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La depresión, la pandemia de la época

El mundo enfrenta problemas en cada época. Un nuevo ciclo de la humanidad significa solamente una nueva ola de calamidades. Los satélites, las drogas y medicamentos, los vehículos y trenes eléctricos, los cohetes, los microondas y lavadoras y los teléfonos inteligentes, no son solo benéficos: también acarrean problemas, problemas que a veces, miopemente, no los sabemos ver. Lejos de ser lo que imaginaron los ilustrados, positivistas y neopositivistas, fieles creyentes del progreso y la matemática aplicada en la sociedad (en una especie de ingeniería social y política), que se asentaría sobre las sólidas (¿?) bases de la razón humana, el mundo gira sobre la frágil base de una ilusión de progreso perpetuo. Vemos más luz eléctrica que natural. El ruido de las máquinas desaparece el silencio de la naturaleza. El mundo, incluso el primerísimo primer mundo donde todo está desarrollado, sabe muy bien qué hará mañana con el dinero y la educación, pero no lo que hará ni cómo serán las cosas de aquí a cinco años, y menos como serán de aquí a diez o veinte.

Hace unos días, Deutsche Welle publicó un breve reportaje audiovisual en el que se informa que más de 1.000 millones de personas en todo el mundo (un octavo de la población mundial) y casi el 50 por ciento de los jóvenes en América Latina padecen algún trastorno mental. Son cifras elevadas, sin duda. Con ellas, las preguntas de si antes estábamos mejor como humanidad, de si la vida rural y sin anestesia ni coches era más placentera o al menos más vivible, de si la vida sin smartphones y aceleración era más apacible, todas esas cuestiones son totalmente válidas, no solo como preguntas retóricas, es decir, como protestas ante un presente en muchos sentidos inmisericorde, sino como preguntas que realmente pueden ser reflexionadas por todos para hallar respuestas. La tristeza, la angustia y la desesperanza se presentaron desde tiempos inmemoriales en la raza, pero tal vez en ciclos más cortos y por otros motivos. Según el reportaje de DW, el fenómeno que más impulsó últimamente la tristeza humana fue la pandemia, que, recordémoslo, fue el acelerador de la vida virtual. ¿Por qué, entonces, se celebra tanto que podamos realizar clases, misas, sesiones de yoga o pagos remotamente, si ello nos pone tristes y ansiosos? Porque el hombre no suele ser razonable ni sabio: le gusta lo que brinda frutos a cortísimo plazo.

Es probable que los psiquiatras y psicólogos tengan mucho más trabajo o casos que tratar en los próximos años, pero desde la filosofía y una perspectiva macrohistórica nos podemos preguntar si aquellos serán realmente una solución al problema o únicamente un paliativo, un parche para una calamidad más compleja por ser más que nada espiritual y de sentido profundo de la vida.

En realidad, el libro que advierte que el sufrimiento humano no desaparecerá de la faz de la Tierra no es ningún libro de ciencia o filosofía modernas, sino un texto milenario y despreciado por miles de hombres modernos en la actualidad por creerlo anticuado: la Biblia. En el capítulo 40 del libro del Eclesiástico, que, haciendo uso de palabras de profunda sabiduría que son fruto de una vida larga y bien vivida, habla sobre las miserias de la vida humana, se nos reflexiona sobre el “penoso trajín que ha sido impuesto a todos los hombres” desde el principio de los tiempos. Esta advertencia desahucia totalmente la idea de un progreso linear-ascendente, es decir, de una trayectoria de perpetua y continua mejora, que es la que ha guiado a la ciencia desde siempre, con contadas excepciones. El “pesado yugo [que] agobia a los hijos de Adán, desde el día en que salen del seno materno hasta aquel en que vuelven a la madre tierra” parece no haberse disuelto en lo más mínimo pese a los ímprobos esfuerzos políticos y científicos que ensayó el ser humano desde el principio de la ciencia y las sociedades estructuradas.

Es que parece haber cosas que no desaparecerán ni con la IA, ni con los drones, ni con la realidad virtual, ni con la neuropsicología y la psiquiatría modernas, ni con la medicina más avanzada: “…ira, envidia, turbación, inquietud, temor de la muerte, rivalidades y querellas”. ¿Son los seres humanos más vulnerables que ayer, pues los de hoy se deprimen más, o es que son los factores externos los que son diferentes? ¿Cómo luchar contra aquellas características de la condición humana más profunda y atemporal? ¿Acaso con más ciencia y más progreso?

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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