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21F: una huella indeleble

Era previsible. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) procedió conforme a los dictados del poder arbitrario. Habilitó al binomio oficialista con miras a las elecciones de octubre del 2019, dando luz verde a unas primarias innecesarias, costosas y, lo que es peor, tramposas. Un capítulo que la historia registrará como una afrenta al imperio de la ley y a la voluntad del pueblo soberano. Que quede claro, independientemente de la definición última del TSE, la lucha por la defensa del voto del 21F no ha sido ni será inútil.  Sin tregua ni pausa, será la pesadilla que desatará el delirio paranoide de gobernantes intoxicados por la concentración perversa de tanto poder.

Si hasta hoy el grito “Bolivia dijo No” ha sido portador de un mensaje poderoso; mañana y el año próximo, con o sin zapato, y bajo el mal augurio de la medalla perdida, seguirá siendo una piedra en los calcetines de Evo y sus amigos. Ellos se la buscaron, al desnudar, sin rubor, la intención de pisotear el resultado vinculante de una manifestación de democracia directa (referéndum), estandarte de la construcción de una democracia intercultural ahora traicionada.

La defensa del voto mayoritario -que Evo prometió honrar- cobra visibilidad y concentra energías en varios escenarios, y frentes de lucha.   Marchas, vigilias y un paro movilizado intentan sumar voces ciudadanas, de organizaciones y liderazgos políticos para dejar constancia ante Bolivia y la comunidad internacional que los miembros del TSE consumaron un golpe certero a la institucionalidad democrática y a sí mismos.

Afortunadamente, el desliz del TSE y la protesta en las calles coincidió con la realización de una audiencia temática solicitada a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA por constitucionalistas de prestigio internacional, a objeto de hacer conocer la contundente argumentación política y legal contra la reelección indefinida, y el despropósito de asumirla como “derecho humano” de los poderosos, de ponchos rojos, cocaleros y otras corporaciones fascistoides ahora amenazantes. Si bien la CIDH no adoptará posición alguna frente a la denuncia, el oficialismo no podrá disipar el disimulado temor a que algún día se pronuncie contra tamaña impostura.

Las calles y las redes sociales importan. Si en tiempos de dictadura la resistencia en las calles procuraba instalar un régimen democrático; en democracia su propósito es defenderla del asedio de quienes nunca creyeron en ella. Estemos preparados, no hay lucha política sin resistencia a la frustración. Que no cunda el desaliento en filas de quienes defienden el voto con singular convicción y renovado entusiasmo.

 No es tiempo de rendiciones, es tiempo de reinventar estrategias que nos permitan enfrentar los retos de una competencia desigual. El adversario está más magullado que nunca,  aunque arropado por un núcleo duro y autoritario de poder que no corresponde subestimar. ¡No le interesa que sus acciones sean ilegítimas ni ilegales! Le meten nomás.

Insisto, al sacar de la manga la payasada de las primarias, la intención oficial era sembrar confusión y desnudar la anémica condición de las fuerzas opositoras.  El MAS presumirá de su musculatura orgánica, reforzada por la ciega fe de su clientela y soldados revolucionarios, para no mencionar  el efecto anabólico del chantaje y promesas condicionadas al registro de firmas en el padrón partidario, ¡todo para simular una fortaleza aparente, hoy por hoy disminuida!

 ¿Qué hacer ante semejante testarudez? Convoquemos a toda persona registrada contra su voluntad en las filas del  MAS a votar  contra el  binomio de gobernantes sin palabra. Aunque pocos, será el NO de la dignidad, del destierro de la servidumbre colonial que impone a su propia militancia.

La huella del 21F es indeleble, imposible de borrar en la conciencia democrática de una gran parte del pueblo boliviano.  El NO implica NO facilitar el camino para consumar la instalación de un proyecto político unipartidista. No hay espacio para la frustración y el pesimismo; ni condiciones para la abstención o salidas conspirativas. El NO a la reelección no ha muerto, habrá de convertirse en la sombra omnipresente, esa que persistirá  atormentando el ajayu del Tirano en ciernes.

Erika Brockmann Quiroga es politóloga y exparlamentaria.
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