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Manifiesto Wetware desde el Sur Global: la ética como último territorio humano

Márcia Batista Ramos

No estamos asistiendo únicamente a una transformación tecnológica, ni siquiera a una mutación económica comparable a otras en la historia del capitalismo.

Lo que se está desplazando - de manera más silenciosa y por eso más difícil de advertir - es la condición misma de lo humano, en un mundo donde la frontera entre lo biológico y lo tecnológico deja de ser una línea clara para convertirse en un espacio de intervención.

Llamo a este tiempo Era Wetware, no como una anticipación ni como una metáfora, sino como una forma de nombrar lo que ya está ocurriendo: una continuidad - y al mismo tiempo una ruptura - con las formas de poder que, desde hace décadas, vienen desplazándose desde el control de los cuerpos hacia la modulación de la vida y, ahora, hacia la intervención directa sobre la mente.

Si el extractivismo organizó durante siglos la historia del Sur Global, hoy asistimos a una mutación más compleja y menos visible de ese mismo principio. Ya no se trata únicamente de lo que se extrae de la tierra, sino de lo que se captura en la atención, se reorganiza en la percepción y se anticipa en la conducta. No es una analogía. Es una extensión concreta de las lógicas extractivas en el plano de la cognición.

¿En qué momento la decisión dejó de ser plenamente nuestra?

La pregunta no es retórica. Aparece cada vez que advertimos que aquello que pensamos, deseamos o elegimos se encuentra, de alguna manera, ya orientado. No necesariamente impuesto, pero sí conducido; no necesariamente visible, pero sí eficaz.

Este desplazamiento reconfigura el poder en un nivel que las categorías heredadas no alcanzan a describir del todo. La democracia, la ciudadanía, incluso la idea de participación, no desaparecen, pero comienzan a ser atravesadas por dinámicas que operan en una capa más profunda: la de la producción de sentido.

Pensar desde el Sur Global, en este contexto, no es solamente hablar desde una ubicación geográfica, es asumir un lugar de enunciación marcado por una historia de extracción, dependencia y reinvención. Y , al mismo tiempo, reconocer que esa historia no ha terminado: se transforma.

Hoy, esa transformación adopta la forma de un posible colonialismo cognitivo. Uno que no necesita ocupar territorios físicos porque opera directamente sobre la capacidad de pensar, de imaginar y de decidir. Un colonialismo que no se impone por la fuerza visible, sino por la modulación persistente de lo posible.

En este escenario, la ética deja de ser un campo abstracto o un conjunto de normas para convertirse en algo más frágil y, por eso mismo, más decisivo: una práctica de conciencia, un ejercicio de límite frente a aquello que intenta intervenir sin ser visto.

La ética, entendida así, no ofrece garantías. Tampoco soluciones rápidas. Pero introduce algo que resulta cada vez más escaso: una interrupción.

Interrumpe la inercia.

Interrumpe la obediencia invisible.

Interrumpe la naturalización de aquello que no debería serlo.

Porque si algo está en juego en la Era Wetware, no es solamente el control de los sistemas, sino la posibilidad de que lo humano siga siendo algo más que una secuencia previsible de respuestas.

¿Qué queda de la libertad cuando la decisión ha sido previamente modelada?

Tal vez no haya una respuesta única. Pero sí una evidencia: cuando la intervención alcanza la estructura misma de la percepción, la pregunta por la libertad deja de ser política en sentido clásico y se vuelve, inevitablemente, ética.

Por eso escribir - pensar, detenerse, sostener una idea hasta el final - ya no es un gesto menor. Es, en cierto modo, una forma de cuidado. No del lenguaje solamente, sino de la experiencia.

No se trata de oponer la literatura a la tecnología, sino de preservar un espacio donde el pensamiento no sea completamente absorbido por la lógica de la predicción, del cálculo o de la eficiencia.

Este texto no busca cerrar una teoría ni imponer un marco definitivo. Busca, más bien, dejar algo en claro:

que en un mundo donde todo tiende a ser intervenido, optimizado y anticipado, la ética permanece - todavía - como el último territorio donde lo humano puede decidirse.

Y que es precisamente desde el Sur Global - con su memoria de despojos, pero también de resistencias - donde esta reflexión no sólo puede formularse, sino que se vuelve urgente.

Porque cuando la ética desaparece, lo humano deja de ser una condición y empieza, lentamente, a convertirse en un residuo.

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