido Comunista que podrían liderar una “apertura”, pero capturando los activos estratégicos. Es exactamente el patrón observado tras la caída de la Unión Soviética en 1991, donde las élites comunistas se transformaron en oligarquías económicas. Aquí está la clave del futuro sombrío en Cuba: el peligro no es solamente que el régimen caiga, sino que sobreviva mutando en una nueva élite que refuerce las desigualdades económicas y mantenga los beneficios para los jerarcas del partido como Raúl Castro y su familia, Diáz-Canel y su familia, junto con la larga lista de aprovechadores que engañaron a Cuba por más de sesenta años.
No hay señales claras de una democratización inminente. La crisis económica, por sí sola, no produce democracia. Puede producir desesperación, migración o violencia. La oposición cubana, aunque activa, carece aún de capacidad organizativa suficiente para liderar una transición. Y el régimen conserva herramientas fundamentales como el control del aparato coercitivo, monopolio institucional y enormes desigualdades sociales. Por lo tanto, pensar en una transición automática hacia la democratización del poder sería repetir los errores analíticos del pasado.
¿Cuál es el papel de América Latina y la comunidad internacional? Aquí emerge una tesis fuerte y necesaria: Latinoamérica no puede ser espectadora pasiva, de manera que el rol de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de los gobiernos democráticos debería estructurarse en dos ejes: a) por un lado, la presión política coordinada, pues no se trata solo de sanciones, sino de exigir condiciones mínimas para garantizar la apertura política con la liberación de presos políticos, legalización de partidos y la búsqueda de garantías electorales; b) por otro lado, se necesita un acompañamiento institucional con una transición que requiere un cuidadoso diseño institucional por medio de justicia transicional, reformas económicas y reconstrucción del Estado.
La lección de la ex Unión soviética es decisiva. Sin regulación, las élites del antiguo régimen pueden apropiarse de los recursos estratégicos y bloquear la democratización real. Cuba enfrenta la necesidad de una nueva revolución, pero no ideológica, sino democrática y desde las bases. Paradójicamente, el propio proceso revolucionario de 1959 dejó un aprendizaje organizativo en la sociedad cubana con cierta capacidad de movilización, identidad colectiva y memoria de transformación. Sin embargo, esa energía deberá reinventarse en condiciones completamente distintas: sin liderazgo carismático, sin subsidios externos y bajo un aparato estatal represivo que aún resiste.
En conclusión, Cuba ha entrado en un túnel histórico donde convergen tres fuerzas: el colapso económico-energético; la persistencia autoritaria; y la incertidumbre de la transición. La revolución ya no existe como promesa; sobrevive como estructura autoritaria que ahora debe devolverle a la sociedad civil cierta dignidad y justicia para combatir, sobre todo, la pobreza extrema de toda la población. El viejo orden es, precisamente, el principal obstáculo para el futuro y debe ser enterrado para siempre.
El desafío no es únicamente cambiar un gobierno, sino evitar que el cambio sea capturado por quienes siempre controlaron el poder. El castrismo debe desaparecer por completo. En consecuencia, el momento cubano no es solo una crisis para impactar ante los medios de comunicación mundiales, sino una prueba histórica, en realidad para toda América Latina. O el continente ayuda efectivamente a Cuba para lograr la democracia o, de lo contrario, deberá enfrentar la vergüenza histórica de mirar de palco un destino funesto como el de Venezuela, donde las mafias políticas del chavismo engañaron a todos, incluso a los Estados Unidos, a costa del sufrimiento de millones de ciudadanos venezolanos pobres y derrotados.