Mientras el contador global de población marca hoy los 8.300 millones de habitantes, las estadísticas de las potencias envejecen cada día más, las cunas vacías amenazan con colapsar y los niños son más escasos, pero en nuestra propia vecindad, la respuesta ante este vacío no es la apertura, sino la excavación.
Así es; al lado nuestro, Chile ha comenzado a cavar zanjas de tres metros y a levantar muros en su frontera norte para frenar el flujo de quienes buscan un futuro que, al final, no se si sería más digno, pero que en todo caso obedece a la decisión de cada uno. Y Chile no está solo en este afán de blindaje. Desde el muro que divide a la República Dominicana de Haití, hasta las vallas reforzadas en las fronteras de la Unión Europea o la barrera entre las dos Coreas, el mundo parece atrapado en una contradicción absurda: nos aterra un futuro sin gente y de hecho existen varias potencias como Canadá, Italia o Australia que tienen programas para atraer migrantes, pero otras invierten fortunas en construir obstáculos para que la gente no llegue. ¿Es la zanja una solución a la migración o el síntoma de una civilización que, al dejar de crecer, ha empezado a cavar su propia soledad?
Y es que la realidad es que las sociedades necesitan al migrante para sobrevivir económicamente, pero muchas veces lo rechazan socialmente. Menos gente joven significa menos innovación, menos consumo y menos fuerza laboral. ¿Cómo crece un mundo que ya no se reproduce, pero que tampoco acepta la migración? ¿O será que la visión de muchos países está tan aventajada sobre los que sí acogen migrantes, que se escudan en la Inteligencia Artificial para el reemplazo de trabajadores que dentro de sus fronteras ya casi no nacen?
En una de las primeras medidas del gobierno de Kast, se ha determinado que, sobre la marcha, se implemente el Plan Escudo Fronterizo en puntos críticos como Pisiga y Arica que comparten fronteras con Bolivia y Perú, sumándose a esa tendencia de más de 70 muros o barreras fronterizas activas en el mundo. Grecia con Turquía o Polonia con Bielorrusia han procedido de similar manera alegando razones de seguridad y control migratorio.
Desde tiempos a los que la memoria no tiene llegada, pero las huellas evolutivas dejan evidencia, el hombre ya se movía, era nómada, porque nacimos para un día estar acá y otro ir en busca de otros horizontes; como Abraham hacia la Tierra Prometida o la columna de aproximadamente 600.000 hebreos que por cuarenta años dirigieron sus pasos hacia Canaán, dejando en claro que la rigidez de los mapas o la frialdad de las actuales palas mecánicas, no pueden frenar el derecho natural del hombre. Nuestra historia como especie no es la de quienes se quedaron quietos, aunque hoy, la respuesta a esa pulsión vital de supervivencia es la herida en la Tierra. En nuestra frontera compartida, las máquinas chilenas muerden el desierto para cavar zanjas de tres metros de profundidad. Es una imagen desoladora: mientras los despachos de las potencias se alarman por un ‘invierno demográfico’ y la falta de manos para sostener el futuro, en algunas fronteras se cava el vacío para detener esas mismas manos.
Y no se trata de desconocer la soberanía de los Estados, cuyos gobiernos dentro de su perímetro fronterizo pueden hacer lo que mejor les convenga, sobre todo si se quiere reducir la ilegalidad migratoria o la delincuencia transnacional, como es el deseo del gobierno de Chile, pero los tiempos en que vivimos reclaman otro tipo de medidas más amistosas, menos humillantes y más efectivas, y en lugar de fosos y empalizadas, recurrir a las “fronteras inteligentes” que a través de la biometría puedan garantizar el paso únicamente de quienes cumplen las reglas, evitando el robo de vehículos o la trata de personas. Al final, ninguna zanja será lo suficientemente profunda como para enterrar la esperanza de quien no tiene nada que perder, porque el pie humano siempre encuentra la forma de saltar sobre el miedo. La soberanía no tiene por qué ser sinónimo de crueldad.
El derecho de una nación a resguardar sus fronteras es un ejercicio de realismo político, pero degradar a la persona con controles medievales es cuestionable. Al final, el derecho natural a buscar una vida mejor siempre encontrará una grieta en cualquier muro. Si el destino de nuestra especie es el movimiento, el desafío de nuestros gobiernos no es intentar detener lo imparable, sino gestionarlo con la dignidad que merece cualquier ser humano que, simplemente, se ha atrevido a caminar.
Augusto Vera Riveros es abogado