Debes vivir muchas experiencias y viajar mucho, y ten amigos en todos los países donde vayas. No, mejor espera tus tiempos y a la persona ideal. Aunque, es mejor tener solo un perro; ellos sí que saben amar. Estudia varios posgrados y vive en el extranjero. No, mejor quédate en tu tierra y con tu familia e invierte en inmuebles. Y ahorra. Aunque, mejor no: quizá la inflación mañana se lo come todo. Pero aprende a manejar criptomonedas. Y comienza a buscar una pareja, una que valga la pena. No, mejor quédate soltero, no te cases; ¡gástatelo todo en ti! Toma el sol y vete al campo. Aunque, mejor quédate en la gran ciudad, que ahí están las oportunidades, y no te hagas dar el sol. Y practica alguna espiritualidad oriental. Mejor no: lee libros de divulgación científica. Y cuando te sientas mal, libros de superación personal. Ve a terapia. Come huevos y haz dieta keto para estar más fuerte y delgado, y mejor si te vuelves vegetariano, para salvar al mundo. No, mejor haz dieta carnívora, que así se queman calorías. Haz meditación y yoga, que así uno toma el control de la mente y crea comunidad. Confía en las fuerzas del universo, que conspira a tu favor. Y ve al gimnasio o haz senderismo; así uno se desestresa.
¿Cómo no vamos a estar fatigados? Por primera vez en la historia, la humanidad vive bombardeada de información de todo tipo: desde propaganda política o mensajes de wedding planners, hasta anuncios de brokers o de chamanes orientales que hacen videos para YouTube. Por ello, la crisis de 2026 y de los años siguientes será no solo económica y política, como lo vienen previniendo medios de información y políticos: será además emocional y psicológica. Pues un mundo en el que la conectividad y la soledad, por un lado, y la abundancia de información y la ignorancia, por otro lado, conviven, no puede ser un mundo psicológicamente estable.
¿Por qué en la era del mayor potencial humano y la mayor prosperidad material, la gente vive solitaria y estresada? ¿Es congruente esta sensación de vacío con la abundancia de oportunidades médicas, educativas y de entretenimiento de que disponemos? ¿Por qué millones de personas que viven la era de la comunicación instantánea, viven en piloto automático y sin un rumbo?
Ayer el ser humano vivía menos tiempo, pero tal vez con más sentido existencial. El gran viraje sobrevino en la revolución agrícola, pero sobre todo en las revoluciones industriales, cuando la tecnología comenzó a ser la “respuesta” a todo. Hoy el hombre medio busca su identidad o la salida a su laberinto existencial en videos motivacionales de internet, en relaciones amorosas casuales o en el esprint de la productividad (trabajo duro, actividad física y el anhelo insaciable de viajar por el mundo), cuando no en las drogas o en el suicidio.
Los grandes relatos, tanto políticos como religiosos, parecen ya no responder a la crisis psicológica que genera ver un perro robot, un glaciar derritiéndose, una IA escribiendo poemas o un dron atacando una ciudad.
¿Podrá esta crisis que parece avecinarse ser resuelta con más comodidad material o más avances médicos, si al parecer la técnica —hija directa de la razón ilustrada y que debía acercarnos a la felicidad— nos está dejando insatisfechos y ansiosos?
Estamos creando herramientas de velocidad y eficiencia, pero no de profundidad y contemplación. Es poco probable, por ejemplo, que Sócrates hubiese sido Sócrates si hubiese vivido hoy. Es posible, de hecho, que hubiese sido un mediocre más. Es por eso, entre otros motivos, que hoy existen menos chances de ver lumbreras como un Leonardo o un Einstein. Las aplicaciones de compras, de citas amorosas, de creación artística y de finanzas, están limitando nuestra capacidad de concentrarnos en una sola cosa. Y para pintar una Gioconda o descubrir la relatividad, se necesita concentración y tiempo.
Es posible que la respuesta al colapso psíquico al que nos exponemos no esté en más ciencia, sino en algo de aburrimiento y lentitud. En muchos sentidos, en regresar a la tribu: lazos de comunidad, ciertos mitos y algo de silencio. Y tal vez en la certeza de que no necesitamos estar al tanto de todo para sabernos con un sentido de vida. En pocas palabras, en filtrar la información, en escogerla; en consumir solo lo que es necesario para vivir.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social