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Jürgen Habermas (1929-2026)

La vida y obra de Habermas están intrincadas con la República Federal Alemana, con aprender de la catástrofe y arriesgar un comienzo democrático. Y desde ahí, con el magnífico experimento de la Unión Europea y con la idea de una ciudanía cosmopolita.

Nacido en 1929, tuvo la fortuna de haber sido demasiado joven para ser parte de los crímenes nazis y suficientemente mayor para ser un testigo consciente. Filósofo, sociólogo e intelectual público, participó y moduló prácticamente todos los debates de la Alemania de postguerra. Con su participación en “La disputa de los historiadores” (1986) sobre la singularidad del holocausto, situó la historia desdeñada y así la “cultura del recuerdo” y la especial responsabilidad que le cabe sobre Israel, en el núcleo del entendimiento de la República Federal.

En sus libros acuñó conceptos que ya son parte del acervo de las ciencias sociales y la filosofía. A veces abruman por la cantidad de conocimientos y su complejidad. Pero para quien se hace un camino en ellos son grandiosos por sus ideas y exactitud.

En el centro de su obra está la defensa del proyecto de la modernidad (con su núcleo normativo: los derechos humanos) mediante una “comunicación libre de dominación”, lo que exige una “esfera pública democrática”. Contra el pesimismo de Adorno y Horkheimer, para quienes la Ilustración y su razón instrumental conducían paradójicamente al totalitarismo, reorientó la teoría crítica mediante la razón comunicativa.

Y es que el lenguaje nos ofrece una oportunidad esperanzadora: la palabra tiene una fuerza liberadora que se despliega en una relación de reconocimiento igualitaria y recíproca. Así, recurre a una “situación de habla ideal” en que descubrimos y nos sometemos a “la fuerza del mejor argumento”. En vez de conducir a la catástrofe, la Ilustración sería un proyecto inacabado.

Por cierto, es un ideal. Pero importante. En su filosofía política el ideal se realiza mediante la democracia deliberativa. Un proceso en que avanzamos nuestros argumentos de buena fe, dispuestos a dejarnos convencer por los mejores argumentos que surjan en la comunicación.

Así entendida, la democracia no es una mera competencia de votos que refleja la distribución de poder o la acumulación de intereses, sino un proceso reflexivo en que buscamos las mejores respuestas a las preguntas que nos planteamos. Uno que, hay que decirlo una y otra vez, bien valdría que nuestros representantes se tomaran en serio.

Las ideas de Habermas y su optimismo de postguerra parecen haber sido arrasados por los acontecimientos de los últimos años mediante guerras que ni siquiera pretenden ser justificadas. Pero, por lo mismo, sus ideas resultan especialmente significativas: cuando el mundo se cae a pedazos es importante recordar que es la comunicación la que posibilita que nos entendamos y así alcancemos acuerdos para vivir juntos y en paz. 

Daniel Loewe, Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez

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