Desde la óptica del socialismo o desde la de los demócratas liberales, ya se ha dicho todo lo que se puede decir respecto al exitoso (en lo estratégico) pero cuestionable (en el marco del derecho internacional) operativo militar que Estados Unidos, sorprendiendo al mundo, puso en marcha en la tierra del Libertador y que acabó con la captura del opresor Nicolás Maduro. Transcurrieron algunos días de la intervención militar de Estados Unidos y queda clara la política xenófoba en materia migratoria del actual presidente Donald Trump, a quien, en tanto permanezca en la Casa Blanca, no le temblará el pulso para ordenar cualquier intervención allá donde crea que es imperativo hacerlo.
Y no obstante la dureza del hombre más poderoso del mundo, y más allá de consideraciones en uno u otro sentido respecto al método utilizado, se puso punto final a uno de los pocos tiranos de América Latina. Pero mientras todavía existe mucha confusión sobre el futuro político de Venezuela, donde la potencia militar ha manifestado que gobernará a través de la presidenta interina y bajo una severa vigilancia, en la tierra caribeña parece que el régimen chavista todavía sigue en el poder. Fue el fin de Maduro, es cierto, pero todavía no hay tanta certidumbre sobre el fin del régimen. Habrá que esperar.
Lo que sí parece estar claro es la deportación —también planificada— de centenares de miles de venezolanos con estatus de refugiados y clandestinos, hoy residentes en Estados Unidos, según advirtió el presidente Trump, luego del desbordante júbilo que multitudes de venezolanos expusieron en distintos lugares icónicos de muchos estados de la Unión.
Las grandes cadenas televisivas mostraron la incontenible alegría de miles y miles de venezolanos que tuvieron que huir del tirano chavista. Esa diáspora, que se ha intensificado en los últimos años, comenzó una vez que Hugo Chávez mostrara su verdadero rostro, sometiendo al hambre y la miseria a la inmensa mayoría de sus connacionales y concentrando descomunales fortunas en manos de pocos, que desde entonces y hasta ahora todavía gozan de los beneficios de un poder absoluto. Pero cuando se trata de Estados Unidos, dirigido por un presidente del perfil de Trump, no puede esperarse mucha generosidad con las comunidades latinas especialmente, pero en general con quienes no demuestren una inmemorial genealogía de origen estadounidense. En sentido estricto, únicamente los Delaware o los sioux, cherokees, navajos, etc., son oriundos de esas tierras; los demás, todos, son inmigrantes indirectamente de países europeos como Alemania, Irlanda, Italia y muchos del este del Viejo Continente como emergencia de las grandes oleadas migratorias del siglo XIX, de manera que el país que hoy es Estados Unidos es el resultado del aporte de los migrantes, indocumentados y/o legales, cuya contribución a la economía de su receptor es igual o mayor al producto interno bruto de varios países del primer mundo.
“Váyanse a la tierra que tanto aman”, fue la declaración con que Trump ha nublado la algarabía de los venezolanos. El tono mordaz del presidente, entendiendo que ya no hay motivo para permanecer en su país, oculta una intención de deportar a legiones de Paisanos que, en muchos de los casos, ya han hecho una vida en los Estados Unidos, ya sea porque han constituido familias asimiladas a la cultura y el ritmo de los gringos, ya porque laboralmente se han establecido de tal manera que ni en una Venezuela con oportunidades laborales justas y ventajosas podrían igualar el nivel de vida que hoy han alcanzado muy al norte de su tierra.
Los hechos han invertido lo que el salmista nos dice respecto a Dios: “Tú has cambiado mi lamento en baile”. O sea que los venezolanos que migraron a Estados Unidos pueden continuar celebrando la caída de uno de los personajes más siniestros de su historia, pero deben poner las barbas en remojo porque, como hizo el Viejo Vizcacha del Martín Fierro en medio de la fiesta, la administración Trump les ha “escupido el asado”. De hecho, cuando Maduro era conducido a la Corte Federal para su primera audiencia, un nutrido grupo de sus compatriotas, al ritmo de joropos, daba rienda suelta al júbilo que provocaba la captura del dictador. El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), el terror de los migrantes, aprovechando que en Nueva York estaban agrupados la mayoría de la colonia en esa ciudad, detuvo a todos para posteriormente deportarlos.
Augusto Vera Riveros es jurista y escritor